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Colita, cuando cada retrato es un "corto romance": una muestra en el Niemeyer

La antológica que el Niemeyer dedica a la fotógrafa catalana más influyente del siglo XX refleja su mirada vital y apasionada

Ana María Matute en 1972

Ana María Matute en 1972 / Colita

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l alicia vallina

Isabel Steva Hernández nunca fue una mujer convencional. Así lo demuestran sus fotografías y la relación que mantuvo con el arte a lo largo de una trayectoria de más de 40 años dedicada a recoger con su cámara todo lo que sucedía a su alrededor. Colita, apodo cariñoso por el que era conocida desde niña porque siempre solía peinarse con una coleta, fue una de las más importantes referentes de la cultura visual española del siglo XX. Por esta razón, el Centro Niemeyer de Avilés acoge una exposición retrospectiva de todo su trabajo que podrá verse hasta el 11 de enero del próximo año bajo el título Colita, arte y parte, comisariada por el director y heredero del Archivo Colita Fotografía, Francesc Polop.

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Carmen Montoya en el rodaje de «Los Tarantos» en 1963. / Colita

La muestra se estructura atendiendo a las seis manifestaciones artísticas que más influyeron en su trabajo: el flamenco, la literatura, el cine, la música, el arte y el activismo vinculado a las actuales políticas LGTBIQ+. Así, la fotógrafa barcelonesa estuvo muy vinculada al mundo del flamenco gracias a la amistad que mantuvo con Carmen Amaya que se remonta a 1962, año en la que es contratada para realizar las fotografías de la producción de la película "Los Tarantos", protagonizada por la bailaora junto a Sara Lezana y Antonio Gades. Fue entonces cuando la catalana se enamoró del arte flamenco gracias a la abrumadora presencia de Carmen, a quien luego retrataría en muchos otros momentos de su vida. Para Colita, la bailaora era alguien inspirador, un animal salvaje con una tremenda fuerza mística.

Por su parte, el cineasta ovetense Gonzalo Suárez, que el próximo mes de febrero recibirá en Barcelona el Goya de Honor por su excelsa trayectoria, trabajó también junto a Colita en varios rodajes que buscaban desarrollar un cine más innovador. Documentó varias de sus películas como "Ditirambo" (1969), "Morbo" (1972) interpretada por Víctor Manuel y quien más tarde se convertiría en su esposa, Ana Belén, o "Al diablo con amor" (1973), rodada íntegramente en Asturias y también con la pareja como actores del film. A Suárez le retrató en una divertida instantánea que se recoge en la exposición en la que mostraba al cineasta mirando fijamente un bugre que sostenía en su mano derecha.

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Joan Miró en el Colegio de Arquitectos de Cataluña en 1969. / Colita

Del mismo modo, Colita mantuvo también una relación de sincera amistad con la escritora barcelonesa Ana María Matute, de la que el pasado 26 de julio se cumplió el centenario de su nacimiento. "Me saca siempre tal cual soy, nunca estereotipada", afirmaba la literata que llegó a considerarla como su fotógrafa personal. Además, retrató a García Márquez con su obra culmen, "Cien años de soledad", abierta sobre la cabeza, en una sesión divertida y espontánea cuya imagen también se recoge en la exposición avilesina. "Era un hombre encantador, con mucho sentido del humor… se hacía y hacía reír. Con él se estaba muy a gusto haciendo fotos y se prestaba a todo", dijo sobre el nobel.

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También se dejó impresionar por la música a través de la mano de Joan Manuel Serrat y entabló relación con Joan Miró y José Pérez Ocaña, figura icónica en la escena queer catalana durante la transición, que le abrió el camino para mostrar el valor de un movimiento social que luchaba por alcanzar una mayor visibilidad. De Ocaña diría Colita que "traía un viento nuevo que lo renovaba todo” y por eso, en 2020, donó varias de las fotografías que le tomó al pueblo natal del artista, Cantillana, donde hoy se exhiben junto a su legado.

Colita mantuvo siempre un estrecho compromiso con la realidad social de su tiempo y con sus protagonistas, apoyándose en la honestidad y en la observación directa de lo que le rodeaba. Miraba con respeto para introducirse en la escena desde dentro, pues siempre entendió que la fotografía era un oficio que debía ser constitutivo de memoria. Todo consistía en saber comprender a quien fotografiaba. No buscaba ni construía grandes escenografías, sino que se basaba en la sencillez de lo cotidiano y en lograr encontrar una máxima complicidad con la persona a la que retrataba.

Lo que parece claro es que la fotógrafa catalana entabló, en muchos casos, estrechas relaciones de amistad con los personajes a los que retrató. Su mirada comprometida y tremendamente humana dignificó la realidad social a través de la imagen. Siempre en libertad, con una enorme fuerza vital y una gran espontaneidad, sus fotografías forman parte de la cultura visual española. "Cuando te gusta alguien y lo retratas es como un corto romance, es poseerlo un poco", afirmaba confiriéndole también a su trabajo una importante dosis de afecto.

Para Colita la fotografía fue un oficio que vivió con pasión y al que se entregó con total autonomía creativa para que hoy, más de año y medio después de su muerte, todos podamos comprender la honestidad de su arte.

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