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Las noticias de la historia

Agua, pueblo, agua (y II)

Cuando la gente sencilla paró los pies al Ayuntamiento por la gestión del agua, legando un patrimonio único

Por una vez, la justicia se inclinó del lado de los modestos, frente al poder del ayuntamiento legando un patrimonio impagable.

Por una vez, la justicia se inclinó del lado de los modestos, frente al poder del ayuntamiento legando un patrimonio impagable. / Infografía Nicolás De la Madrid

Juan Carlos De la Madrid

Juan Carlos De la Madrid

Avilés

A los señores del Ayuntamiento les importaba mucho la higiene y la modernidad de Avilés. El agua corriente tenía que estar en las casas como correspondía a un lugar con tranvía eléctrico, además de muchachas bonitas, boticas, cafés, buenos teatros, buenos paseos y puerto de mar también. Pero, a esos mismos señores, les importaba muy poco que hubiera o no fuentes públicas. Ellos nunca habían salido de casa para abastecerse, tenían pozo propio o disponían de mucama, lacayo, guaje o zagalillo para hacer los menesteres del acarreo. Ni les faltaría el agua, ni sus riñones o vértebras se iban a quejar jamás del peso o la distancia.

Lo escribió Armando Palacio Valdés, evocando la casa de su infancia a la entrada de la calle de Rivero: "Poseía nuestro jardín la ventaja de una fuente con copioso chorro de agua que corría incesantemente. Esta agua no se enturbiaba jamás, y cuando a la de las fuentes públicas le ocurría tal alteración los vecinos de la calle o sus criados acudían a pedirnos permiso para llenar sus vasijas. Era un constante llamar a nuestra puerta todo el día bastante enfadoso".

Las fuentes privadas no corrían peligro, pero las públicas eran antiguallas que una villa moderna no se podía permitir. Luego estaba la cosa de la salud, siempre a favor de los enemigos de los caños públicos. Enfermedades y epidemias como el tifus, habían asolado pueblos y ciudades, extendiendo su ponzoña desde algún pozo de uso colectivo. Además en Avilés el peligro se multiplicaba, al estar la parte baja de la población edificada sobre relleno de zona marismeña.

En el concejo la situación era mala. Miranda, San Pedro Navarro, San Cristóbal y otras parroquias acusaban la escasez. En Villalegre los pozos construidos por la colonia de La Habana fueron clausurados por insalubres. En el centro de la villa la situación se multiplicaba por el número de caños, fuentes y lavaderos: en El Focicón, Galiana, San Francisco, San Nicolás, Rivero, La Magdalena, Sabugo... Se imponía una traída moderna, con garantías sanitarias, de agua corriente que llegara a todos los hogares. Y entrara en ellos. Desde 1916 se abordó definitivamente el problema con las obras para la traída de aguas. En los años veinte la cosa del suministro parecía encauzada. Desde las afueras, el depósito de Valparaíso se creyó la solución, pero pronto iba a dar muestras de su incapacidad para abastecer a toda la población. Se necesitaba un suministro muy caudaloso para atender a las fuentes, al riego de calles, que acababa haciéndose con agua salada, a los muelles, a las fábricas de conservas, siempre peleadas por el agua dulce, y a los vecinos, esos que, como bebían y vivían, tenían que ir varias veces al día en busca de suministro.

Avilés, junto a Gijón, Oviedo, Llanes y Mieres, estuvo entre las primeras ciudades asturianas en garantizar el suministro de agua corriente en las casas y locales comerciales a través de enganches desde la cañería general hasta los domicilios. Enorme avance justo a la entrada del siglo XX. Era tan beneficioso que podía liberar a una parte de los avilesinos de la esclavitud del acarreo desde fuentes o lavaderos. La acometida se hacía llenando un depósito en cada casa o con agua corriente ya en los grifos. En ambos casos los abonados debían pagar enganche y consumo al municipio. Sólo unos pocos pudieron permitirse tal lujo: los propietarios de casas. Sus inquilinos, los trabajadores y demás gente pobre, siguieron dependiendo de la fuente, del garrafón y de la chancleta para beber.

El problema creció amenazando con atascar cañerías y paciencias. Cuestión ya de propietarios e inquilinos. Las clases más modestas vivían de alquiler. Los propietarios debían enganchar, algunos querían y otros no, pero los inquilinos no eran dueños de su destino, tendrían agua corriente sólo si enganchaba el propietario de la casa. El Ayuntamiento presionó. La red de cañerías cubría ya todo el centro en la década de 1920; los enganches fueron creciendo. Mientras esto sucedía el propio ayuntamiento le declaró la guerra a las fuentes públicas. Si el agua entraba en las casas ya no habría razón para salir a buscarla, así que se imponía, con presteza, eliminar caños y surtidores de las calles.

El de Avilés fue Ayuntamiento pionero en eliminar fuentes. En fecha tan temprana como 1922 suprimió las de las calles de La Magdalena y José Manuel Pedregal. Tras la excusa de que las cañerías ya llegaban a las casas se ocultaba una media verdad. No todas las casas se lo podían permitir. En La Magdalena, sin ir más lejos, la gran concentración de viviendas obreras dependía de la cercanía del agua, al quitarles la fuente el progreso les jugaba una broma de gracia dudosa: no tenían agua en casa y, desde entonces, tenían que ir más lejos acarreando sus garrafones por más tiempo para conseguirla. Y así varias veces al día. Todos los días. Muchos fueron los que siguieron acarreando agua, pateando el barrio, hasta que el destino se los llevó definitivamente al otro barrio. De esta manera una cuestión de propietarios pasó a ser una cuestión de inquilinos.

El Ayuntamiento continuó cerrando el grifo de su estrategia. En agosto de 1924 se planeaba poner una fuente en Las Huelgas trasladando la más cercana desde La Pescadería, pero el alcalde consideró "una anomalía facilitar fuentes públicas cuando se trata de suprimir la mayor parte de las mismas, obligando a los propietarios a introducirlas en sus casas". Dos años después el alcalde, entonces Valentín Alonso, dio un ultimátum, hasta el 15 de noviembre, para que los propietarios hicieran la acometida de agua hasta sus casas. En caso contrario lo haría el ayuntamiento pasando factura y multa a dichos propietarios. No más fuentes.

Entonces aparecieron los inquilinos, quienes no tenían agua en casa, ni la podían meter, y además podían perder la fuente en la calle. Salieron a cortarle el paso al Ayuntamiento cuando, en 1929, decidió eliminar otras fuentes públicas. Contaban con la fortaleza de la Liga de Inquilinos de Avilés y su Concejo. Una entidad constituida en 1922 con el objeto de dar auxilio legal a sus asociados en casos como renta abusiva o desahucio, conseguir el abaratamiento de alquileres, la demolición de edificios ruinosos o la construcción, con recursos propios, de casas baratas. Tenía como secretario a Wenceslao Carrillo, un fundidor de la Real Compañía que, pese a ver eclipsada su fama para la historia por la de su hijo Santiago, fue el líder obrero más destacado en la comarca de Avilés durante la dictadura de Primo de Rivera. Esa Liga plantó cara al poder con todas las de ley. Y ganó.

Venció al ayuntamiento en un pleito en el que la justicia le dio la razón en el otoño de 1930 "considerando que no se puede hacer responsable al vecindario del incumplimiento por parte de los propietarios del Reglamento de Higiene Municipal de la Villa de Avilés". Quedaba así revocado el acuerdo del ayuntamiento para suprimir varias fuentes públicas. La Liga de inquilinos afirmaba adquirir por derecho lo que no quería como gracia. Nada menos que el derecho a tener fuentes en las calles. Como no tenían casa, no se dejaron meter el agua dentro.

Ya les decía yo que esta era una historia de gran profundidad. Una historia sumergible en los significados más singulares de las calles de Avilés. Una batalla sin parangón, cuyos triunfos han quedado en la calle en forma de fuentes para convertir el casco histórico de Avilés en un conjunto distinto a otros. Al lado de los grandes palacios, herencia de los poderosos, tenemos magníficas fuentes, herencia de la gente corriente. Los que lucharon a brazo partido para que nadie las derribara.

Y así llegaron las viejas fuentes hasta nosotros. Hoy la gestión municipal del agua sólo es pendencia electoral, olvidada cuando hay pactos de gobierno. Ya nadie combate por el agua. Por eso es muy necesario recordar aquella batalla, ganada por quienes no tenían grifo en casa, contra las autoridades y la opinión de los que tenían las comodidades modernas. Aplicaron una sencilla filosofía, un refrán tan viejo como el agua corriente. Le dijeron al Ayuntamiento y a los poderosos en general que, como no compartían ni agua ni peripecias, atendieran a lo escrito por el autor gijonés Martínez Abades en un cuplé, que por entonces aún se cantaba como cosa moderna:

Agua que no has de beber,

déjala correr.

Déjala, déjala, déjala.

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