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Cuando en El Arbolón se instaló un campo de concentración de penados de guerra en la paz

La Vidriera, de fábrica de vidrios a campo de concentración de hombres.

La Vidriera, de fábrica de vidrios a campo de concentración de hombres. / Infografía de Nicolás De la Madrid

Juan Carlos De la Madrid

Juan Carlos De la Madrid

Avilés

Guardo en mi memoria de adolescente cinéfilo unas imágenes horrorosas. Cuerpos esqueléticos mirando a las primeras cámaras con las que operadores británicos, norteamericanos y rusos entraron en los campos de concentración alemanes, retratando el horror para la División de Guerra Psicológica del Cuartel General de los Aliados. Un material que fue usado luego por Billy Wilder y, algo menos, por Alfred Hitchcock. Cuerpos de hombres, mujeres y niños que se precipitaban empujados por un buldócer hacia la fosa común. Peleles exánimes de hueso sin carne. Negros de miseria y blancos de cal viva.

Se me aparecen aquellos judíos, polacos, rusos, alemanes, gitanos o españoles, con sus profundísimas cuencas oculares asustadas bajo un ridículo gorrito a rayas. Y pienso para tranquilizarme que eso sólo existió allí, en el centro de una Europa enferma. En un tiempo que ya pasó, en unas circunstancias que sólo allí fueron posibles, en unas condiciones que sólo en las películas se pueden ver. Y me equivoco. Las noticias de estos días, con el corazón de Europa en guerra, me devuelven otra vez a aquellos tiempos de sinrazón y barbarie. Y me los acercan, mucho más aún, esas losas de la memoria que, desde hace unos días, tapizan el suelo de Avilés recordando víctimas cercanas de los campos de concentración nazis, de apariencia tan lejana. Aquellos campos no fueron una pesadilla alemana. No solamente. Por desgracia fueron una realidad, en Alemania y también en España. Mucho más cerca de lo que uno se imagina.

La última guerra civil española empezó a concluir en el otoño de 1937, con la caída del frente del norte. En Asturias estalló la paz mucho antes que en otras provincias y se vio cómo, desde entonces, España empezaba a poblarse de lugares para almacenar cautivos, para purgar penas, de guerra o de conciencia, a base de trabajos forzados. La aún partida España desbordaba de prisioneros que complicaban la retaguardia por la necesidad de ser atendidos. El 29 de julio de 1937 se creó la Jefatura de Campos de Concentración para dar destino a tanto prisionero. La venganza tuvo un respaldo legal y acabó echándose encima el manto de la justicia. Como la guerra no había concluido, la política de la venganza de la nueva España franquista era más sañuda si cabe. El enemigo seguía hostigando, disparando y matando, con lo que, cuando alguno caía preso, ya sabía qué le esperaba. Las leyes suponían que el régimen tenía un catálogo en blanco para anotar en él cualquier tipo de delito o delincuente que le interesase incluir, de forma arbitraria o retroactiva. Eran muchos enemigos "el enemigo". Pero todos formaban un solo adversario presto siempre a atacar a España, al menor descuido. No se podía bajar la guardia en las alambradas.

Al acabar la guerra la cosa empeoró más aún. Entre 1939 y 1940 hubo en España 280.000 presos, algunos por delitos que se escapaban a los libros de leyes. Antiguos afiliados a partidos políticos, militares, funcionarios, maestros, empresarios sospechosos de fidelidad republicana y, en fin, cualquier español que pudiera ofender o haber ofendido de palabra u obra a las instituciones o las personas del nuevo Estado podía verse castigado con duras penas entre las que no se excluía la de muerte.

Mucha gente era ésa. Y crecía de día en día. Se necesitó mucho espacio para alojarla. Trece campos de concentración funcionaron en Asturias por aquellos años de manera estable. Malvivieron allí 30.000 hombres. Uno de esos campos, y no era de los peores, estuvo en Avilés, desde diciembre de 1937 hasta noviembre de 1940: "La Vidriera". En la manzana donde hoy se ubica el Centro Municipal de Exposiciones. Donde el humo del progreso asomó a mediados del siglo XIX para ilusionar a toda la comarca. El solar de la primera fábrica de vidrios de Asturias, acabó siendo fábrica de penados, allí mismo, en El Arbolón. Era tiempo de presos. Otras producciones estaban aún paradas.

"La Vidriera" fue un lugar que, aunque estaba mejor pertrechado que otros para acoger a sus residentes, como todos padecía un exceso de internos, evidente incluso para las cifras oficiales. En julio de 1938 una inspección constataba la capacidad recomendada, 850 presos, y el número real de prisioneros, 1.288, es decir, estaba ocupado al 151% de su capacidad. Fácil es imaginarse las penalidades de quienes allí residieron. Sometidos a las privaciones del prisionero, a la represión del enemigo y las múltiples humillaciones del preso político. Nadie espera que una cárcel sea amable, pero aquéllas eran las sentinas de la guerra, aunque no estaba claro que aquéllos fuesen prisioneros de guerra, fueron más bien los prisioneros de una paz, que, en los años siguientes, tantas veces y con tantos aniversarios se iba a pregonar.

El sufrimiento se extendía mucho más allá de los muros de La Vidriera, llegaba a todos los familiares que cada día se acercaban para tener noticias, a los que intentaban lograr una visita recomendados por alguna autoridad o persona influyente y a los que pretendían, en la calle, entregarles algún artículo que les hiciera más leve su cautiverio.

Téngase en cuenta que los prisioneros eran sacados frecuentemente del campo, encadenados y humillados, para hacer trabajos fuera de él. Muchos de los familiares aprovechaban el paso de la cuerda de presos para intentar darles algún alimento o ropa limpia. Contra eso también se tomaron medidas.

Avilés aún estaba sometida al régimen del toque de queda a partir de la medianoche. Sólo se les permitía recibir mudas, que eran recogidas todos los lunes en la vieja pescadería de Llano Ponte, hoy medio destruida por la pasarela que vuela sobre la ría. Entregar comida estaba prohibido. A pesar de que los únicos que comían bien eran los piojos, las autoridades no podían reconocer que en el Campo se pasase hambre. Pero los cautivos seguían pasándola. Y sus familiares, que eran gente normal que quería lo mejor para los suyos, lo sabían. Por ello, el 22 de enero de 1938, la Comandancia Militar de Avilés, avisaba de que "siendo suficiente el alimento que se les suministra, queda terminantemente prohibido entregarles comida y objetos al paso de estos prisioneros por la vía pública". La pena dispuesta, además de confiscar los objetos entregados, era la de expulsión de Avilés. Una medida muy dura. Lo era para los avilesinos, pero tal vez no estaba pensada para ellos. Muchos presos eran de otros lugares, y sus familiares habían llegado hasta Avilés, donde vivían en circunstancias precarias, a cambio de tener contacto con sus parientes. Impedirles permanecer en Avilés era recluirlos también a ellos y garantizar la separación hasta que llegase la libertad del preso, fecha que nadie sabría fijar.

Todo de una extrema severidad, si tenemos en cuenta que los campos de concentración eran internamientos preventivos y provisionales. Es decir, no se cumplía pena alguna en ellos. Nadie estaba aún condenado. Eran el paso previo al dictado de la justicia; un lugar para la clasificación militar, política y social de los prisioneros que tardarían en conocer su destino definitivo. En La Vidriera eran concentrados y clasificados para partir luego a destino que, para muchos de los reunidos en El Arbolón, fueron los batallones de trabajo de otros campos, como el burgalés de San Pedro de Cardeña o el leonés de San Marcos. La pena podía empezar a contar después. También eran un lugar para su reeducación ideológica, como aclaraba el periódico local, entonces el "Boletín de Avilés" cuando, en junio de 1938, pedía libros para hacer una biblioteca en el campo con el fin "de llevar un poco de cultura y corregir en lo posible las ideas de los allí prisioneros". A pesar del hacinamiento del campo, es de todos conocido que el saber, a diferencia de los presos, no ocupa lugar.

Conviene anotar todo esto ahora que tanto espacio se da a las leyes de la llamada "Memoria". Que el gobierno nombra oficialmente lugares de memoria. Pero conviene hacerlo desde la historia que es una cosa muy distinta a la memoria. No se confunda lo objetivo de la ciencia con lo subjetivo y movedizo del recuerdo. De la memoria. No es lo mismo. Conviene saber que no es cosa de recuerdos, tampoco de películas del mago del misterio. Todo fue una realidad nada épica. Miserable. Conocida por doquier hasta en las canciones de los penados que adaptaban himnos guerreros a la derrota:

"Si me quieres escribir,

ya sabes mi paradero (…)

Campo de concentración

La Cadellada de Oviedo".

O La Vidriera de Avilés.

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