Covadonga Guillén Rubio, la pescadera de Avilés que pasó media vida en el negocio familiar, se retira
La ahora jubilada empezó a trabajar en 1995 y destaca que lo mejor de su trayectoria laboral ha sido conocer a "tanta gente" que compraba en Casapesca

Paloma Fernández y Anabel Iglesias, a la izquierda, e Iván, Paco y Samuel Guillén, a la derecha, rodean a Covadonga Guillén detrás del mostrador.l / Mario Canteli

Covadonga Guillén Rubio observa la pescadería en la que ha trabajado estos últimos treinta y un años. Está sentada, curiosa, mientras aguarda al periodista: sus antiguos compañeros -desde este fin de semana ya lo son- se mueven detrás del mostrador enfundados en sus polos negros, entre piezas de pescado, cuchillos y puro hielo. Covadonga Guillén Rubio se acaba de jubilar.
Cuenta que empezó a trabajar en Casapesca -la pescadería que dirigió el hermano de Cova Guillén, Francisco Guillén “El Nene”, durante más de veinte años- “en 1995”. Cuenta también que se ha retirado a los sesenta y seis años porque “las condiciones" que le daban, en realidad, le convenían.
La pescadería, sin embargo, no ha sido el único escenario de su vida laboral. “Antes estaba en una empresa limpiando”, cuenta.
Guillén Rubio es ahora la que está siendo observada: por los clientes que hacen cola para comprar en Casapesca. “Te tienes que hacer con tu sobrino favorito”, le dice Samuel Guillén. Y ella sonríe mientras aguanta como puede el objetivo del fotógrafo. “Iván, ven que tienes que salir en la foto”, termina la broma. Detrás del mostrador están Iván, Paco y Samuel Guillén. Y también Anabel Iglesias y Paloma Fernández.
Cuenta que nunca se habría imaginado haber pasado la mitad de su vida en la pescadería de su familia. Eso, que fuera un negocio familiar, fue el primer atractivo para haber pasado la mitad de la vida limpiando pescado. “La pescadería la llevaba mi hermano. Entré a limpiar el local cuando estábamos arriba, en Sabugo”, cuenta la pescadera jubilada. “Luego fue lo de ponerme detrás del mostrador”, reconoce la extrabajadora retirada.
“Lo mejor de todo este tiempo ha sido conocer a tanta gente”, cuenta. Y se nota. Mientras conversa con el periodista, la esperan amigas, clientas. “Pensaba que ya no te iba a ver”, se escucha.
Covadonga Guillén Rubio explica que trabajar en la plaza de abastos supone “empezar muy temprano”. “Estábamos hasta las tres o las cuatro”. Pero eso era antes. Los lunes, por ejemplo, no hacía tantas horas. “Y los domingos descansábamos”.
Covadonga Guillén admite que está “contenta” por haber tomado la decisión de jubilarse. Y ya que ha conseguido este contento, sólo le falta encontrar tarea para el resto de los días: “Tengo hermanas fuera: voy a verlas”, dice. O sea, va a poner distancia del puesto de mercado en el que, entre pitos y flautas, pasó los últimos treinta y un años.
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