La llegada del AVE a Avilés, por Juan Carlos de la Madrid
El historiador relata el frío recibimiento de la Alta Velocidad a la ciudad

El tren de alta velocidad, con el Niemeyer al fondo, el pasado lunes, día 22
"El día en que la barrena haya traspasado todo Pajares" –decía La Revista de Asturias en 1882—, "Gijón, Avilés, Luanco, Candás, La Isla, Luarca, Ribadesella o Tazones no tendrán nada que envidiar a las mejores playas francesas". Tan buenos augurios eran producto de la esperanza y también de la mucha espera en la estación ferroviaria de la paciencia. El primer salto de Pajares se demoró casi un cuarto de siglo (1861-1884), después de peripecias mil. Todo distinto y todo igual. Veinte años y muchos ministros han pasado desde que, el diez de febrero de 2004, se colocara la primera dovela de la variante de Pajares. Obra colosal de larga gestación que prometía, para 2010, llegar desde Gijón a Madrid en dos horas y media. Inalcanzable quimera, pero la barrena ha pasado al fin y esos modernos coches ya corren por túneles gigantes que le han hecho "la australiana" a Pajares, agachándose a su paso y, esto sí que pocos lo esperaban, abriéndose camino hasta Avilés.
Los que hemos tenido salud para verlo, estamos celebrando como un acontecimiento grandioso la llegada de los trenes modernos. Larga vida al tren. Si en el siglo XIX el progreso se medía en metros de vías, el mundo ha dado las vueltas necesarias para que, en el siglo XXI, cuando el tren parecía una reliquia de los tiempos del vapor, se vuelva al principio utilizando el mismo patrón para medir el progreso. A mayor velocidad férrea mayor progreso. He aquí la principal ventaja del AVE.
Sobre el asunto de la velocidad se ha hablado mucho. Yo mismo fui hasta Madrid al reclamo de los tiempos modernos y de la velocidad, con la mayor ilusión y las mayores expectativas. Me retrepé en el sillón del AVE pensando en que, nada más salir de Oviedo, como muy tarde en Soto de Rey, tendría que agarrarme el sombrero y poner cinchas a mis cervicales atacadas súbitamente por la fuerza G. Para todo iba preparado sin necesidad. Me quedó claro que Asturias no es país para la Alta Velocidad. La orografía y las muchas paradas no lo hacen posible. Esas AVEs sólo serán aves de paso, valga la redundancia. La velocidad media hasta León anda por los 100 kilómetros por hora, sensible aumento, pero, como se pueden imaginar, hay tramos verdaderamente lentos. Llegar a la Meseta es otro cantar y, sobre todo, otro correr. Si el viaje hasta Madrid fuera una carga de caballería, en Asturias iría al paso, en León al trote, en Palencia al galope y, a partir de Valladolid, a la carga. Con esa cadencia es suficiente para arribar cómodo y puntual a Madrid, si no hay novedad.
Que esa línea y esas posibilidades hayan llegado hasta Avilés, que el tren directo a Madrid haya vuelto, es un acontecimiento de la mayor importancia. Cómo dudarlo. Sin embargo, quienes vieran las fotografías del recibimiento avilesino al moderno convoy podrían pensar lo contrario. Nunca la llegada de un nuevo tren recibió una bienvenida tan fría. Con él viajaba el buen tiempo en este verano traidor, pero el andén, emocionalmente hablando, estaba criogenizado.
Esto, que sería muy extraño en cualquier sitio, en Avilés lo es muchísimo más. No voy a contar, otra vez, lo que supuso el largo proceso de la llegada del ferrocarril a Avilés, también en julio, pero de 1890. Fue en un día desapacible, pero lleno de emociones que se desbordaron a favor y en contra.
No en vano esa llegada del tren y, sobre todo, la construcción de la estación, fueron la lucha de dos caciques, dos marqueses, con el de Teverga como vencedor. Los garrotes de la noche de San Juan de 1889 pasaron factura en forma de silbidos y pedradas al caballo de hierro de los vencedores. Pero los vítores, arcos de triunfo y la cuchipanda final en el Teatro-circo Somines pudieron con todo. Y una legión de plumillas, traídos por el marqués de Teverga desde Madrid, para contarlo. Mucha energía y mucha fiesta, aquel día seis.
Aunque las fechas y los acontecimientos no sean comparables, el de ahora no deja de tener su relevancia y su enorme distancia. Mudo, sin brillo; vacío. Sin preparativos, sin turíferos a sueldo ni romeros vocacionales. Tal vez no ayudó que el día veintidós fuese lunes. Día soso para festejar. Pero ayudó menos aún que los primeros espadas de la política estuvieran ausentes. Las bien representadas autoridades regionales y las locales dejaron la faena y el sitio en la foto a sus monosabios, que posaron fríamente, con profesional desdén. Sin confeti ni gallardetes ni nada.
Cierto es que hubo matasellos y hasta sobre conmemorativo, pero que todo eso no justificara poner un paréntesis a las vacaciones de la primera edil avilesina, da idea de la relevancia que se le dio al evento. No mereció ni tan siquiera que una desbrozadora pasase por las vías en desuso. El flamante ferrocarril hizo su entrada festoneado por añosos hierbajos. Más que una playa de vías, aquello parecía un prao. Quien eligió montaña en vez de mar no le hizo ningún favor al aspecto de la estación.
Pero el tren llegó, que era lo importante, aunque fuese un Alvia, aunque de momento sea una línea demediada. Sus frecuencias, pensando en Madrid, son sólo para venir, lo que es una gran noticia ya que necesitamos que venga gente, pero sería perfecto si pudieran ser para ir y volver. Incluso para que empresarios y hombres de negocios pudieran hacerlo en el día. En este momento para hacer eso, subiendo y bajando en Avilés, es necesario pasar dos noches en Madrid.
Tiempo al tiempo. Es un principio. Nunca son fáciles. A veces hasta da mal fario que sean buenos. No conviene pasarse de frenada, sobre todo hablando de trenes. Pero este inicio, si hemos de medirlo por lo sucedido el pasado lunes, fue gélido. Como de AVEs hablamos, la puesta en escena más que al ave del paraíso, de vistoso plumaje, recordó al avefría, esa limícola de tamaño mediano y pico corto. Y a ella, a la "Vanellus vanellus", no la quiero ni mentar. Siempre anuncia el invierno.
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