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El destino se disculpa

El final abierto de la chimenea número 5 de Baterías

Operarios bajo la nube de polvo tras la demolición de la chimenea número 5 de Baterías. | Ricardo Solís

Operarios bajo la nube de polvo tras la demolición de la chimenea número 5 de Baterías. | Ricardo Solís / Juan Carlos de la Madrid

Juan Carlos De la Madrid

Juan Carlos De la Madrid

Avilés

La chimenea número 5 se acostó hacia su derecha, como si se agachara a recoger algo, pero no volvió a levantarse. Daban las diez cuando, después de tres sirenas de advertencia, decidió desmoronarse dulcemente. Se lo pensó un instante y, en un par de segundos, de aquel gigantesco fogón sólo quedó una discreta polvareda contemplada por policías, trabajadores, empresarios, políticos, periodistas y público en general.

Fue como si llevara toda su vida sujeta por un hilo invisible del que alguien tiraba hasta que, en ese momento, dejó de hacerlo. Entonces la chimenea se fue al suelo sin ayuda, por simple gravedad. Voladura perfecta, comentaba algún artillero espectador. Todo se vino abajo con gran limpieza, con extraña facilidad para el esfuerzo que ha costado llegar a este día. El destino de los suelos y del patrimonio de Ensidesa una vez más tomó sus propias decisiones. Baterías se va cuando le da la gana. En el humo del derribo quedó escrita la situación como en los posos del té. No se adivinaba el porvenir, ya quisiéramos, pero sí el pasado cercano en forma de presente continuo.

En todo lo importante Avilés no es dueña de su porvenir. No lo ha sido desde la llegada de la siderurgia, menos aún desde que empezó a marcharse, hace ya varias décadas. En eso consiste, en esencia, el Modelo Avilés. Las obras de verdadera envergadura, todas las que hacen ciudad o deciden el mañana (saneamiento, variante, soterramiento de las vías, Isla de la Innovación…), jamás avanzan al ritmo de la villa.

Lo hacen como y cuando se decide a muchos kilómetros de aquí. Son para los nietos. La demolición de Baterías con el hito de hoy da un paso de gigante, pero no ha sido distinta. Siempre lenta, siempre incierta, siempre larga.

A finales del siglo XX se planteó la primera paralización y derribo de esta instalación, recién nacido el PEPA. Los defensores de la coquería querían preservarla como el más importante recurso productivo del nuevo parque empresarial, con más de trescientos puestos de trabajo. Los partidarios de paralizarla la consideraban una industria muy contaminante, que cubriría más de un cuarto del siglo XXI con las peores secuelas del siglo XX, condicionando cualquier factoría venidera. Ni unos ni otros impusieron su criterio, lo hicieron los dueños de la siderurgia mandando lo que, en cada coyuntura, a su bolsa más interesaba. Era cuestión de «futuros», no del futuro de esta villa.

En 1998 Baterías salió de las reconversiones siderúrgicas con otros amos y los mejores resultados de su historia. Mal momento para disponer su cierre. Al contrario, se decidió mantenerlas hasta 2007. Cuando ese año electoral llegaba, naciente el «efecto Niemeyer», se puso nueva fecha: 2020. Al comenzar este año la decisión fue firme, se anunció el derribo para construir un nuevo polígono industrial, operativo en 2022, con la misma inversión del Niemeyer («lagarto, lagarto»).

En todas esas decisiones Avilés, la ciudad, no tuvo pito que tocar. Desde aquí nadie se puso de acuerdo para decidir el tipo de ciudad y de industria que se querían para el siglo XXI. Tampoco hubo un plan para decidir, desde los primeros derribos, cuál era el patrimonio siderúrgico más valioso y qué había que conservar para convivir con las nuevas instalaciones productivas, siendo productivo también. Las cosas fueron llegando.

La cuestión principal, como siempre, no fue Baterías, sino saber quién o desde dónde se tomaban las decisiones. Siempre lejos. Ni siquiera en el sainete de su derribo, lleno de entradas, salidas, anulaciones, recursos, denuncias y hasta encuentros informales, fue distinto.

Como si estuviera escrito en la predicción de un viejo pergamino, Baterías fue la primera instalación siderúrgica en llegar, dio la primera producción de Ensidesa (62.000 toneladas de coque en 1956) y será la última en irse definitivamente.

Hoy se ve como, de verdad, ha iniciado el camino para cambiar un paisaje familiar a varias generaciones. Ahora que llegamos al final de la cadena de retrasos, vuelven a aflorar los proyectos para los suelos de este lugar. Con el tiempo se han hecho más futuristas: ecoparques, hidrógenos verdes y «talento». Mucho talento. Qué todo sea para bien. Y que la Providencia quiera, por una vez, que lo veamos pronto.

Tiene José Luis Sáenz de Heredia una vieja película de 1945, «El destino se disculpa», que viene muy al caso. En su argumento dos amigos pactan que el primero en morir se ocupará del otro, volverá desde el más allá para guiarle hacia el éxito en la vida. Ojalá el destino se disculpe esta vez con Avilés, pida perdón por dudas, mentiras y retrasos.

Que esta chimenea número 5, la primera en irse al más allá, sea el fantasma capaz de guiar a estos terrenos hacia el necesario éxito en su nueva historia.

De otros fantasmas ya andamos por aquí sobrados.

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