Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Los Magos desembarcan en la ría de Avilés entre el nerviosismo propio y el de los guajes

Los monarcas, sorprendidos por la multitud, estrechan la mano, se cargan de cartas rezagadas antes del comienzo de la gran cabalgata

Melchor saluda a un niño en el paseo de la ría

Melchor saluda a un niño en el paseo de la ría / S.F.

Saúl Fernández

Saúl Fernández

Avilés

Celia Cordero, tímida, declara al periodista: “He pedido algo que sea sorpresa”. Su hermano Lucas lo tiene más claro: una pista de Hot Wheels. “¿Hot Wheels?” Coches, aclara la madre. Los dos hermanos están apoyados en la valla del paseo de la ría, esperan que “La Rechalda”, la lancha de la Autoridad Portuaria de Avilés, atraque en los pantalanes para que a Sus Majestades los Magos de Oriente puedan desembarcar.

“Se ve la luz… esa luz es la de su barco”, aclara el padre de los dos guajes. Son avilesinos y, como todos los que se amontonan detrás de las vallas que cruzan por todo lo ancho el paseo de Manuel Ponga -ese es su nombre oficial-, se han portado “bien” o hasta “muy bien”. Y pese a eso, pese a ese calificativo sobre sus pequeñitos hombros, están “nerviosos”.

No son los únicos. También los monarcas que, de pie, cruzan una ría calmada y saludan como reyes a los que se asoman por la barandilla. Un saludo al que dan velocidad cuando ese público es más del que imaginan. Desde Oriente, entrando en un estuario tan norteño, todo es una sorpresa.

Y llegan los fotógrafos que se lanzan por los pantalanes en cuanto ponen un pie en el muelle. Una hora antes de lo que estaba previsto, no fuera a ser que se pusiera a llover. Todo esto lo ve, apoyada en la valla, la niña Sira Peláez. Mira en contrapicado al periodista preguntón con la timidez que dan los seis años que lleva por el mundo. “Es de Avilés, aunque vive en Salinas”, aclara la abuela, que la protege de los que se quieren hacer un hueco en primera fila habiendo llegado tarde al desembarco.

Los tres monarcas salen de los pantalanes y recorren el pasillo central al ritmo que marcan los villancicos que interpretan los componentes de la banda de gaitas “Esbardu”. Este año no hubo animador, porque los niños no necesitan animación (vienen con ella puesta): “¡Melchor, Melchor!” Y luego: “¡Baltasar, Baltasar!”. Gaspar se llevó las cartas de los más rezagados. Daba igual. Llegan a tiempo: esta noche todos a dormir rapidito. Adrián Fernández también, que se lleva para casa un estrechamiento de manos de parte de Melchor, antes de subirse al coche que le conducía a su carroza y a los caramelos.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents