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Santos al agua

La noche en la que robaron las imágenes sagradas de todas las hornacinas de Avilés

Juan Carlos De la Madrid

Juan Carlos De la Madrid

En la madrugada del 29 de junio de 1931 una luna avara dejaba en penumbra los soportales de Avilés. Las horas caminaban hacia un nuevo día viniendo de otro muy singular. No hacía ni tres meses que se había proclamado la Segunda República en España y ese día, el domingo 28 de junio, asistía a una nueva jornada electoral. Se votaban las Cortes con la tarea de redactar una constitución. Con una Ley Electoral de 1907 ajustada para lograr una mayor proporcionalidad entre el número de electores y el de elegibles (un diputado por cada 50.000 habitantes). Podían ser electores los varones a partir de los 23 años. Grandes cambios que provocaron gran expectación, mucha atención de las autoridades pero descuidos en la seguridad de las calles. La Policía Urbana era muy corta en efectivos, tenía que estar pendiente del recuento de votos. Lo primero era lo primero. Ubicuidad imposible.

El trajín electoral ayudó mucho. No llegaba a ser la una de la madrugada cuando dos figuras sin sombra, protegidas por la escasa iluminación de la calle de La Ferrería (entonces Pinar del Río), asaltaron la hornacina que custodiaba la figura del Ecce Homo. Aquellas dos formas habían premeditado su fechoría. Se trataba de apoderarse de las imágenes religiosas veneradas bajo los porches de las viejas calles de la villa. La ausencia de viandantes de La Ferrería les dio la oportunidad para, subido uno sobre el otro, violentar la hornacina y hacerse con la imagen del Cristo. A toda prisa, cargando la figura en su carrera, se dirigieron al muelle, en las proximidades del puente de San Sebastián, justo enfrente de donde entonces estaba el bar Dimas, allí tiraron la imagen al agua. No se hundió. Aquel espectáculo nocturno de un Cristo caminando sobre las aguas era un grito mudo que los delataba. Uno de ellos saltó a una gabarra, luego a un bote, donde, atando un montón de piedras a la imagen, la lastró para se fuese al fondo. Allí acabó llegando. La noche les seguía siendo propicia.

Por eso siguieron con el plan, trazándolo sobre la marcha a barlovento de las circunstancias. Con el Cristo ya en la ría se dirigieron a la calle de Galiana (entonces Palacio Valdés), como era noche de comicios, el guardia del distrito custodiaba uno de los colegios electorales de la zona, donde se confeccionaban las actas de las elecciones. Paso franco a la hornacina de la Virgen del Carmen por el mismo sistema: trepado escapular y zarpazo a la imagen de la Virgen marinera. La figura siguió el mismo camino que el Ecce Homo: al fondo de la ría.

Un mes antes una oleada de violencia anticlerical había dejado sucesos varios, sobre todo en Madrid, además de una decena de muertos, especialmente entre los revoltosos. Una muestra del anticlericalismo popular que, desde el siglo XIX, asomaba cada vez que tenía ocasión, en forma de ofensas, sacrilegios e incluso quema de edificios. Buscaba hacer diana no en los ritos católicos, sino en la Iglesia como representante de una sociedad tradicional considerada injusta por los promotores de tales acciones. Las imágenes fueron siempre el primer objetivo.

Eran tiempos locos. O empezaban a serlo. Además la cosa no acabó ahí. A estos dos iconoclastas en madreñes la impunidad les dio satisfacción. Se gustaron. Se sintieron muy satisfechos con semejante proeza, no sólo con haberla ejecutado sino también con que nadie se hubiese enterado. Por eso quisieron darle una vuelta de tuerca al asunto, rematar la faena con dos orejas y vuelta al ruedo perpetrando el crimen perfecto.

Quedaba una última hornacina. La menos accesible, por altura, por situación en la ciudad y por disposición. Quisieron acabar el trabajo sustrayendo la imagen de la virgen del Pilar, custodia de la entrada al ayuntamiento, nada menos. Rematar su gesta con el más difícil todavía: birlarle a las consistoriales, del dintel de su puerta de entrada, la imagen protectora en el edificio más protegido de la villa. Palabras mayores.

Pese a la noche, pese a la oscuridad, seguía siendo el lugar más frecuentado de la villa. La hornacina estaba demasiado alta para el método anterior. Quedaba, además, el asunto de la vigilancia, escasa, sí, pero siempre presente allí, con o sin elecciones. Rondaron un rato, rodeando la entonces plaza de la Constitución. A la vez, pensaban y esperaban para asestar el golpe final. Sin pretenderlo, para consumar su hazaña encontraron colaboración en el propio consistorio. Se valieron de medios municipales, pues localizaron una escalera, apoyada en la calle tras el reloj, que bordeaba la trasera del edificio, entre La Fruta y La Ferrería, aún practicable por aquellos años. El asedio dio sus frutos, aliado con la casualidad, cuando el guardia de servicio en la plaza, en funciones de sereno, fue llamado para abrir la puerta de una casa de huéspedes justo en el arranque de Rivero. El campo estaba libre. Fueron a toda prisa, escalera municipal incluida, a saquear la tercera hornacina trepando como gatos. Las casualidades no llegaron hasta el final. La escalera resbaló. El sonido del tropezón rebotó en las casas del Parche llegando hasta donde estaba el guardia, que vino a todo correr para proteger la entrada del consistorio. Las dos sombras salieron de estampida, dejando la escalera, pero no la santina. Con semejante presa desaparecieron en la noche.

Entonces no se conocía la televisión, ni internet, el cine empezaba a ser sonoro, y no había medio capaz de dar noticias inmediatas para descubrir la fechoría. Sin duda los ladrones de imágenes no se habían percatado de que no existe crimen perfecto. Ellos se creyeron a salvo, pero el episodio de la escalera puso en alerta a los guardias. La profanación estaba descubierta y, esa misma madrugada, comenzaron a buscar sospechosos hasta encontrar un par de testigos dispuestos a "cantar", muy empastados, lo suficiente como para armar la narración que llevaría al desenlace de los hechos. Con eso no contaban los saqueadores. Siempre hay ojos detrás de las sombras y, algunos, muy cerca del muelle, vieron como dos jóvenes se acercaban por allí, como uno de ellos saltaba a una gabarra, mirando fijamente por la borda, como si estuviera pescando calamares con potera. Mas, como no había aparejo ni allí se pescaba, por ese hilo y con esa declaración, los guardias consiguieron enganchar dos calamares de gran porte.

Se trataba de José Álvarez, de diecisiete años y Faustino Muñiz, de veintidós, atrapados a gran velocidad y sometidos a interrogatorio. La rutina del asunto, después de dudas, renuncias y contradicciones varias, aclaró los hechos. Confesos los autores fueron presentados ante el juez, que decretó su ingreso en prisión aquella noche.

Se buscaron móviles y cómplices, más allá de lo evidente. El caldo de cultivo ya descrito empezaba a pegar borbotones. Eso llevó a pensar que, tan dañina y coordinada acción, respondía a motivaciones complejas. Que había consignas. Que posiblemente la política estuviera detrás de todo esto. Otros temieron consecuencias sobrenaturales de tan grave ofensa a los altares. Pero no hubo más. Se trataba de algo que, comenzando como una gamberrada, se fue de las manos de sus autores. Maldita la gracia. Durante mucho tiempo se habló de profanación y sacrilegio. Aquellos días en que las imágenes permanecieron en paradero desconocido, la zozobra de los avilesinos, asombrados por semejante golpe de mano, no concluyó sino con el hallazgo de las imágenes. No fue tarea fácil.

Aquí las contradicciones retrasaron la búsqueda pues, en el primer momento, declararon que la figura de la Virgen del Pilar había sido lanzada al agua como las otras dos, pero en realidad no habían tenido tiempo. En su precipitada huida, Pepín y Faustino tomaron camino contrario y la imagen acabó escondida en una finca de Gaxín, donde finalmente apareció dos días más tarde. El mismo tiempo que invirtió un buzo en recuperar el Ecce Homo. La Virgen del Carmen tuvo peor suerte, casi una semana más tarde salió al encuentro de Feliciana Arias en la ribera de la ría. Le faltaba el rostro.

En otras latitudes sucesos como aquellos, cuando alcanzaron dimensiones preocupantes, contribuyeron a frustrar la consolidación de la moderada república burguesa. En toda España se mezclaron acontecimientos de distinta cronología, repercusión y calibre para pasar a la memoria colectiva como el tiempo de "la quema de conventos".

En el Avilés más popular aquella gamberrada se recordó para siempre (aún algunos la recuerdan) como el día en que los santos se fueron al agua.

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