Las noticias de la historia
El nefasto 34
Las desgracias se citaron el mismo año con inundaciones, revolución y desastre económico

El agua arrastrando todas las calamidades de 1934 (infografía de Nicolás De la Madrid sobre foto de M.G. Alonso).
Los elementos de la naturaleza conspiraron en 1934 contra Avilés. El agua anegó las calles, el fuego de una revolución sembró represión, odio y revancha y al aire volaron las esperanzas y los ahorros de muchos ciudadanos. Como si se tratara de maldiciones bíblicas sin pecado conocido, la villa hubo de admitir la culpa y sufrir sus consecuencias. Todo ruina y pesares.
Abril, entonces, no faltaba a los refranes que cantan y embellecen su costumbre de jarrear. Pero olvidó la poesía y eligió el exceso para citar, con muy malas intenciones, a las nubes sobre Avilés. Era día 7 y sábado. Atardecía cuando el cielo se abrió como las fauces de un gigante.
Aquello no tiene comparación en la historia reciente de Avilés, pero ahora, en tiempos de cambio climático; de danas traicioneras, sorprende comprobar cómo, casi un siglo después, algunas calles, las mismas de entonces, siguen padeciendo inundaciones para sonrojo de autoridades y desesperación de vecinos. El agua ahogaba la Texera; en Las Meanas cubría la fábrica de harinas, La Ceres, escalando por su chimenea. Desde Gaxín, los paisanos hacían señales al llano de la Exposición como si acabaran de lanzar una botella al Pacífico. Pero nada estaba pacífico. El Tuluergo se había salido de madre. Toda la parte baja de Avilés era un lago. Los comerciantes, sumergido el pantalón, achicaban a lo tonto porque su tienda parecía un pantalán y el agua no bajaba. Sabugo rodeado. Lo mismo la plaza de abastos y sus calles circundantes. Llano Ponte un reguero. En la parte baja de Rivero, donde se fundía con La Magdalena frente a la panadería de los Chatos, el prau de Amalia o El Molinón, algunos se salvaron de milagro nadando como patos. Los patos de verdad, los conejos y las pitas, buscando el arca de Noé subieron a los desvanes de mala gana, como único medio de salvar el pescuezo. Si en todo Avilés el agua alcanzaba al menos el medio metro, en esa frontera con La Magdalena llegaba a los dos metros, saqueando los pisos más bajos de las casas.
A las ocho se esperaba lo peor, sin embargo el agua cesó, pero fue de farol, pronto volvió a diluviar como si no hubiera un mañana, cosa temida por muchos si la ría se sumaba a la fiesta con la subida de la marea. Todo en alerta roja. Ya se esperaba lo peor cuando dejó de llover.
El domingo algunos sabugueros, emulando a sus antepasados, navegaban por los confines del barrio, y mucho más lejos: Èmile Robin, el parque de El Muelle, Las Meanas o Jardín de Cantos, era lugares para amarrar chalanos.
Fue sólo un fin de semana, pero pareció el fin del mundo. A partir del martes las aguas de abril dejaron las calles, pero no llegó a ellas la tranquilidad. Seguían anegadas por un ambiente tenso, expectante, el de una política a punto de continuar por otros medios. Flotaban en el aire las chispas del conflicto en el que vivía la inflamada Segunda República. Pavesas de una llama dispuesta, en cualquier momento, a volverse hoguera. Y empezó a arder. Llegaba el fuego.
El cuarto ataque armado contra la República. En 1932 la habían atacado monárquicos y anarquistas, al año siguiente los anarquistas otra vez. Finalmente, en el famoso octubre de 1934 fueron los socialistas, capitanes de otras fuerzas obreras, los que se levantaron contra la Segunda República. El movimiento llegaba en momentos de conflictos, especialmente laborales. España fue el país europeo con mayor número de ellos entre 1931 y 1936 y, en 1933, Asturias la región más conflictiva de Europa.
La medianoche del 4 al 5 de octubre se declaraba la huelga general, seguida en las mayores concentraciones obreras de España. El ala izquierda de los socialistas la lanzó cuando el partido derechista de Gil Robles, la CEDA, entró en el gobierno con tres ministros. Fue la señal para desatar un movimiento violento en busca de un cambio de sociedad.
Pero este ataque estuvo mal planificado, peor armado y, salvo en Asturias y Cataluña, las alianzas obreras quedaron descabezadas. En Avilés hacía meses que UGT y CNT, desde marzo en Alianza Revolucionaria, llevaban con sigilo unos preparativos muy mermados cuando, pese a la coordinación del líder socialista Indalecio Prieto, fracasó el desembarco de armas del vapor "Turquesa" en San Esteban de Pravia.
La insurrección duró cinco días. En una imaginaria trinchera estaba un comité revolucionario con representación de la UGT, pero también de la CNT y el joven Partido Comunista. Lograron controlar Sabugo además de otros barrios de la periferia, sobre todo Miranda. Frente a ellos los notables de la ciudad, acantonados en un ayuntamiento defendido por unos cien hombres, entre fuerza pública y paisanos armados. Realmente armas había pocas, por eso la resistencia de los revolucionarios a la entrada de la columna del general López Ochoa fue limitada, más dura frente a los almacenes de Balsera y en Sabugo. A los insurrectos también les faltó organización; un plan para enfrentarse a una fuerza profesional. El día 9 no quedaba más que el rastro de la Comuna. Las fuerzas del batallón de infantería número 12 seguían camino hacia su verdadero objetivo: liberar Oviedo.
Las pérdidas en Avilés con los combates, la paralización del puerto y las destrucciones, no superaron los tres millones de pesetas, además de unas cuarenta bajas, entre muertos y heridos, pero la estela de destrucción y la sañuda represión posterior de las tropas africanas del general Franco, ampliaron la sima que se abría en medio de la sociedad española. Más en Asturias. Los meses siguientes fueron un escenario decorado con presos, venganza y afán de desquite.
No era la mejor situación para quedar en descubierto. Pero fue, precisamente entonces, cuando las vergüenzas de la Banca Maribona salieron a la luz, para desconcierto general. Los mejores tiempos de la sociedad "Maribona y Compañía" fueron los más cercanos a su nacimiento, cuando llegaban a espuertas capitales cubanos de una isla ya independiente. Los hermanos Rodríguez Maribona, Francisco y José, comerciantes textiles con algunos pinitos en el sector financiero de Matanzas y La Habana, decidieron volver con su dinero a hermosear Villalegre. Colocaron sus caudales en varios destinos: fábrica de curtidos, panificadora La Ceres y, por su puesto, banca. Todo había funcionado razonablemente bien hasta que los años treinta decidieron pasar al cobro la factura de los excesos de los felices veinte. Las sombras se proyectaron sobre el edificio de la calle de La Cámara.
Justo al final de la gran prosperidad especulativa posterior a la Primera Guerra Mundial. Las cosas estallaron en la crisis bursátil de Wall Street, en 1929. La globalización entonces no existía, a las crisis les costaba atravesar el Atlántico, pero esta Gran Depresión fue, poco a poco, dando brazadas para sortear el proteccionismo hispano hasta desembarcar a esta orilla del Atlántico. Cuando no se pudo más, el día 26 de noviembre, a las cancelas del edificio se asomó una nota con el siguiente texto: "Por circunstancias especiales, se suspenden las operaciones de esta casa, que se reanudarán mañana". No hubo mañana. Eso sí que fue una gran depresión en Avilés.
El negocio estaba ya en manos de la segunda generación de negociantes, Gustavo y José. Ellos vieron, desde su ventana, cómo los ahorradores de la comarca de Avilés llegaban hasta los muros de su banco presos del pánico; incrédulos, furiosos. Algunos perdieron los nervios, otros muchos los ahorros de toda la vida. Ya en diciembre, se unieron en una asociación de acreedores. Luego llegó una comisión liquidadora encargada de sacar de donde poco había, incluso alquilando La Ceres. Primero suspensión de pagos y, en 1936, por si hubiera pocas desgracias con la guerra civil, la más rotunda quiebra. Entre esos dos estados un proceso que duró dos años, minando las esperanzas de los acreedores. Se alargó hasta los duros tiempos de la posguerra, donde la fame fue doble para muchos clientes.
Respetables fortunas y un rosario de pequeños ahorradores, fiados en el éxito de cuarenta años de solvencia, perdieron una vida de trabajo enterrada en el fracaso de la banca Maribona. Una bomba sorda, pero atronadora, en las cabezas de muchos avilesinos, sin tiempo para olvidar las detonaciones caseras de las bombas, hechas en latas de pimientos, de los revolucionarios de octubre.
El año en que tres jinetes de la desgracia cabalgaron sobre las praderas, las calles y la tierra de Avilés con la firme amenaza de no dejar crecer la hierba.
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