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Iván Morales, director de "El día del watusi" que programa el Niemeyer: "La máxima traición que le podría haber hecho a Casavella es una obra aburrida"

"En el fondo, el Fernando Atienza del 'Día del Watusi' es casi un “Carpanta” que nunca acaba comiéndose el bocadillo", dice el dramaturgo

Ivan Morales

Ivan Morales

Saúl Fernández

Saúl Fernández

Avilés

Iván Morales (Barcelona, 1979) es el autor de la dramaturgia de “El día del watusi”, un espectáculo, de casi cuatro horas, que está basado en la conocida trilogía de Francisco Casavella y que programa este viernes (18.00 horas) el Centro Niemeyer, en Avilés. Morales, que también dirige el montaje, atiende a LA NUEVA ESPAÑA por teléfono.

¿Dónde estaba cuando vio que las tres novelas de Casavella alojaban un obra de teatro?

Estaba hambriento, supongo, de material. Un material que pudiera articular un relato de los últimos años del siglo XX en Barcelona y, por extensión, en el Estado español, y que fuera un relato diferente al que estaba acostumbrado a escuchar, al hegemónico.

Claro, pero estamos de tres novelones.

Al final, cuando adaptas una novela al teatro o al cine o a lo que sea, lo primero que estás adaptando es tu sensación, la sensación que te genera esa pieza literaria en ti. Entonces a mí, claro, es que me genera la sensación brutal que me parecía muy inspiradora, que me parecía que podía explotar de muchas maneras, ¿no? Estabilizar en el público. Al final adaptas eso, ¿sabes? porque si intentas adaptar toda la peripecia y tal, vas listo.

En todo caso le han salido cuatro horas de función.

Sí, pero tú piensas que en la novela, si la lees en voz falta, son cuarenta y cinco horas. Entonces he tenido que quitarle cuarenta y uno horas.

Casavella se centra en una historia que podríamos decir que es posterior a “Últimas Tardes con Teresa” y anterior a la Barcelona Olímpica. ¿Ese período dejó huella en la Barcelona actual?

Dejó rastro, aunque a lo mejor no es el rastro evidente o, sobre todo, no es el rastro que se ha querido explicar en la mayoría de nuestros relatos colectivos. Pero sí que creo que es esencial entender de dónde venimos -esa Barcelona de la que venimos y ese Estado español del que venimos- para entender esta Barcelona del presente y, aún más importante, para decidir a dónde nos queremos dirigir.

¿Qué era lo que más te llamaba la atención de esta historia?

Lo primero es esa sensación que me generó y la necesidad, o sea, la ambición de Casavella. Este tío ha querido hacer una gran novela, un gran “román” hablando de las calles, de la gente, de las músicas, que forman parte de mi propia vida también. Y esa mezcla de ambición universal y de enfoque en lo local a mí me cautivó. Y luego, trabajando, trabajando, trabajando, trabajando en la adaptación, trabajando también en los ensayos, trabajando en el montaje y viendo la función, cada vez más, lo que íbamos encontrando era el viaje de un desclasado. La picaresca a la que, como género, se acoge Francisco Casavella sirve para explicar esto, ¿no? Un tipo que sí que es un pícaro, pero porque no tiene conciencia de a qué clase pertenece.

Una especie de “Pijoaparte" también, de Marsé. ¿no?

Sí, pero mucho más ridículo. No sé hasta qué punto el “Pijoaparte” está tan cerca de un Lazarillo de Tormes. En el fondo, el Fernando Atienza de Casavella es casi un “Carpanta” que nunca acaba comiéndose el bocadillo. Entonces hay algo muy ridículo que proviene de esto, de ser un desclasado que no sabe leer a qué clase social pertenece y de qué manera está atravesado por eso, ¿no? De la misma manera que tampoco sabe leer su dolor, su orfandad familiar, ni la herencia de la pobreza de la que viene. No sabe leer eso, pero sí que compra el relato, el discurso, la promesa del ascensor social y de la nueva España que la Transición defiende.

¿Cómo fue la producción?

Sí, la producción de este montaje ha sido muy a contracorriente. No teníamos los aliados que acabamos teniendo en un principio. Es un espectáculo que yo tenía una visión con mucha fe, muy esperanzada de que esto podía funcionar, pero no teníamos las complicidades necesarias. Entonces en un principio empezamos a ensayar cuando ni siquiera tenía el primer acto acabado con algunos actores. Y lo empezamos a hacer a por amor al arte, por convicción.Y a partir de ahí escribo la primera parte, la estrenamos, la de “Los Juegos Feroces” en el Paral·lel 62 como dos días, como un espectáculo, como un “working progress”. Y a partir de ahí yo acabo de escribir la segunda y la tercera, la estrenamos en el Lliure de Gracia.

Eso fue en el 24, ¿no?

Sí, sí. Tiene mucho éxito y tal, y cuando ya nos decidimos hacer una gira y tal, pues también tenemos que cambiar de reparto porque muchos los actores que tienen otros compromisos. Cambio a otros personajes que siguen en la obra pero no les cambio de persona, o sea, les cambio de personaje. O sea, como que baila mucho el reparto, redirijo escenas, cambio equipo también.

Vamos, que cada noche era una función nueva.

Bueno, vamos, que hemos ido aprendiendo. Yo pienso que esta es una obra, ya le digo, que se ha hecho muy a contracorriente. Es una obra muy ambiciosa, pero que no es... Es una coproducción del Lliure, pero no es una producción 100% Lliure, es una producción sobre todo nuestra, de Los Montoya. Y entonces el Lliure nos apoya y es fantástico, pero la levantamos nosotros y vamos descubriendo... Es una obra que yo no sabía cómo hacerla ni si se podía hacer hasta que nos la he hecho. Y vamos descubriendo cómo hacerla a medida que la hacemos. Y eso nos ha obligado a ponernos al límite, nos ha obligado a estirar más los brazos que la manga, pero también nos ha hecho... Yo creo que es una obra que baila a su propio ritmo, que no tiene mucho que ver ni en la forma ni en el contenido con las tendencias más hegemónicas.

¿Cómo se vende un espectáculo que tiene cuatro horas de duración?

De entrada, lo que sí que digo siempre es que la máxima traición que le podría haber hecho a Casavella es una obra aburrida. Es una obra... que es una fiesta. Una obra que tiene una forma que más va cambiando.No es la misma forma teatral todo el rato. Es una obra que es musical, que es como la prosa de Casavella. Es intensa y excesiva, pero siempre emocionante, siempre entretenida. Es como tener un tipo que te está comiendo la oreja en un bar a las siete de la mañana, colocadísimo, pero a pesar de que es un pesado, todo lo que te está contando es muy interesante.

O sea, ¿le hubiera molado a Casavella?

Yo quiero creer que sí. A sus amigos les ha gustado mucho. A sus amigos les ha gustado mucho. Y... Bueno, yo... Soy más joven que él, pero hemos compartido calles y bares y a pesar de que nunca fuimos amigos, hemos compartido muchos espacios...

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