Las noticias de la historia
Agua, pueblo, agua (I)
Donde se explica la razón de que Avilés conserve la mayor cantidad de fuentes urbanas de Asturias

Postal de los caños de Rivero como lavadero, recortada sobre mural de Paco Roca en el lavadero de Sabugo. | INFOGRAFÍA DE NICOLÁS DE LA MADRID SOBRE POSTAL DE LA COLECCIÓN DE CLAUDIO LÓPEZ ARIAS / Juan Carlos De la Madrid
El Avilés histórico es una villa esmaltada de viejas fuentes. Caños entre pilones, mascarones de boquillas prominentes, blasones que adornan estanques y albercas, lavaderos donde ya no se lava y hasta abrevaderos donde ya no abrevan caballerías, a excepción de ejemplares de dos patas, sin ferrar, algún sábado por la noche. No es una coincidencia ni lo ha querido el destino, han llegado hasta aquí por el triunfo de la lucha de los que nada tenían, excepto el agua de las fuentes. A ellos debemos agradecerles que el casco histórico de Avilés conserve la mayor cantidad de fuentes urbanas de Asturias. Patrimonio singular y popular, una historia que es cualquier cosa menos incolora, inodora e insípida.

Agua, pueblo, agua (I) / Juan Carlos De la Madrid
Si se sigue el hilo del agua, yendo a contracorriente hasta las fuentes de las fuentes, se darán cuenta de que el asunto tiene más importancia de la que parece. En esas aguas se refleja la sociedad que construyó las fontanas, los notables que las quisieron edificar primero y derribar después y la gente modesta y peleona que las defendió como cosa propia.
Hoy el agua, como la gente, está domesticada. Ni siquiera se discute ya su gestión en el Ayuntamiento. A golpe de grifo monomando mana a presión en cualquier lugar, purificada y caldeada, hasta cabinas con rociador y teleducha y bañeras de hidromasaje con sistema de control multifunción.
Tal vez por eso ya pocos recuerden que, hasta el primer tercio del siglo XX, el agua no entraba en las casas como no fuera por las goteras. Había que meterla; ir a buscarla allí donde estuviera. Para beber, para lavarse (poco), para cocinar, para hacer la colada, para regar calles y huertos, para hacer argamasas de construcción y masas de pan, para apagar incendios y para mover ingenios.
La vida del vecindario dependía de un suministro lejano que, para los pobres, estaba más lejos aún. Una fuente era mucho más de lo que parece. Los vecinos de la calle de Rivero empezaron a pedir una en 1767. Decían que a Avilés le sobraba el agua, en cambio ellos tenían que ir hasta la plaza para suministrarse varias veces al día, y la fuente estaba a más de 600 varas de la última casa de la calle. Muchas varas para recorrerlas cargados de jofainas, barreños y garrafones. Además, argumentaban los de Rivero, se corría enorme peligro con tantas casas sin una fuente cercana. Entonces, en un amén, se preparaba un incendio que corría de una casa a otra como si estuviera jugando al escondite. Sin cuerpo de bomberos, si no se tenía agua a mano para combatir esos fuegos, una calle como la de Rivero podría desaparecer en una mala tarde. Si era de noche, mucho peor.
Identidad perdida.
Argumentos tan aplastantes no fueron atendidos hasta 1815, cuando la fuente era, además de fuente, adorno de la entrada al pueblo viniendo por el flamante tramo de la carretera a Oviedo. Ya saben, Los Caños, de los que comenzó a brotar agua entonces, lo hizo durante muchos lustros más y, ni turistas ni residentes, entienden que no lo siga haciendo ahora. Sin el agua cayendo al pilón, Rivero ha perdido identidad, historia y banda sonora.
Pero volvamos a cuando había agua. Ya estaba avanzado el siglo XIX. Una familia popular de aquellos años, llena de hijos y de mugre, dependía absolutamente del suministro de agua. Tenía que ir varias veces al día a la fuente, al caño o al lavadero más próximo. Fuentes y lavaderos podían coincidir, pero lo normal era que estuviesen separados en lugar y función. A las fuentes se iba a repostar, a llenar todos los recipientes posibles, por lo que no interesaba prolongar la estancia más de lo estrictamente necesario. Lo contrario sucedía cuando se iba a lavar. Era una tarea tediosa, que se aprovechaba para engrasar los ejes de las relaciones sociales. Para ponerse al día y a la noche, dar noticia de nacimientos y defunciones, seguirle la pista a amoríos y desengaños, criticar a caciques y mandamases, desahogarse en el milenario arte de echar la lengua a pacer aventando noticias e inventando historias. Eran mentideros arrullados por grifos y surtidores. Salas de conciertos para jabón, tabla de lavar y coro de voces menos blancas. Lugares estratégicos, indispensables para obtener información y para la buena marcha de la vida de todos. De unos más que de otros, eso sí.
Allí se lavaba de pie, con madreñas, sin necesidad de ponerse de rodillas sobre la tabla de lavar que era un potro de tortura. Se utilizaban los pilones para aclarados sucesivos, desde el primer jabón hasta el final.
Los lavaderos estaban cerca de las casas, acortaban una faena que también se hacía en los ríos. "Ir a lavar" era un duro tajo femenino que en Avilés no modificó sus protocolos hasta que la instalación de Ensidesa empezó a alterar los paisajes y a ensuciar o eliminar los ríos.
En la casa donde había uno o más trabajadores la faena de lavar empezaba con un día de antelación. Los monos de trabajo se dejaban a remojo en barreños de zinc. Con sosa Solvay, que comía la suciedad sin atacar el color. Al día siguiente ese barreño tan pesado se cargaba en la cabeza a desprecio de cervicales, y se llevaba, por ejemplo, al "prao del Marqués", al final de la calleja del mismo nombre, donde había río, césped y zarzas, tres elementos indispensables para la faena, sobre todo para la ropa blanca.
"Echar al verde".
Se daba un primer lavado y, aún con jabón, la ropa se "echaba al verde", colgándola en zarzales o tendales o extendida en el santo suelo, lo que requería de atención periódica con un remojado de seguridad para que no se la "comiera" el sol. Así se iban las manchas que ahora borra la lejía. Luego se azuletaba, es decir, se le echaba azulete (polvos de añil para dar un blanco azulado) y, por último, se dejaba secar colocada sobre bardales.
Era ese tipo de trabajo que las mujeres y las niñas han realizado durante siglos. Trabajo de un día entero para todas las féminas de la casa que, para desempeñar una jornada de lavado, tenían que organizarse en turnos: mientras unas lavaban, otras iban a comer y daban luego relevo a las que se habían quedado de retén en el prao. Entonces las familias solían ser numerosas, las hijas tenían bien aprendidas las "labores propias de su sexo" y, aunque fuesen de muy diferentes edades, se quedaban todo el día en el río ocupándose la madre de traer la intendencia a mediodía. Femenina condena, tan larga como el mundo tradicional.
Alguna lectora recordará estos tiempos no tan lejanos. El resto podrá darse cuenta de lo duro y lo tedioso de la faena, sabiendo que, en el río Magdalena a su paso por el viejo matadero, donde existía otro lavadero silvestre, los matarifes tiraban al río los restos de la matanza. Cuando eso sucedía, había que esperar, al menos dos horas, a que la corriente se llevase sangre y mondongos y, ya con el agua clara, volver a lavar.
Sabugo y Los Telares.
Esa época y esos esforzados trabajos se encuentran documentados en piedra en Avilés, donde, por fortuna, aún permanecen en pie algunos lavaderos en su estado natural y en plena naturaleza, como el bellísimo de Heros. Dentro de la villa, además de los caños de Rivero, que fueron fuente y lavadero con el simple añadido de una marquesina, sobreviven los dos únicos lavaderos urbanos que quedan de esa tipología en Asturias. Son el de Los Telares y el de Sabugo, el mayor de Asturias. No tienen agua ni uso y, el segundo, que en su día tuvo capacidad para unas cuarenta lavanderas, está cruelmente mutilado, sin las columnas de fundición que sostenían su techumbre y que acabaron adornando la rotonda de Buenavista por alguna torpe ocurrencia.
Hace más de una década se aprobó un plan para convertirlo en sala polivalente, pero parece ser que no ha valido de nada (el plan).
Cuando se edificaron los lavaderos, en aquellos tiempos de paso al siglo XX, las autoridades empezaron a tomar cartas en el asunto acuático. Los ayuntamientos ganaron competencias y las nuevas teorías higienistas se ocuparon del suministro de agua, de su necesidad y de sus peligros. Fue entonces cuando, con la excusa de dominar las enfermedades, se dominó el agua y se intentó dominar a la gente que tanto dependía de ella. Pero no iba a resultar tarea sencilla, como veremos en la próxima entrega.
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