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Adiós a Dacal, el "campeón del pueblo"

Multitudinario y emotivo funeral del medallista olímpico avilesino: exboxeadores portearon el ataúd entre aplausos, asistió el presidente del COE y no faltó el laurel, símbolo de gloria

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En imágenes: emocionante último adiós en Avilés a Dacal, primer medallista olímpico español María Fuentes

"El éxito deportivo no explica esta oleada de cariño, tiene que haber algo más", reflexionó el párroco de Llaranes, Segundo Fernández, en la homilía que pronunció en el funeral de José Enrique Rodríguez Cal, "Dacal", el primer medallista olímpico asturiano (Múnich-72, bronce en boxeo), fallecido este miércoles a los 71 años víctima de ELA (esclerosis lateral amiotrófica).

Ese "algo más" hay que buscarlo en la calle, y no es difícil encontrarlo: "A Dacal no le subió el éxito deportivo a la cabeza, siguió siendo un vecino de Llaranes más, un paisano normal y corriente", destacó a la puerta del templo de Llaranes Emilio Suárez, un vecino y excompañero de trabajo en Ensidesa.

Otra leyenda del deporte avilesino, éste en ciclismo, José Manuel García, "Roxín", recalcó la "humildad" del campeón y su amor por las localidades donde nació y vivió, Candás y Avilés: "Nunca quiso más que estar rodeado de los suyos, entre su gente, y se entregó a ellos en correspondencia al cariño que recibía". De ahí una frase que solía decir Dacal a modo de lema y que en su entierro pudo leerse en una de las coronas de flores del cortejo fúnebre. "Avilés préstame". Podría valer para epitafio del "campeón del pueblo".

La más alta autoridad olímpica nacional, el presidente del Comité Olímpico Español (COE), Alejandro Blanco, hizo los honores a Dacal asistiendo al funeral y trasladando a la familia el pésame del olimpismo por su fallecimiento. En declaraciones a los medios reparó en que "a veces no dimensionamos adecuadamente la importancia de un éxito olímpico, y esto ha pasado con Dacal, leyenda del deporte español sin por eso dejar de ser un paisano cercano y sencillo".

Blanco se explicó: "Después de Barcelona-92 los éxitos deportivos y olímpicos se suceden, pero hubo un antes, un tiempo en que los deportistas se preparaban poco menos que por su cuenta. Y en 1972 un asturianín como Dacal se presentó en los Juegos de Múnich y volvió con una medalla. Fue un precursor y el olimpismo español debe estarle agradecido por eso".

Época gloriosa del boxeo

Al margen de la presencia del presidente del COE, la escenificación del funeral de Dacal estuvo a la altura de lo que cabría esperar en la despedida de una leyenda del deporte. Varios exboxeadores asturianos de la época gloriosa de Dacal –Lolo Pantera, Roxín de Candás, Naves, Alba, Platero, Toni Molinero...– cargaron con el ataúd hasta el altar abriéndose paso entre la multitud, que rompió a aplaudir tanto en la entrada del cuerpo en el templo como en su salida. Y como a los grandes campeones se les corona en la antigua Grecia con laurel, símbolo de gloria, la parroquia de Llaranes entregó a la familia del púgil una placa con una leyenda que ensalza el don de la vida que tan plenamente supo gestionar Dacal en la que figura grababa una hoja del simbólico "árbol de la victoria".

Los prolegómenos de las exequias fúnebres de Dacal concitaron corrillos en la campa de la iglesia en los que se ensalzó, más que la indiscutible talla deportiva del boxeador, a «la persona». La ex cuñada del medallista olímpico, María del Carmen Cañete, destacó la facilidad que tenía José Enrique Rodríguez para «hacerse querer» y expresó consternación por la «crueldad» de que una enfermedad tan destructiva como la ELA se haya cebado con «un hombre que toda su vida tubo hábitos sanos y practicó deporte hasta que las fuerzas le fallaron».

Francisco Pulido y Emilio Suárez evocaron los años en los que trabajaron codo a codo con Dacal en el parque de desbastes de Ensidesa. «Todos sabíamos de sus logros deportivos, pero allí era uno más, cumplidor y trabajador como el que más», apuntó Pulido. «La pasión que tenía por el deporte era manifiesta; a veces aprovechaba el tener que moverse por la fábrica para ir corriendo, así, entrenar», añadió Suárez, que además de trabajar con Dacal en la factoría siderúrgica lo tenía como vecino en Llaranes «donde también vivieron de críos los hermanos Castro, que luego fueron figuras del fútbol».

Figuras locales

Dos significadas personas del deporte avilesino presentes en el funeral del boxeador olímpico, José Antonio Suárez, «Pepete», –presidente de honor de la Asociación Atlética Avilesina– y el ciclista José Manuel García, «Roxín», destacaron de Dacal su «afabilidad» y la relevancia nacional que tuvieron sus triunfos «pese a lo que siempre mantuvo los pies en el suelo y su apego a Asturias».

Roxín guarda en su móvil la foto de un artículo de prensa de la década de los años setenta que da idea de cómo se idolatraba entonces a los deportistas punteros de la ciudad; dicho artículo, en línea con la prensa rosa clásica, se titulaba «Dacal y Roxín, así pasan la Navidad». Pepete es uno de los pocos que puede presumir de haber acompañado a Dacal en su aventura olímpica de Múnich, pues formó parte de la expedición que montó la Asociación Atlética Avilesina para arropar al talentoso boxeador del club que había sido seleccionado para representar a España en el peso minimosca.

Otro de los testigos de aquella gesta fue Agustín Antuña, expresidente del colectivo Familia Olímpica Asturiana y también presente ayer en el funeral de Dacal. «Fue un viaje organizado a iniciativa del añorado Fran Lorente al que me apunté y que me permitió ver en directo el combate de boxeo que daba el pase a la final del peso minimosca: Dacal contra el norcoreano Kim U-Gil. En mi humilde opinión tenía que haber ganado Dacal, pero hubo empate a votos dentro del jurado y, según las reglas, en esos casos tenía que desempatar el árbitro. Y lo hizo a favor del norcoreano».

Eso no fue óbice para que el boxeador avilesino se convirtiera en una especie de héroe nacional en una España muy necesitada de gestas: «Fue una persona de una talla humana excepcional, además de un gran deportista». Herminio Menéndez compartió dos experiencias olímpicas con Dacal –Múnich y Montreal–, «en 1972 yo fui testigo de su medalla y en 1976, él de la mía», comentó en el funeral del boxeador. «Puede decirse que abrimos camino para todo lo que vino después; pero al margen de lo deportivo, de Dacal es obligado destacar su excepcionalidad como persona de bien», añadió el piragüista olímpico, candasín de cuna como Dacal.

Campeón y héroe

Las palabras cesaron cuando el cortejo fúnebre llegó a la iglesia de Llaranes con los retos mortales de Dacal y las coronas de flores llegadas a modo de colorido homenaje, como la de la Federación Española de Boxeo, con los colores de la bandera de España y una frase: «Para un campeón y héroe inolvidable». Boxeadores coetáneos de Dacal fueron quienes portaron el féretro, que entre emocionados aplausos de los asistentes ocupó su sitio en la iglesia donde el sacerdote Segundo Fernández ofició el funeral. La familia, arropada en todo momento, correspondió con gratitud a las infinitas muestras de cariño.

El párroco de Llaranes glosó a José Enrique Rodríguez Cal con palabras extraídas, según dijo, del acertado perfil que hacían de Dacal las crónicas periodísticas del día; palabras como «humildad», «cordialidad», «fuerza de voluntad», «tenacidad», «generosidad»... Palabras que todos los presentes hubieron suscrito en sus propias aproximaciones al personaje.

Y un candasín, el cantante Pipo Prendes, al que acompañó el coro «Gabiana» puso letras y música a la emotiva despedida: «No te equivoques / no soy fácil de vencer. / Un paso más / para disfrutar la vida, / que no te cuenten mentiras / que nada está perdido / mientras vivas», de la canción «Un paso más», que talmente parece compuesta por Pipo Prendes para resumir la vida de Dacal. Segundo Fernández incidió en la «vida plena» que tuvo Dacal y aseveró que «a buen seguro fue feliz porque tuvo motivos para ello al haber sido justamente valorado y sentirse querido, y no solo por los suyos, por los cercanos, sino por todo el mundo».

De eso último, del cariño popular, dan fe algunos de los mensajes de pésame que quedaron escritos en el libro de condolencias: «Te recordaremos porque dejaste huella», «Se ha ido el hombre de la eterna sonrisa», «Se va un gran deportista y una humilde persona», «Grande, grande».

Hoy a mediodía, en el cementerio de Candás y con el solemne acompañamiento de una banda de gaitas se recibirán las cenizas del campeón, que serán depositadas en el panteón familiar, como era deseo de Dacal. Y a partir de ese momento, cerrado el capítulo fúnebre, todo lo que se diga de Dacal engrosará su leyenda.

Los amigos de siempre: "Dejó de sufrir"

Enrique Rodríguez Cal «Dacal II», antes que boxeador y siderúrgico, trabajó en una panadería. Ayer, minutos antes del inicio del funeral por el campeón avilesino –que falleció el miércoles en el Hospital San Agustín–, lo recordó José Aurelio Núñez. «Traía el pan al chigre que teníamos en Heros», cuenta. Habla de Casa Florina. «Nos conocíamos desde que teníamos 15 años», añade.

«Estamos tristes, pero, a la vez, aliviados: ha dejado de sufrir». Cuenta José Aurelio Núñez que un día, cuando supieron que quería ser boxeador, le espetaron: «¿Dónde vas, Enriquín, con lo pequeñín que yes?». «Él respondió que los hombres no se miden por su tamaño. Siempre fue uno de los grandes», resume su amigo.

Dacal mantuvo las mismas amistades por décadas. Lo confiesa Lolo Pantera. «La verdad es que a él le conocí después de al hermano», cuenta el veterano boxeador de Sabugo, el tercer «Pantera» de una saga de deportista que comenzó a finales de los años veinte. «Le traía la bolsa a Avelino, a su hermano. Entrenábamos donde está ahora la oficina de turismo. Dacal se crió en un gimnasio». José Ramón Gómez Fouz, otro de los grandes boxeadores asturianos, también echó mano de su memoria. «Nos conocíamos desde los 15 años. Fuimos seleccionados en Asturias para un torneo en Torrelavega. Sólo ganamos él y yo», recuerda el también escritor.

«Siempre fuimos amigos. En realidad, eso no tiene mérito: era muy fácil ser amigo suyo», subraya. «Hace como un año empezamos a notarle cosas. No sabíamos qué le pasaba, pero al final eso fue lo que se le llevó», cuenta Fouz. Ricardo Ulpiano, que fue alcalde de Castrillón, también estuvo en el funeral del campeón. «Trabajábamos en el taller de Teransportes, en Ensidesa. Yo era el jefe de turno. Tres o cuatro días después de que se hubiera incorporado al trabajo después de lo de Múnich, le felicité por su triunfo. Me dijo: ‘Eres el primero que me felicita’».

Luego vinieron todos los demás. Lo sabe bien el hostelero Agustín Gutiérrez «Guti»: «Le conocí de crío. Me acuerdo de la primera arrozada de Miranda. Mi padre nos lo señaló: ‘Ese el campeón’. Pasaba por el Lord Byron. Era un ejemplo para jóvenes, un gran deportista, pero sobre todo una gran persona», concluye el hostelero.

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