Las noticias de la historia
"Petardos para vacilar"
Una de las mil historias del ambiente canalla en la construcción de Ensidesa

Las chimeneas siderúrgicas dieron lumbre a muchas cosas, además de a coladas de metal. | | INFOGRAFÍA DE NICOLÁS DE LA MADRID SOBRE FOTO DE ARMÁN PARA ENSIDESA / Juan Carlos De la Madrid
El cielo de Llaranes se inundaba de notas musicales salidas de un barracón. Era sábado. Para mover las pesetas cobradas en las campanas o aligerar la bolsa de quienes ahorraban para enviar al pueblo, estrellas de varietés cantaban frente a una tropa de hombres solos, aburridos, reventados, hacinados y deseosos de dar salida a sus instintos. A todos. Entre aquellas estrellas de barracón destacaba una supuesta hermana de Gloria Lasso y, sobre todo, un tal Chiquito de Zalamea, que había llegado como trabajador en una contrata de Entrecanales y, visto el percal, decidió completar el sueldo subiéndose a la tarima sabatina. El mundo le pertenecía a los tíos listos, capaces de hacer negocio en aquella industria del entretenimiento y el barrizal.
Me estoy refiriendo, claro, al Avilés de mediados del siglo XX. Aquel por el que se paseaban hombres llegados de toda España, dispuestos a construir la mayor fábrica conocida: Ensidesa. Una obra colosal. Había que torcerle el brazo a la naturaleza y el cauce a la ría para desecar, excavar y rellenar hasta 350.000 metros cúbicos de tierra y rocas y edificar allí una siderurgia descomunal, para hacer realidad la utópica autarquía franquista.
Una obra de romanos o, al menos, de los descendientes que aquel lejano imperio había dejado dispersos por las secas tierras de Hispania. De todas ellas vinieron hasta Avilés. Las empresas de contratas reclutaban directamente en los pueblos, a golpe de camioneta. Un caudaloso río de hombres que desembocaba en esta villa. Las cifras son aplastantes, pero, por quedarnos con la más gruesa, sépase que en un lustro, aquella primera ola emigratoria casi duplicó a la población de Avilés, llegando a los 48.620 habitantes.
Tiempos de desorden. De incomprensión mutua entre los viejos avilesinos "de toda la vida" y los nuevos buscadores de fortuna, motejados como "coreanos". Tiempos de superpoblación obrera. Una marea que inundaba a una villa incapaz de alojarla. Pero, como seguía habiendo tajo, seguían llegando. Y necesitaban un lugar donde vivir, comer y dormir. La construcción no daba para más y, como los grupos de hombres llegaban cada día, se construyeron barracones para acogerlos, a la espera de que el gigante siderúrgico se pusiera en pie. Aquellos años partieron en dos la historia de Avilés, con un paisaje poblado por hordas de braceros que bajaban de los trenes sin un destino cierto. Los tiempos de la fiebre siderúrgica, que el gobernador civil de Asturias, Francisco Labadíe Otermín, en Avilés para presidir la sesión del Pleno en que cesaba el alcalde Eduardo Fernández-Guerra, calificó con precisión: "Avilés vive momentos fundacionales". El Oeste.
Se vivía el presente. Y, precisamente para eso, para vivir cuando no se estaba trabajando, se les pertrecharon esos alojamientos en barracones cuarteleros. Hospedajes para destajistas que se localizaban en cuatro zonas principales: cerca de la fábrica de loza Divina Pastora, en Llaranes, en las naves de La Curtidora y en los almacenes de Castro Maderas. No todos estaban organizados de la misma manera. Unos estaban regidos por un patronato que los administraba como un recurso de asistencia social, en el extremo contrario estaban las empresas privadas, dispuestas a sacar el más descarnado beneficio empresarial de la necesidad creciente y un último modelo, intermedio, correspondía a los barracones propiedad de las empresas de montajes. Las mismas que habían ido reclutando, pueblo por pueblo, a aquellos trabajadores y que, ya en Avilés, les daban empleo, pero también techo. Eso sí, descontando mensualmente esos gastos del sueldo, cobrándose la empresa, por anticipado, los servicios que ya se hubiesen utilizado.
Aunque había de todo, y precisamente por eso, el ambiente de los barracones o sus proximidades no era precisamente el del Ritz. Peleas, tratos carnales, robos o ajustes de cuentas, convivían incluso con enfermedades terribles, mortales entonces. Por ejemplo el tifus y la tuberculosis. Se sabe, por ejemplo, que la empresa Entrecanales y Távora, tenía un barracón en Llaranes (en junio de 1955) donde aislaba a enfermos de aquellas dolencias, mientras los encargados del barracón se negaban a atenderlos por miedo al contagio.
Queda claro que había de todo. Enfermos y sanos. El ambiente de aquellos dormitorios ponía fácil la mezcla y la infección de todo tipo de enfermedades y también de hábitos poco recomendables, por ejemplo el consumo de drogas. Suele considerarse esto como cosa moderna, pero ni lo fue en Avilés ni lo fue en toda España donde, desde 1918, se avistó el problema y se empezó a poner lindero. A partir de esa fecha fue obligatoria una receta médica especial para la dispensación de narcóticos. En 1928 se incluyeron las drogas tóxicas y estupefacientes en el Código Penal. El problema crecía y empezó a discurrir por los caminos del orden público. Así la Segunda República, en 1933, promulgó a la vez que la Ley de Orden Público, la Ley de Vagos y Maleantes, más conocida para siempre como "la gandula". Trataba, entre otras cosas, de prevenir las complicaciones sociales del alcoholismo y otras adicciones. Ya en mayo de 1967 se creó la Brigada Especial de Investigación de Estupefacientes, integrada en la Comisaría General de Investigación Criminal.
Ese era el panorama en la España de los cincuenta. Un país "diferente" donde lo que más circulaba eran las anfetaminas y barbitúricos que, en los foros internacionales, denominaban "droga española". Existían morfinómanos y cocainómanos tolerados en las altas instancias (desde aristócratas o diplomáticos a toreros y artistas). Pero esos no frecuentaban ni los barracones siderúrgicos ni los cuarteles, donde lo que se estilaba era fumar y traficar con derivados cannábicos (hachís, kif o grifa). Era propio de ambientes marginales de las grandes capitales y de los puertos y ciudades próximas a las costas norteafricanas, aún Protectorado de Marruecos (Málaga, Algeciras, Cádiz…), donde muchos legionarios, chulos, hampones, matasietes y gentes del mundo lumpen y arrabalero habían importado la costumbre. Fue así como llegaron los grifotas hasta Avilés.
Pensemos en el ambiente de los primeros meses del año 1956, cuando todo aquello salió a la luz. Grupos de braceros seguían llegando casi con lo puesto. Venían en busca de trabajo de peonaje, pero ya no había. Se necesitaban obreros especializados. Algunos quedaban vagando por las calles, buscando el auxilio de otros paisanos o intentando un difícil retorno. Tanto estos, como los que llenaban los barracones, eran presa fácil para traficantes despiertos. Y los había. A pesar del control y de la miseria de los tiempos, en aquellos barracones, se fumaba y se traficaba con grifa.
Hacía tiempo que la policía seguía la pista al menudeo de esas sustancias. Se había sorprendido a varios "productores" fumando grifa y se sabía que había un animado y lucrativo mercado clandestino. Cada cigarro se vendía a 2 pesetas, lo que, según la policía, suponía una ganancia de un 1.500%. Los cigarrillos ya liados, circulaban en cajas metálicas de las que entonces se utilizaban para los medicamentos y, en un momento en que fumar tabaco de liar era muy frecuente, podían confundirse con cigarros legales. Su diferencia más evidente era de calibre: los de grifa eran más finos. También había diferencia en el argot. Los grifotas hablaban en clave con sus proveedores utilizando una especie de germanía profesional para reconocerse. Si uno quería comprar, obviamente no pedía ni grifa ni droga. Ni siquiera tabaco. Pedía un "petardo" porque quería "vacilar".
Los de uniforme siguieron la pista a los vacilones y llegaron hasta dos malagueños, de 21 y 26 años, sobre los que se había ido estrechando el cerco policial hasta ser detenidos, después de intentar una huida por los barracones siderúrgicos. El lugar de su saneado comercio y también el escondite de parte su mercancía, pues, a los traficantes en cuestión, se les ocupó gran cantidad de "petardos", listos para salir al mercado, y más de un kilo de grifa, aún sin liar, oculta en calcetines usados y botas de trabajo.
Según fuentes de la Guardia Civil se trataba de "dos peligrosos sujetos, de pésimos antecedentes morales y político-sociales, quienes parece ser constituían la cabeza organizadora del indigno tráfico". Ellos mismos eran grifotas empedernidos, costumbre traída de sus andanzas por tierra marroquí. Consumían y vendían: habían aprovechado el retorno de algunos compañeros de trabajo a su tierra, para que, desde allí, les enviaran la grifa en paquetes postales, camuflada como frutos secos.
Negocio simple. Una de esas mil historias jamás contadas, hasta hoy, que tienen por escenario Avilés y por asunto la construcción de la siderurgia y otras hierbas.
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