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El director teatral Miguel del Arco vuelve a Avilés: "No sé si la gira de “La patética” será la última que haga"

"Ahora mismo estoy intentando construir esta nueva 'Antígona' y tengo un diálogo fluido con Sófocles", dice el dramaturgo madrileño

Miguel del Arco en una de sus últimas visitas a Avilés.

Miguel del Arco en una de sus últimas visitas a Avilés. / MARA VILLAMUZA

Saúl Fernández

Saúl Fernández

Avilés

El dramaturgo madrileño Miguel del Arco (Madrid, 1965) atiende la llamada telefónica de LA NUEVA ESPAÑA desde Montevideo, en Uruguay. Uno de los cuatro miembros originales de "Kamikaze" está montando una nueva “Antígona”. Este viernes (20.00 horas) presenta en el auditorio del Niemeyer “La patética”, una producción inspirada en la novela “Morir” de Arthur Schnitzler, una historia que se centra en un director de orquesta que trabaja en el estreno de una nueva versión de la sexta sinfonía de Tchaikovsky, precisamente con el fantasma de Tchaikovsky a su vera.

Vaya, Montevideo.

Sí señor, aquí estoy. Ahora mismo, mire, delante de mí, de la ventana de mi hotel, tengo el río de la Plata.

¿Y qué hace por ahí?

Una “Antígona”. Me llamaron de la Comedia Nacional de Uruguay, que aquí es una institución, la verdad, muy tremenda, con un elenco de actores estable, un sitio con mucha solera en el que montó Margarita Xirgu hace ochenta años. Se cumplen en 2027.

Quería hablar con usted de “La patética”.

Genial, pues vamos a ello.

La música hasta ahora no había sido un asunto que le concerniera en sus creaciones, ¿no?

Bueno, sí, la música siempre ha estado pegada a mí, o sea que no la he utilizado nunca como motivo literario, por así decirlo, dramatúrgico, pero la música siempre ha ido de mi mano. Mis montajes siempre son muy musicales, de hecho. Aquí lo que pasa es que el punto de partida era la novela de Schnitzler y buscaba un canto de cisne, pero no quería que el personaje que se estuviera muriendo fuera un director de teatro; prefería que fuera algo que tuviera que ver con la música. Y apareció el personaje de Tchaikovsky, y empecé a leer sus cartas y sus diarios ligados a “La patética”, precisamente a la sexta sinfonía, que fue su canto de cisne: murió como a los siete días después de haberla estrenado. Me resultó un personaje tan absolutamente fascinante como perfecto para que fuera este Pepito Grillo en que convierto al compositor al lado del personaje protagonista de la obra.

Estamos hablando de teatro, podríamos decirlo así, de ciencia ficción: hay un fantasma que habla directamente al creador, al director.

Sí, evidentemente sí, pero, por otra parte, también funciona como la metáfora en la que todos estamos, es decir: el arte es un diálogo permanente a lo largo de la historia. Ahora mismo estoy intentando construir esta nueva “Antígona” y tengo un diálogo fluido con Sófocles. Me refiero a esas cosas como que lo siento al lado, lo siento cercano, tanto como para preguntar qué querías contar, cómo lo querías contar, cómo hablabas a los ciudadanos de tu época y cómo querías trascender. Así me pongo a charlar con Sófocles. Aparte he vivido una situación alucinante: Tchaikovsky escribió diarios y cartas. Esos diarios lo que hacen es que lo traen a tierra de una manera brutal, ¿no? Entonces dices: “Joder, sentía exactamente las mismas inseguridades, los mismos problemas, la misma obsesión creativa, la misma desesperación”. Repitió la sexta sinfonía de principio a fin: rompió la primera versión y romperla y la reescribió. No, no le salió la sexta como un erupto. Le salió del trabajo, de la desesperación, de la inseguridad permanente, de más inseguridad, o sea, le dio un bajón que estuvo a punto de no querer estrenar el día en que escuchó el ensayo de la sexta con la orquesta que lo tocaba porque pensaba que no estaban a la altura. Todo esto hace que te sientas identificado con todos estos procesos creativos.

¿“La patética” les ha devuelto a ustedes a los orígenes después del proyecto del Pavón?

En cuanto cerramos El Pavón volvimos a lo mismo.

Quiero decir que cada uno de los "kamikazes" ha ido por su lado: usted ha montado una ópera, una serie de televisión.

La hermandad no se ha perdido nunca. Yo he hecho una película, pero cada día está más complicado esto: estoy diciendo mucho que no sé si la gira de “La patética” lo mismo es la última que hago.

¿Y eso?

Pues porque cada día es más complicado hacer una gira en este país. Es una cosa que se vuelve casi casi imposible, es decir, los teatros fuera ya de Madrid y Barcelona están programando solamente los fines de semana y, casi todos, además, solamente los sábados. Con la cantidad de producción teatral que hay, una compañía, en el mejor de los casos, puede tener cuatro o cinco bolos al mes y con cuatro o cinco bolos al mes ni se mantiene una compañía, ni se mantiene ni se extienden en el tiempo los montajes. Además, “La patética” es un montaje ambicioso: son siete actores. Un día, hablando con Lluís Pasqual, le contaba esto, que tengo una compañía con siete actores, que por eso dicen que tengo una gran compañía. Se llevaba las manos a la cabeza: "¿Es que estamos locos? ¿Cómo que una compañía con siete actores es una gran compañía? Entonces, ¿qué eran cuando nosotros movíamos a veinte?” Nosotros hemos seguido produciendo, hemos seguido sacando adelante todo lo que hemos podido de forma agónica porque seguimos arrastrando los agujeros económicos que nos quedaron -un rato, todavía-. Eso sí, seguimos produciendo con felicidad.

Me da que, a pesar de todo, no van a renunciar al trabajo que realizaron en El Pavón.

No, no, no, en absoluto. Lo primero: porque tampoco sabemos hacer otra cosa, es decir, hay que seguir viviendo y hay que seguir pagando las deudas, esos agujeros. Siempre digo que en "Kamikaze" entramos cuatro amigos con deudas y salimos cuatro amigos con deudas, vamos, que tenemos planes, pero a la vez le digo esto de que esta va a ser nuestra última gira, pero de repente aparece un montaje y digo: "¿Qué hacemos? ¿Lo hacemos nada más para que se quede en Madrid y no lo movemos?" Estamos ahí viendo las posibilidades para no pillarnos los dedos, porque con “La patética” nos hemos pillado mucho los dedos, muy felizmente pillados, pero...

Su querencia avilesina es absoluta.

Yo creo que ninguno de mis montajes ha faltado en Avilés. Aparte de porque tengo a mi hermano Carlos allí, está mi relación con Antonio Ripoll. Tengo la certidumbre de que todo lo que he aprendido de valiosísimo en el teatro siempre ha sido en el seguimiento de mis montajes de gira. Las giras son una cosa que realmente no me gustaría perder en absoluto.

Por último: ¿cómo es usted más feliz, dirigiendo o escribiendo?

Yo creo que ahora mismo estoy muy feliz porque estoy haciendo las dos cosas a la vez: estoy ensayando una cosa por la tarde y escribiendo otra por la mañana.

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