Las noticias de la historia
El cadáver del tiempo
Un programa de televisión desató las iras de autoridades y opinión pública

Los televisores de Avilés, vieron a su ciudad entre el humo industrial y echaron humo de indignación / Infografía de Nicolás De la Madrid

Avilés salió de la Transición arrastrando las cadenas de un pasado inmediato de desorden y caos urbano camino a un incierto futuro de orfandad y abandono: la no ciudad. Los años siguientes, entre los ochenta y noventa del siglo pasado, peleó por ser ciudad, por tener todo aquello que una ciudad merece, pero fueron los mismos años en los que se empezó a ir la siderurgia; razón de ser de la no ciudad y de la ciudad. Más allá de nuestro pequeño municipio, en Oviedo y Gijón sin ir más lejos, hacía décadas que Avilés era considerada sólo como una fábrica. Para ellos, desaparecida la fábrica, desaparecía también la ciudad desconocida. Se necesitaba asomar la cabeza, decir al mundo que Avilés existía, que siempre había estado bajo los humos de la industria descomunal. Por eso, cuando se dijo que la única televisión de entonces le iba a dedicar un programa entero a Avilés, en horario de máxima audiencia, la expectación y la esperanza fueron máximas.
Llegaba la tele, dispuesta a sacar los recuerdos del armario, el miércoles 6 de abril de 1988. Se trataba de un episodio de la serie documental "Vivir cada día", un espacio que, con los años, había evolucionado hacia un nuevo formato: el docudrama. Híbrido de documental y dramatización con un guion concebido para hacer narrar los hechos a sus protagonistas, actores de su propia vida. De dirigir aquello se encargaba Javier Maqua, madrileño, pero con el perdido paraíso de su infancia en el Avilés presiderúrgico. Un hombre de familia de rancio abolengo, pero de izquierdas. Más elementos para aquella probeta humeante.
Maqua, autor de novela, teatro, ensayo, radio, periodismo, televisión y cine, firmó algunos de los episodios de la serie, entre ellos el avilesino titulado "Avilés, el cadáver del tiempo". Fue el principal responsable de los cambios en "Vivir cada día". El programa evolucionó con un estilo, el suyo, más cercano al lenguaje cinematográfico que al televisivo, lleno de formas, citas y recuerdos a películas, géneros, músicas y directores de cine, desde Hitchcock a Theo Angelopoulos.
En fin, que Javier Maqua no era un chiquilicuatre cuando hizo "El cadáver del tiempo". Cuando se emitió, "Vivir cada día" ya estaba en el último año de su recorrido, tras una década de emisión, buena audiencia y reconocimientos múltiples. La serie, dirigida por José Luis Rodríguez Puértolas, tenía prestigio como obra comprometida, de utilidad social y calidad profesional. Dio voz a la gente normal cuando, hasta entonces, sólo aparecía en los sucesos. En dos períodos había recorrido el camino desde la televisión única a la llegada de las cadenas de televisión privadas, con fama de ser un programa "de izquierdas" en una televisión "de derechas". No era poca cosa en aquellos momentos, cuando Televisión Española era la única televisión, lo que justificaba sus millonarias audiencias, también su papel de rehén de todos los gobiernos: había tenido siete directores generales en ocho años.
Grandes esperanzas. Las de una villa siempre ilusionada ante cualquier reconocimiento, sobre todo el de las imágenes nacionales. Baste recordar el acontecimiento de cómo tan sólo unos segundos de un documental oficial en el cine sirvieron para bautizar a un barrio popular como "El Nodo". Cuarenta años después Avilés estaba harta de salir en los medios como un lugar de chimeneas, humos y suciedad. Sólo una fábrica. Además, la fábrica empezaba la huida. A un paso de las reconversiones más duras, ya con diez mil trabajadores menos que quince años atrás.
Por eso todo Avilés se sentó ante la tele. Algunas fuerzas vivas organizaron incluso un visionado colectivo. Como se esperaba un canto a las bondades de la villa del Adelantado, cuando los fotogramas empezaron a correr, el chasco fue colosal.
El programa utilizaba como argumento el retorno a su ciudad de un avilesino, ausente durante el paréntesis de la industrialización, desde el crecimiento atolondrado a la reconversión. Venía al funeral de su abuelo, miembro de una poderosa familia con pabellón de recreo en la ría, donde le asaltaban los recuerdos de sus juegos infantiles en las marismas de San Balandrán, arcadia feliz y despreocupada de tan copetudo clan. Desde los años más viejos la narración pasaba por los momentos más duros de la construcción de Ensidesa, concluyendo en un presente de crisis. La fábrica se iba, dejando su herencia más sucia. Nunca asomaba la ciudad. En el programa todo era muerte: el funeral y entierro del abuelo era también el de la villa que recordaba el protagonista, Antón. Avilés como víctima de los años, un cadáver del tiempo de su niñez, paseándose en santa compaña por calles sórdidas y establecimientos funerarios. Las imágenes del pasado se entremezclaban con los testimonios del presente, el de una ciudad que empezaba a asistir a la muerte de la siderurgia entre desolación, droga y crisis de identidad.

Los televisores de Avilés, vieron a su ciudad entre el humo industrial y echaron humo de indignación / Infografía de Nicolás de la Madrid
Por el camino se dramatizaban asuntos delicados de la emigración de los años cincuenta: coreanos, campaneros, turnos de camas calientes, colas para escribir cartas en la calle o para entrar a desahogar las horas de trabajo con meretrices tan destajistas como los constructores de la marisma. Los pasados y el presente barajados con eficacia en imágenes que daban donde más dolía. El del pasado era un trauma superado. Había costado años y muchos esfuerzos, porque la convulsión de aquel Avilés que dio el estirón a costa de cualquier cosa, aún estaba viva en el recuerdo y en la piel de algunos de sus protagonistas, residentes viejos o nuevos. Se había firmado un pacto tácito de olvido sobre las páginas más negras del tiempo de la construcción de Ensidesa, lo cual no quiere decir que no existiesen episodios mezquinos, cuyos recuerdos estaban cerrados con siete llaves en el fondo de las campanas de la memoria de los habitantes de Avilés. El del presente era un trauma nuevo, un espejo deformante que devolvía una imagen en la que Avilés no se reconocía.
Lo tres planos cruzados en aquella narración sacaban los recuerdos que pocos querían recordar, también la foto de un presente en el nadie se sentía retratado. Se esperaba otra cosa. No gustó. Nadie se mostró a favor de obra. Antes al contrario, fueron muchos los que se mostraron, enérgicamente, en contra.
En el Ayuntamiento de Avilés hubo quien quiso declarar a Javier Maqua persona non grata, finalmente la cosa acabó en protesta oficial de la Comisión de Gobierno que acordó, por unanimidad, enviar un escrito a la dirección del programa "Vivir cada día": "Manifiesta su más enérgica protesta ante la dirección de la serie y el responsable de dicho capítulo (…) lamenta que se haya presentado a Avilés como una ciudad absolutamente desintegrada y en crisis de convivencia (…) se ha desaprovechado una oportunidad inmejorable para dar a conocer aspectos fundamentales de la historia de Avilés y mostrar el presente de una ciudad en la que el esfuerzo de todos los avilesinos ha sido una constante para conseguir una integración social ejemplar" (…).
La unión de comerciantes, UCAYC, se sumó a la queja, manifestando su repulsa e indignación ante el contenido del episodio, "a este respecto, está dispuesta a secundar cuantas acciones puedan iniciarse para conseguir la emisión de un nuevo episodio televisivo que corrija la deformada visión ofrecida el miércoles de nuestra ciudad, al tiempo que, por unas vías u otras pueda cursarse".
La Voz de Avilés tronó durante días. En el programa se la citaba como un periódico que sólo se compraba para leer las esquelas. Además de varios artículos para reflejar el "rechazo unánime de la imagen que TVE ofreció sobre Avilés", le dedicó un editorial al asunto denunciando la "imagen falsa, distorsionada y ampliamente subjetiva del ayer próximo y del hoy que nos toca vivir", acompañada "por unos diálogos que en ciertos casos están en el filo del mal gusto" para acabar diciendo que "por una vez creemos que todos los avilesinos hemos coincidido en el rechazo con indignación a este bodrio surrealista que nos ha dejado mal cuerpo por su falta de rigor y criterio".
Todo fue excesivo porque era excesivo el poder de la única televisión. Hoy la obra de Javier Maqua es valorada y reivindicada por los estudiosos, incluido su "Cadáver del tiempo". El mundo es otro. También la televisión. En el Avilés de hoy no hubiera habido tanta polémica ni tanta unanimidad. Pero es que en el Avilés de hoy, tampoco hay tanta gente como entonces para indignarse. Doce mil indignados menos que también se ha llevado el tiempo.
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