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María Martinón Torres Directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana

"Para no olvidar a los muertos hace falta tener mucho cerebro"

"El ser humano crea su pequeña inmortalidad no dejando marcharse a los que se han ido: no dejamos a los nuestros atrás"

María Martinón. María Fuentes

La doctora María Martinón Torres (Orense, 1974) es la directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, en Burgos. Participó en el descubrimiento del enterramiento más antiguo hallado en África: el del niño Mtoto, que murió hace 78.000 años y sus restos se hallaron a la puerta de una cueva que había sido habitada por seres humanos durante mucho tiempo. Los detalles de este trabajo antropológico se publicaron en la revista "Nature" en 2021 y contaron con una ilustración realizada por el pintor asturiano, de origen aranés, Fernando Fueyo, que falleció el año pasado y al que estas semanas rinde tributo la Asociación La Serrana en Avilés. Martinón conversa con LA NUEVA ESPAÑA recién bajada del Alsa que la ha conducido a Asturias, al día siguiente de llegar de un viaje de investigación a Chile.

–¿Cómo llega Fernando Fueyo a poner cara a Mtoto?

–El trabajo científico que nos llevó a concluir que teníamos el enterramiento humano más antiguo de África nos llevó mucho tiempo. Fue un trabajo laborioso que, entre unas cosas y otras estamos hablando de casi dos años. Cuando al final el trabajo finaliza y me doy cuenta de la importancia de lo que tenemos pensé que, precisamente, porque estaba contando una historia muy humana tenía que buscar a alguien capaz de darle esa humanidad que necesita para que esta historia llegue a todo el mundo. Empezamos a pensar en posibles artistas que pudieran explicar eso que teníamos entre manos. Hablé con Juan Luis Arsuaga y él fue quien me propuso a Fernando Fueyo, que había sido colaborador suyo. Me dijo qu él iba a ser capaz de encontrar lo que estaba buscando: la ternura. Así que me puse en contacto con Fernando y le expliqué.

–¿No lo conocía?

–No. Desgraciadamente. Llegamos a tener una relación muy estrecha, pero no llegamos a conocernos en persona. Nos hemos emocionado mucho; tengo unas cartas muy emocionantes y una lista larga de mensajes sobre todo el el proceso creativo que hubo detrás. Iba a haber venido a Burgos en el año 2021 porque yo daba una charla sobre Atapuerca en la Residencia Gil de Siloé, pero finalmente no pudo por temas de salud. Fue una pena porque entonces íbamos a encontrarnos. A Fernando le llamé sin conocerlo y él respondió con la generosidad que le caracterizó siempre. Le expliqué simplemente la historia: "Esta la historia que queremos componer y tú deberías de ser capaz de dar vida a este niño". Parece que, si se cuenta, es una historia de muerte, pero en realidad es una historia de la mayor sensibilidad que tiene la especie humana: tratar con esa extrema delicadeza a alguien que ha fallecido. Y respondió inmediatamente que sí, con emoción. Lo que me conquistó de Fernando Fueyo fue la emoción con que, desde el minuto 0, se involucró en este proyecto. Hablaba siempre de "nuestro niño", de que él era "su padrino".

–¿La consciencia de que nos morimos qué aporta a los seres humanos?

–La consciencia de la muerte es una característica crucial para los hombres. Lo que hizo Fernando Fueyo fue retratar uno de los comportamientos más singulares del ser humano: la relación que establecemos con quienes han fallecido. El ser humano crea su pequeña inmortalidad no dejando marcharse a los que se han ido.

–¿A qué es debido?

–Desde el punto de vista científico, los seres humanos tenemos una capacidad de desarrollo cognitivo tan grande que comprenden muy pronto que la muerte forma parte de la vida. Le añaden, además, una importancia singular a la vida, es decir, tenemos tal capacidad de abstracción –es una habilidad de nuestro cerebro– que somos capaces de relacionarnos con quien no está de tal modo que pueden tener importancia en nuestras vidas personas que no hemos conocido nunca: me pasó con Fernando Fueyo. A pesar de ello, a pesar de no tener la capacidad física inmediata, eres capaz de desarrollar con ellos vínculos y relaciones, como pasa con la muerte. Nuestros muertos siguen significando mucho para nosotros. Si piensas en líderes religiosos, políticos... cuántos grupos humanos se rigen por personas que no han conocido y que se murieron muchísimo antes de que uno hubiera aparecido en el mundo.

–El no olvidar a nuestros muertos, a diferencia de los animales, ¿es un aprendizaje?

–Hay una cosa que es el duelo que llega cuando alguien fallece. Esto, aparte de los hombres, lo tienen otros animales. El duelo es resultado de la confusión o del estupor que supone ver que alguien, de repente, ya no interacciona como era medio normal. Y algunos animales reaccionan intentando despertar al muerto, moviéndolo. Entre los primates, durante algunos días, en esa reacción de no sé qué es lo que está pasando pueden llevar la cría en brazos, pero esto tiene un recorrido corto: llega un punto en que eso se acaba y la vida sigue. Para no olvidar a los muertos hace falta tener mucho cerebro. Y eso nos pasa a nosotros.

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