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Avilés llora a Manuel Monteserín, padre de la Alcaldesa y "maestro de celadores": "La suya fue una vida de luchar y nunca rendirse"

Nacido en Boal hace 97 años, llegó a Avilés como encofrador, regentó una carpintería y formó parte de la primera plantilla del San Agustín tras sacarse unas oposiciones

Manuel Monteserín, junto a su hija Mariví, en la senda del río Magdalena hace una década. | RICARDO SOLÍS

Manuel Monteserín, junto a su hija Mariví, en la senda del río Magdalena hace una década. | RICARDO SOLÍS

Avilés

"La suya fue una vida de luchar y nunca rendirse. Y así fue hasta el final". La familia socialista avilesina está de luto por el fallecimiento de Manuel Monteserín Díaz, padre de la alcaldesa, Mariví Monteserín. Nacido en Boal hace 97 años, Monteserín Díaz fue encofrador, ebanista y celador en la primera promoción de trabajadores del Hospital San Agustín. "Era un hombre muy querido por todos; y todo un maestro para los celadores", recordaban ayer los excompañeros del difunto, que hoy será despedido en la sala multiconfesional del tanatorio de Avilés (16.00 horas), antes de recibir cristiana sepultura en el cementerio de La Carriona.

La historia de Manuel Monteserín Díaz podría ser la de cualquiera de los miles de españoles que llegaron a Avilés a mediados del siglo pasado en busca de una vida más próspera al albor de la industria. Eso sí, probablemente la suya con más vericuetos. Apreciado encofrador, de joven, aún soltero, sufrió una grave caída desde una altura de siete metros cuando trabaja en la presa de Doiras que le dejó durante meses postrado en una cama en Oviedo. Durante aquella convalecencia, que le tuvo medio cuerpo escayolado, logró mantener la comunicación con la que después sería su mujer, María Rodríguez Arias, dedicándose canciones por la radio.

Después de aquello, la pareja contrajo matrimonio y tuvo a su primera hija, Mariví. Fue al poco de estrenar la paternidad cuando se trasladaron a Avilés, al barrio de Llaranes, aún sin la primogénita, que se quedó en Boal con la familia. En el barrio ligado a Ensidesa nacieron sus otros dos hijos: Ángeles y José Manuel.

En Avilés, Manuel Monteserín trabajó de encofrador. Fue uno de los que levantó el depósito de La Luz e incluso montó un negocio, una carpintería. La mala suerte se cebó en aquella época con Manuel Monteserín, que ya había perdido los dedos de una mano en un accidente laboral, y tuvo que ver cómo su negocio se convertía en cenizas en un fatal incendio.

Lejos de arredrarse por la situación, tiró de la fortaleza que le caracterizó durante toda su vida y decidió presentarse a las oposiciones a celador de la Seguridad Social. Con ayuda de su hija Mariví se sacó el Graduado Escolar en menos de un año y obtuvo la plaza. "Aún recuerdo cuando fui a mirar la nota en el antiguo ambulatorio. Cuando vi el nombre de mi padre...", rememoraba ayer, aún con el brillo de la emoción en sus ojos, la Alcaldesa.

Su primer destino fue Cabueñes, pero enseguida logró el traslado a un todavía por estrenar Hospital San Agustín. "Era una persona muy querida por todo el mundo en el hospital. Y era, además, el celador vivo más veterano. Le hacía mucha ilusión participar en la celebración de los 50 años del hospital", recordaban sus compañeros.

Además de todos los golpes ya citados, Manuel Monteserín tuvo que pasar también el trago del fallecimiento de su hijo José Manuel en un fatal accidente y, luego, de su mujer, María Rodríguez. Pese a todo, nunca perdió la sonrisa ni la vitalidad. De ella hizo gala, sin ir más lejos, el pasado domingo, cuando disfrutó del vermú con su familia –"le daba la vida"–. A sus 97 años gozaba de una razonable calidad de vida, hasta que esta semana sufrió una caída que deterioró con celeridad su estado de salud, hasta su fallecimiento, en la madrugada del jueves. "Me quedo con el recuerdo de que vivió muy bien, que estuvo bien cuidado y que fue un gran padre", concluyó Mariví Monteserín.

Despedida a Monteserín, por María Jesús Rossell

Monteserín fue celador en el Hospital San Agustín desde la década de los ochenta. Es recordado por sus compañeros con aprecio, tanto entre los celadores como entre el resto del personal.

Trabajó en el retén de celadores, en Rayos y, finalmente, en Urgencias, donde se jubiló. Su principal característica era el buen hacer en el trabajo y lo buen compañero que era. Le gustaban las cosas bien hechas, y en aquella época, en la que no existía la formación del personal, se encargaba junto con algún otro compañero de enseñar a los nuevos que se incorporaban, porque como él decía: «Enseñando a los nuevos hacemos solo las cosas una vez».

Era conocido en el hospital con el sobrenombre del «carpintero» por su trayectoria anterior a su incorporación a la sanidad. Es recordado con afecto, y podemos decir que era el último celador de los comienzos del hospital. Lo echaremos de menos en la celebración del 50º aniversario.

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