Campana mayor
Aún existe una de las campanas del motín de 1847 (y suena)

La campana Mayor de San Francisco, ahora en Oviedo. / Infografía de Nicolás De la Madrid.
Merecía un final distinto, me han dicho varios lectores sobre el relato de las campanas. Ciertamente estaba a medio camino entre un acontecimiento histórico y un suceso periodístico, pero las cosas de la Historia son así y ésta acabó mal. Pensándolo bien era una historia sin final. O, al menos, con un final abierto. Siempre tuve la esperanza de que tuviera otro. Y lo busqué. He aquí los frutos de mis pesquisas.
Tanto celo puso el pueblo de Avilés en defender sus campanas, tanta sangre se derramó en el motín del grano que esta historia tan novelesca debía tener continuación. ¿Qué fue de las campanas? ¿Existen aún? Me dispuse a seguir su rastro, tras las huellas que Agustín Albuerne había dejado, dieciséis años atrás, pisando la nieve de los años para documentar su peripecia. El camino acababa en el monasterio de San Pelayo, en Oviedo. La casa de una comunidad de monjas benedictinas, en la capital del Principado desde el siglo X. ¿Qué había sucedido?
Las dos campanas de Avilés, la Mayor y la de San Antonio de Padua, salieron en 1847 para no volver jamás. Se fueron con las Clarisas. Pero ese siglo XIX tan pródigo en novedades y desgracias, no le deparó mejor suerte a las monjas que a las campanas.
En 1868, año de revoluciones y sobresaltos, la comunidad fue suprimida, expulsada de su asediado caserón de Oviedo. No tenían techo ni lugar adonde dirigirse hasta que encontraron asilo entre las clarisas de Villaviciosa. La casa de la villa maliaya era mucho más modesta que el edificio ovetense. Con tanta familia, el traslado de las monjas hubo de hacerse ligero de equipaje. Como hijas de la mar se fueron las de Oviedo a vivir con sus hermanas de la Villa. Muchos de sus enseres se quedaron en la capital, recogidos en el monasterio de San Pelayo. Las campanas también. No había lugar, ni recursos ni energía para emprender un segundo viaje. La Campana Mayor fue vendida a la Comunidad de San Pelayo y, desde entonces, allí permanece, fiel a la Regla de San Benito, tras los muros ovetenses.
Esta campana siempre ha sido una pieza de acción, no la adquirieron las pelayas para que estuviera ociosa. Subió a su torre y, desde allí, siguió bramando con su voz tonante y viajera, para llamar a todos cuando fue necesario. Sin faltar día hasta 1992. Ciento setenta y tres años desde que fuera fundida para el convento de San Francisco de Avilés. Casi dos siglos de viajes y trabajos merecieron jubilación cuando las pelayas renovaron su campanario con nuevas piezas.
Desde entonces la campana permanece en el jardín del convento. En una espadaña a la medida que hermosea el lugar donde aún es tañida en ocasiones especiales para que la voz de su experiencia vuelva a envolver el aire ovetense. Quise conocer tan venerable instrumento y, antes de redactar los artículos sobre los motines, me encaminé a San Pelayo, con la inestimable ayuda de mi amiga Otilia Requejo, que concertó una cita con la madre abadesa, doña Rosario del Camino.
Aquel encuentro fue más fértil de lo que yo imaginaba, por la cortesía de la madre abadesa que nos mostró su casa, recorriendo estancias, claustros, coros y jardines hasta llegar al que contenía la campana, aún de presencia emocionante: un metro de altura, 80 centímetros de diámetro y unos 300 kilos de peso. Un tesoro dentro de un tesoro.
Faltaba comprobar que era la Mayor de San Francisco. Como si estuvieran escritas en braille, buscamos las inscripciones de la historia palpando el tercio superior de la campana donde, en un friso que abraza toda la pieza, apareció la solución como si fuera la tapadera de un resorte secreto en un juego holmesiano: "JHS María y José –hízose siendo guardián el rvdo. P. F. Domingo Gayol Villa-Mil 1819". En efecto, las dos claves principales estaban allí: el año de fundición de la campana y la alusión a Fray Domingo Gayol Villamil, el fraile que pidió a los fieles avilesinos ayuda para fundir tan destacado instrumento.
Ahí está, con su altanería poco disimulada aflorando a su verde piel. Verde como el trigo verde, que dirían León, Quiroga y Valverde, valga la redundancia. En su presencia uno entiende la finalidad de la Historia, ésa de servir para que las comunidades se reconozcan, también en objetos venerables como éste. El pasado explica el presente y prepara el futuro.
La campana, después de tantos años de servicio se ha convertido en un miembro más de esta comunidad de monjas benedictinas. Desde su atalaya ha visto pasar a tropas carlistas, isabelinas, republicanas y alfonsinas; revolucionarias y franquistas. Procesiones, navidades, conciertos, hogueras, duelos y festejos. Nevadas y chubascos, mil soles y mil calamidades desde allí arriba; siempre al tajo. Recuerdos añadidos a la memoria de sus veintiocho años de servicio en Avilés. Villa que dejó siendo novicia, aunque hoy sea, aún desde la lejanía, la campana más antigua de Avilés. De su compañera de San Antonio, que inició con ella el camino del exilio en 1847, nada sabemos, de momento…
Las monjas de San Pelayo se distinguen por su escucha silenciosa. Y así permanece la campana, con el borde mellado por los siglos. Después de dos motines y doscientos cuatro años de carrera, su tiempo es ahora tiempo de silencio.
Desde la Edad Media, Avilés y Oviedo estuvieron ligadas. Puerto de San Salvador y capital; factoría y mercado. Ahora una parte de esa historia reposa tras los muros de San Pelayo, custodia y cuidado. La campana de Avilés, perdida y hallada en Oviedo. Aquí se la dejo, para que sirva como postal y deseo:
Feliz Navidad.
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