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Agua de Solares: El origen del paseo marítimo de Salinas

Los primeros pasos de una actuación desplegada por los intereses inmobiliarios sobre los mejores terrenos de la playa

PASEO MARITIMO DE SALINAS

PASEO MARITIMO DE SALINAS / PABLO SOLARES

Juan Carlos De la Madrid

Juan Carlos De la Madrid

Cuando, a finales del siglo XIX, Avilés intentó explotar las bondades del turismo, ése de los mares fríos y baños de impresión más fríos aún, se dio cuenta de que tenía que ser una "playa". Había que inventar la playa, como ya hemos contado aquí. Así se llamaba a toda ciudad de veraneo elegante con mar. ¿Acaso no eran playas San Sebastián o Santander? y, sin ir tan lejos ni ponerse tan exquisitos ¿no lo eran Gijón o Ribadesella? Pues, como Avilés nada tenía que envidiar a tan regios o tan cercanos enclaves, sería playa también y la prosperidad llegaría dentro de las maletas de los veraneantes. Sin embargo un detalle crucial separaba a esta villa de aquellas otras playas: el mar.

Que sí, que sí, que Avilés es puerto de mar. Entonces también. Pero las olas rompían en el mismo lugar en el que estaban las arenas de la playa, es decir en Salinas y El Espartal, no en Las Meanas o en El Parche. Se decía, e incluso se escribía en las guías turísticas y hasta en los documentos oficiales, que Salinas era la playa de Avilés, cosa indudable por lo demás. Lo resumió en 1900 Rogelio Jove al anotar que "las playas de Salinas y Santa María del Mar podrían convertirse en las estaciones de baños más concurridas de Asturias si Castrillón explotara las condiciones que reúnen; porque, de continuar como hasta ahora, Salinas será la playa de Avilés, como el Sardinero lo es de Santander y Santa María no aumentará la colonia de bañistas en Castrillón".

Así que la villa era playa, siempre y cuando la playa fuese Salinas. Ese camino, para ser destino veraniego, encontraba gran enemigo en la distancia. La arena de la playa estaba a media hora (en el mejor de los casos) del centro de la villa. En la periferia de Avilés, como sucedía con Santa Marina en Ribadesella, pero mucho más distante y hasta en otro municipio. Ello obligó a la playa a ser colonia, especializada, elegante y hasta interesante en sus pretensiones y sus resultados, pero desperdigó entre la villa "metrópoli" y el pueblo "colonia" sus recursos: infraestructura veraniega pesada en Avilés (hostelería, comunicaciones, mercado, espectáculos, paseos) y toda la infraestructura playera en Salinas, especialmente lo relacionado con servicios balnearios y alojamiento a pie de playa.

No era el único problema para vender aquel enclave turístico desde la villa, había otro de importancia no menor, pues, de alguna forma, aquella playa de Avilés era una playa belga. Le pertenecía a una empresa de aquel joven país al norte de la Galia. Desde el confín de la playa al puerto de Avilés, la propietaria de las arenas era la Real Compañía Asturiana de Minas. Había peleado por ella y salido victoriosa en todos los pleitos de importancia que por ese terreno se habían interpuesto. Una extensión notable, entre el río Raíces, la ría de Avilés y el mar, que había obtenido desde el 30 de septiembre de 1854, y, en virtud de una Real Orden que les obligaba a fijar las arenas, cosa que se logró plantando pinos.

Así, ocupando un suelo que finalmente era de una industria, Salinas fue creciendo semisalvaje, civilizada para el veraneo por sus primeros y exclusivos veraneantes, muchos de ellos vinculados a la Universidad de Oviedo, que intentaron modelarla como una ciudad-jardín, con el permiso y el concurso de la mencionada empresa belga que, como colonia industrial, vivía desde los años treinta del siglo XIX en el contiguo pueblo de Arnao. Salinas era, en muchos sentidos, una colonia: veraniega, industrial, universitaria, belga...

Aunque el interés de la Real Compañía era industrial, nunca le había hecho ascos a otros posibles usos lucrativos de Salinas, por lo que siempre estuvieron en vanguardia de las iniciativas más interesantes para establecer una conexión moderna con Avilés. Eso beneficiaría el veraneo y revalorizaría los terrenos al borde de la playa que, poniendo a salvo las comunicaciones entre Arnao y el puerto, no tenían un uso industrial directo. Así que no habría playa si no había comunicación y si la propietaria de los terrenos no veía claro que, en la playa y en la comunicación, había negocio. Eso explica la historia de los tranvías, desde el de vapor en 1893 ("La Chocolatera") hasta el eléctrico en 1921, en cuya consecución la compañía tuvo un papel muy destacado.

Después de edificado un moderno club náutico y comunicado playa y ciudad por tranvía eléctrico, se despertaron otras expectativas hasta entonces no explotadas. Donde unos vieron tranvía, la Real Compañía vio clara la oportunidad para convertir la arena en dinero dando impulso a un gran negocio inmobiliario vendiendo parcelas.

No iban de farol. Ya en marzo de 1921 una campaña comarcal había unido a las máximas autoridades, Ayuntamientos de Avilés y Castrillón, con la Real Compañía, las principales entidades económicas y el respaldo de la prensa, en el propósito de edificar un palacio para el Príncipe de Asturias, como en San Sebastián o El Sardinero. Sería en la península de Bellavista: "Mirando al mar y a los salutíferos pinares de esa Compañía". Asegurar una residencia de verano para el sucesor al trono de España podría ser el principal atractivo para trazar una ciudad jardín que parcelara el borde de la playa para construir residencias de cortesanos.

Lo del Príncipe fracasó, pero fue adelante el resto de la operación dos años después. Algunos significados veraneantes estaban por la labor y presionaron a la empresa, por medio de influyentes valedores, para que ésta comenzase a vender la playa. José Manuel Pedregal, primero como diputado y como breve ministro de Hacienda más tarde, con el respaldo de los alcaldes de Avilés y Castrillón, dirigió telegramas y cartas a los directivos de la Real Compañía, en Arnao y en París, a partir de 1922. En febrero de 1923 toda la operación del reparto de Salinas se ponía en marcha con el objetivo de hacer un "barrio aristocrático".

Se parceló así todo el frente del arenal, avanzando mucho hacia el Este, a la zona salvaje del Espartal, reticulada en cuarenta y cuatro solares, a ambos lados de las vías férreas. Eran de superficie variable, desde los 500 a los 1.200 metros cuadrados, y se vendían a 1,50 pesetas el pie cuadrado. Con su compra, se adquirían una serie de obligaciones que fueron modelando el aspecto de lo que años más tarde sería el paseo de Salinas: hacer hoteles particulares y en ningún caso edificios destinados a industria, colocar el edifico a cinco metros del límite de la finca, con un cierre de hierro o madera sobre zócalo de ladrillo, y edificarlo en condiciones estéticas aceptables.

Esta operación fue un espaldarazo para el crecimiento de la colonia, pero a costa de arrastrar enormes carencias en infraestructuras, urbanización, limpieza o suministros. El mismo año en que se vendían estos solares los veraneantes clamaban por la ausencia de boticas o droguerías. Además el asunto de ser la playa de Avilés jugaba aquí muy a la contra, pues los suministros principales, sobre todo la alimentación diaria, debían venir desde la villa y, o lo hacían en escasa cantidad (como sucedía con el pan) o la distancia obraba el prodigio de multiplicar los precios, que poco se parecían a los de la plaza de Avilés. Se cobraba la leche a 60 céntimos el litro (40 en Avilés), a 1,50 pesetas el kilovatio de luz eléctrica y 40 pesetas la temporada por el agua sin presión que servía la comisión de aguas de Castrillón. He aquí una de las peores caras de ser "la playa de Avilés".

Salinas había hecho negocio con el agua salada, la de bañarse, pero para seguir en el negocio inmobiliario, atrayendo bañistas y vendiendo solares, necesitaba meter presión (hidrostática) al agua dulce, la de beber. Esa que no alcanzaba ni a los primeros pisos de las casas alquiladas en 1923. Era menester que ascendiera con mucho más brío a los pisos de los veraneantes. Fue un problema complejo, de esos de vasos comunicantes que martirizaban a los bachilleres, pues no había forma de darles el mismo nivel. Las letras de un cuplé satírico de "El 242" lo retrataban a la perfección, en forma y fondo:

En los hermosos pinares

de la Real Asturiana

se están vendiendo solares

para el día de mañana.

Si además de los solares

nos diera agua, la Real,

el negocio sería brutal

por ser "Agua de Solares"

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