Una pleamar de colores embellece el prólogo del día de San Agustín: la crónica de la Noche de los Fuegos en Avilés
Miles de personas disfrutaron anoche en la ría de algo que pasa pocas veces: la coincidencia del espectáculo pirotécnico de las fiestas patronales con el punto más alto de la marea

LNE
El de ayer fue uno de los tres días del año que los avilesinos esperan con ansia que llegue la medianoche. Esto ocurre el 31 de diciembre, para comer las uvas; el 23 de junio, para prender la hoguera de San Juan; y el 27 de agosto, para ver el espectáculo pirotécnico que anuncia la entrada en el día del patrono San Agustín, al que Avilés venera y cuya festividad religiosa se celebra hoy, si bien hace ya días que la ciudad trasnocha de verbena en verbena y las calles están tomadas por un gentío.
Para rematar la faena festiva falta quemar la traca final, la del día grande del patrono, y los fuegos artificiales son la mecha que encienden esa pólvora. La sesión pirotécnica de anoche lo tuvo todo a favor: la meteorología propició una noche apacible, con temperatura benigna, sin la menor amenaza de lluvia y con un cielo despejado que sirvió de lienzo perfecto para que la empresa Pirotecnia Pablo, de Cangas del Narcea, luciese su creatividad pirotécnica, que fue mucha.
La singularidad del lugar donde se tiran los fuegos artificiales –la ría de Avilés– aportó otro extra al espectáculo de luz y color. Y es que anoche se dio la coincidencia de que a la misma hora que se iluminaba el cielo avilesino con toda suerte de caprichos pirotécnicos se producía la primera pleamar del día de San Agustín. Fue exactamente a la cero horas y nueve minutos, cuando el espectáculo iba por la mitad de su duración y unas gigantescas palmeras abrían sus centelleantes hojas sobre las cabezas de los admirados espectadores.
La pleamar de anoche tuvo una altura de 80 centímetros, lo cual está lejos de los 2,30 metros de carrera máxima que se tiene registrada en la ría. Incluso 80 centímetros es una nadería en estos días agosteños en los que se producen las llamadas mareas de San Agustín, de las más vivas del año y que el pasado día 21 dejaron una pleamar de 2,20 metros. Pero son lo suficiente como para que la lámina de agua de la ría avilesina se eleve y haga las veces de espejo sobre el que los fuegos artificiales aéreos se reflejan haciendo un singular efecto y los artefactos acuáticos que forman parte del espectáculo estallen a una altura idónea para la observación desde el borde del estuario. A no pocas personas les llamó la atención cómo lucieron este año las llamadas "bombas de agua". Y esa era la razón: la pleamar había llenado de agua la ría como nunca antes.
En paralelo a la pleamar marítima, otra marea alcanzó anoche su cénit: la formada por las miles de personas que desde una hora antes del espectáculo se desplazaron a las márgenes de la ría y zonas aledañas para pillar una zona privilegiada de observación. El operativo de seguridad desplegado en previsión de la presencia de una multitud de personas demostró su eficacia; al cierre al menos de la edición del periódico no había constancia de incidentes.
El abrupto y anticipado final generó extrañeza entre los espectadores
En los prolegómenos del lanzamiento de los fuegos, algunos de los asistentes explicaban las razones de su presencia en la ría. "Venimos todos los años los amigos de toda la vida", comentó Adrián Suárez. "Me encantan desde que era una cría", justificó Raquel García apelando a sus recuerdos infantiles. Para Marisa Menéndez, ver los fuegos "es una tradición" que, según dijo, comparte con su marido. E Iván González se sinceró: "Vengo obligado, a mí no me gustan; pero sí me gustan las cervezas de después".
Ya después de visto el espectáculo, carrusel de opiniones: "Vinimos al concierto [de Kiko Veneno] y muy bien; pero los fuegos... lo de siempre", sentenciaron Juan Díaz y Olaya Martínez. A criterio de Carlos Fernández, "fueron muy flojos, esperaba más luces y más estruendo". Una idea en la que incidió también David Fernández: "La traca final fue muy floja".
«Fueron flojos, esperaba más luces y más estruendo»
Ciertamente, la coreografía pirotécnica no dejó indiferente a nadie y durante su desarrollo de sucedieron las reacciones. La primera de todas, el interrogante surgido por la presencia de un helicóptero que sobrevoló la ría en círculos durante pocos minutos antes de la medianoche y que mucha gente se preguntó si sería parte del "show".
Los artefactos que explotaron sobre el agua de la ría generaron los primeros "¡oh!" de admiración. y ente el público menudo abundaron las exclamaciones tipo "ése, ése ha sido mi ‘prefe’" para establecer con criterio infantil el ranking clasificatorio de los cohetes. Otro clásico como son las palmeras tampoco defraudó al respetable, que se devanaba la cabeza buscando identificar la prometida "bandera de Avilés" y la silueta del Niemeyer.
A media tirada del castillo de fuegos artificiales, los ojos más sagaces divisaron cómo en la margen derecha de la ría un camión de bomberos se puso en marcha para apagar un conato de incendio en la zona de lanzamiento. En menos de un minuto la alarma se extinguió.
Como se extinguió en medio de la noche la magia de los fuego de San Agustín, concretamente a los 14 minutos de haberse lanzado el primer "volador". Un colorido muro de fuego se levantó del lado de la ría donde está Valliniello y durante apenas 30 segundos sonó lo que parecía el inició de una gran descarga de pólvora que se quedó en eso, en prólogo. Porque súbitamente se hizo el silencio, se encendieron las farolas y el público dio por sentado que todo había acabado. Tres minutos antes de lo anunciado y sin la tronada final de otros años que hacía temblar los cristales y activaba las alarmas de los coches.
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