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La xatina del Ferrero se queda en casa: así fue la original iniciativa de los vecinos de Gozón para sortear la prohibición de ferias de ganado en Asturias

La suspensión de la subasta tradicional para controlar la dermatosis nodular de las vacas no impidió la puja con un peluche, que se llevaron los hermanos Mateo y Martín Valdés permitió recaudar 450 euros para reparar la capilla

VÍDEO: Así fue la rifa de la "xata de peluche"

Mara Villamuza

Armanda Granda

Ferero (Gozón)

"¡Veinticinco! ¡Esi hombre habló alto y claro! Veinticinco a la una, veinticinco a les dos... ¡Llévaselo Pepe Armanda por veinticinco, claro que sí!". A la voz de Ángel Ramón Arenas, propietario de la ganadería Casa Bocal, se adjudicó ayer por veinticinco euros el último fajo de números en la puja por la xata de El Ferrero. Una tradición de arraigo ganadero que comenzó en 1988 y que los vecinos de Gozón se esfuerzan por mantener, sean cuales sean las dificultades.

No fue roxa, ni frisona, aunque pinta sí. El protagonismo de la subasta ganadera de este año en El Ferrero se lo llevó una res de no más de treinta centímetros y de peluche, con la que se recaudó un total de 450 euros para reformar la capilla y que, además, se quedó en casa, en manos de Martín y Mateo Valdés, vecinos de El Ferrero y los más pequeños de Casa Casón.

Sobre estas líneas, ambiente de romería y los niños Martín y Mateo Valdés con la «xatína» de peluche.  | MARA VILLAMUZA

Sobre estas líneas, ambiente de romería y los niños Martín y Mateo Valdés con la «xatína» de peluche. | MARA VILLAMUZA

El humor en favor de "un acto simbólico" fue la respuesta por la que se decantaron los vecinos de la localidad gozoniega cuando supieron que la respuesta de la Consejería de Medio Rural sería negativa ante su propuesta anual de celebración. En este caso las razones, eran "esperadas": la protección del ganado vacuno ante la dermatosis nodular contagiosa. "Es una pena. Si no hay subasta, no hay oportunidad de que venga gente de ganaderías de fuera", explicó Tania Caballero, vicepresidenta de la asociación de vecinos. A su lado, apuntó Arenas, la voz que dirige la puja desde hace doce años: "Compradores cada día hay menos, porque ganaderías hay menos. El arraigo se mantiene, pero la fiesta tiene los días contados porque la ganadería también los tiene". En opinión del ganadero, el sector desaparece. La razón: "La gente busca otra forma de vida".

El de Casa Bocal llegó justo de tiempo, a las 13.00 horas, unos minutos antes del inicio de la misa que precedía a la rifa de la xata. Esa misma mañana se ponía de parto una de sus vacas. "No pasa nada porque no va a haber procesión, y no ye porque no lo quiera el cura, ye que no hay gente".

Arenas respondió a su vecino Armando Suárez con gracia y con franqueza. Suárez tiene ochenta y siete años y es de Verdicio, pero no se ha perdido nunca un año, "si no me falla la memoria". Él, como Mª Flor Álvarez y Benjamín Artime, sienten que "el ambiente antes era distinto", sobre todo por la cantidad de población: "Esto ahora está vacío, murió mucha gente, los que están son de fuera". Algo que, dicen, se hace notar en que "se llenaban los praos de gente bailando cuando sonaba la gaita. Ahora ya no sabemos bailar".

"Vivir la aldea"

No obstante, escanciar sí. Juanjo Mínguez llegó a El Ferrero hace dos años y "no quiero moverme nunca más de aquí". Mínguez se dedica al turismo, pero teletrabaja. Sin haber estado nunca en Asturias, su jefe, irlandés, encontró una casa en la que quería retirarse. Es la que está justo al lado de la capilla y "la que al final, en cuanto la vi, me la quedé yo". Cuenta Mínguez que "llega un momento en la vida que tienes que decidir qué tipo de vida quieres vivir. Yo quiero este". La filosofía de vida que contempla Daniel Prado sigue la misma línea. Él es "de fuera", pero de la parroquia. Viene de Gijón y se dedica a la industria, no obstante, "siempre me crié en una aldea y mi padre era ganadero", así que sigue haciéndolo porque siente que "las tradiciones mantienen vivas a los pueblos". Un "concepto" al que da toda la importancia. Con él, estaba Pepe Otero, que vivió seis años en Luanco, pero "no me pude resistir a volver". Otero cree que "somos la resistencia". Su hija Carla tiene 16 años y, con ella, son solo dos las adolescentes que viven en la zona. "No creo que las nuevas generaciones mantengan todo esto. Lleva mucha implicación y mucha inversión", dice. En lo tocante a la ganadería, declara: "Eso ya es inviable".

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