Las noticias de la historia
Caja o dinero
Los concursos como metáfora de la situación de los barrios en el primer Avilés siderúrgico

Una antigua imagen de La Rocica.
A principios de los rebeldes años sesenta, de los yeyés, el mayo del 68 y el turista un millón novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve, la televisión estaba a un paso de convertirse en la dueña de los medios de masas. Un paso largo, sobre todo en lugares como Avilés, donde la cobertura, de aparatos y de emisión, era aún precaria. La radio jugaba la prórroga de su etapa dorada, con los concursos como nervio principal de la programación. Los había de todo pelaje: para descubrir voces nuevas, dedicados a preguntas culturales, solidarios como "ustedes son formidables" o los patrocinados por marcas comerciales como "Un jamón en el tapón". A ese género pertenecía "Caja o dinero", aventado por las emisoras de la Ser los jueves a las veinte cuarenta y cinco, que alegró las navidades de una familia avilesina en 1965. Les tocó el premio más generoso concedido hasta la fecha: nada menos que 63.000 pesetas patrocinadas por Eko-Thomy’s.
Aquel capitalazo (hoy serían 380 euros) llevaba de guarnición las etiquetas de los cereales solubles Eko que una señora, vecina de la calle Oviedo, compraba en el economato de Ensidesa y de la mayonesa Thomy’s, que adquiría la misma vecina en el moderno Sumer avilesino. El concurso consistía en elegir entre un dinero en mano o el contenido secreto de una caja. Se podía ganar o perder. Si aquella paisana, tocada por la diosa Fortuna, hubiese tenido mayor audacia, hubiera elegido la caja, donde le esperaba un Seat-600, es decir, la felicidad. Y hasta aquí puedo leer.
Los concursos, en aquella España, eran sueño de prosperidad o de cambio de vida para la población más sencilla. La posibilidad, por ejemplo, de reunir lo suficiente para conseguir "piso propio". Era ese un terreno (edificable) en el que la rueda de la suerte giraba sin cesar en la villa siderúrgica. Al detenerse, decidía el lugar en el que uno iba a vivir. La vivienda era el mayor de los problemas de aquella "no ciudad" crecida en tsunami, cuyo recuerdo, ya lejano, se aleja un poco más con el derribo de Baterías. Con sus cascotes ha volado lo bueno y lo mucho malo de aquella población improvisada.
Los caprichos del destino determinaban la residencia de los avilesinos de entonces. Centro o periferia. No era lo mismo. La situación de los barrios a principios de los sesenta fue la consecuencia de la edificación atolondrada. Sin plan, dotación ni servicios.
La Alcaldía desmentía oficialmente, en 1965, que hubiera tifus en Avilés. Cinco casos desataron la alarma, pero eran los normales, decía el Alcalde, en una población donde el tifus era una enfermedad endémica. Lo cierto es que ese mismo año el barrio de San Agustín, popularmente conocido por "La Fundición", estaba anegado de agua. Con el pavimento en precario y un muy perjudicado colector de saneamiento que desalojaba tantas aguas negras como conducía. Esa zona baja, antigua marisma de La Maruca, se inundaba hasta el punto de no poder acceder a las viviendas, algunos charcos tenían hasta medio metro de profundidad. Aguas pluviales, negras, grises; de todos los colores, residentes en aquel barrio desde hacía cuatro años, entre olores insoportables. Una Venecia del abandono.
Rodeado por inmundas lagunas estaba también ese año el poblado de Francisco Franco (La Texera). Las obras para rellenar sus calles con hollín, además de multiplicar la contaminación general, eran lugar de encuentro para las aguas que bajaban del monte de La Luz, ladera abajo, y las negras de los colectores en precario. Todas se estancaban en las montañas de ceniza, lacustre expresión de desidia. En aquellos años se vivía en el barrio como en una mina a cielo abierto, con riesgo de cualquier infección, en medio de un olor insoportable. Los sótanos de las casas eran propiedad de aguarones, se decía, del tamaño de un gato. Alguno se vio saltando sobre una cama con habilidad circense.
Viajando a las alturas de Avilés, tres meses después de haber sido entregados por la Obra Sindical del Hogar, los poblados de La Carriona y La Pedrisca no tenían iluminación eléctrica en calles, plazas y portales. Hacía dos años que Hidroeléctrica del Cantábrico había hecho la instalación de alumbrado, pero no encontraba cliente. No se sabía quién tenía que pagar el consumo de las calles del barrio alto. Justo al lado, en Miranda, se necesitaban colectores de saneamiento pues las inmundicias, con su insoportable olor, asaltaban los oscuros caminos sin asfaltar. Cosa semejante sucedía en El Pozón y La Rocica con el alumbrado público, en barrios carentes de aceras, con edificios sin numerar y sin cubos para recoger la basura.
Cruzando la ría, en San Sebastián, al arrancar Valliniello, las cenizas inundaban aire, tierras, casas y ropas. Las lanzaba la central térmica de Ensidesa, ésa que se derribó en 2007 después de que el Ayuntamiento prometiese conservarla como "la joya de la corona del patrimonio industrial avilesino". Bufaba de noche, entre las 23 y las 7 de la mañana, cuando, al abrigo de las estrellas invisibles, la chimenea vomitaba cenizas a mansalva. Los vecinos respiraban polvo de carbón, vivían en casas cerradas a cal y canto y los médicos, en las radiografías, hablaban de una nueva patología: el "clásico pulmón avilesino".
La atención médica no abundaba, precisamente. No hay más que fijarse en el barrio de La Luz, dos años después de su construcción. Fue vendido como lo más moderno en barrios residenciales, pero no tenía un solo médico para atender a una población ya de 11.000 habitantes. Sus moradores pedían dispensario y farmacia o, al menos, una atención que cubriera las emergencias. Cuando algún caso grave se presentaba sin avisar, en la distancia entre Avilés y La Luz se jugaba la vida y la muerte.
Para salir de esas condiciones, en 1966 los jóvenes del Grupo José Antonio, en Buenavista, decidieron hacer una petición. Eran la primera generación siderúrgica que ocupaba los barrios nacidos al calor del Plan Sindical de la Vivienda de 1954. Un grupo en crecimiento diario con la construcción del vecino barrio de San José Artesano. Les sobraba de todo (lo malo): calles sin asfaltar, aguas pluviales en regatos abiertos, sin suministros o comunicaciones, excavadas en lo que antes habían sido despoblados, ahora intensamente poblados de jóvenes sin alicientes. Querían lugares para reunirse, para hacer actividades culturales, campos deportivos... cualquier cosa. Obtuvieron cinco columpios. Acudieron a la prensa, pero sólo lograron un titular tan cierto como triste: "Avilés sangra por sus barrios".
Claro que ese de la juventud era el menor de los problemas de un barrio donde, frente a los bloques de las nuevas casas, sobrevivían dos viejos hórreos habitados por cuatro familias. A su lado una antigua cuadra daba cobijo a otras cuatro en espera de una vivienda de la Fábrica y, un poco más lejos, una chabola cobijaba a seis hombres buscadores de la vida en empleos marginales; en el barrio la llamaban "la casa sin ley". Téngase en cuenta que, en ese mismo año, aún existían 105 chabolas (censadas) en Bustiello, El Reblinco, Balsera, La Escucha, El Cruce, La Atalaya y Puente Estratégico. Infrabarrios de los que nada tenían o de los que, teniendo trabajo y sueldo, seguían esperando por un techo digno. Corrían noticias sobre traspasos o ventas de chabolas por cantidades tan elevadas como las diecisiete mil pesetas que se pagaron por una de Bustiello. En los peores tiempos llegó a haber más de quinientas chabolas. Se hizo un plan para erradicarlas en 1967, pero algunas llegaron a ver el siglo XXI.
Aquella era una sociedad muy desigual. Estos barrios convivían con los bien dotados de Ensidesa, se construían modernas viviendas en sitios céntricos y la Regiduría de Trabajo de la Sección Femenina impartía cursos de formación profesional para el servicio doméstico, con categoría de cocineras y doncellas. Los televisores, en blanco y negro y 19 pulgadas, distraían al personal emitiendo "Bonanza", las primeras retransmisiones deportivas, todo estelas y desenfoques, y la Familia Telerín, que mandaba a los niños a la cama. Para mayor confort, la colonización de cenizas y los colectores averiados se endulzaban bebiendo gaseosa "Rotella", destilada en Soto del Barco, que tenía su marca estrella "La Flor de julio", en honor a Julio Valdés, el propietario del invento, con sabores naranja, limón y natural.
En la rifa de la vida del Avilés de la avalancha a unos les tocaba el dinero, pero a otros les tocaba la caja. Una negra caja que, al abrir, estaba llena de calamidades.
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