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De la barraca de feria al cine de masas: así nació el espectáculo cinematográfico en España según Juan Carlos De la Madrid

La llegada de hitos como el descanso dominical o las vacaciones pagadas, afirma el historiador, fue clave para que la industria se asentara como un producto de ocio transversal: "Hasta que no llegaron los modestos y los poderosos no fue un espectáculo de masas"

Juan Carlos de la Madrid en la biblioteca de Salinas.

Juan Carlos de la Madrid en la biblioteca de Salinas. / Christian García

Salinas

Hubo un tiempo en que mirar imágenes en movimiento costaba una peseta, algo que era “una barbaridad”, y que se anunciaba como quien presenta un hito científico. En ese tiempo, el cine no era todavía cine, sino que era una atracción más entre cupletistas, animales amaestrados y números de feria. A ese territorio incierto regresó el historiador Juan Carlos De la Madrid para explicar cómo nació una industria cómo, a raíz de esta, una sociedad entera aprendió, poco a poco, a sentarse y mirar.

“Voy a hablar del cine en España, no del cine español”, advirtió De la Madrid, recalcando que esta puntualización no es un matiz menor. Tal y como expuso el historiador, su interés radica tanto en las películas como todo lo que pasaba alrededor: quién iba, cuánto pagaba, qué tipo de sala se encontraba. De entrada, el problema era sencillo y evidente: casi nadie tenía tiempo para ir al cine, puesto que "el 74% de la población vivía del sector primario”. Eso expuso, significaba una vida sin descanso real debido a que "un campesino trabaja 24 horas al día los 365 días al año”.

Por eso el cine no logró despegar de golpe. Antes, explicó, tuvo que surgir algo mucho más básico como fue el ocio. “El ocio es el tiempo que tienes absolutamente para hacer lo que te dé la gana”, reflexionó De la Madrid, que señaló que ese hueco empezó a abrirse poco a poco por, entre otras, la llegada de medidas como el descanso dominical, la jornada de ocho horas o, más adelante, las vacaciones pagadas. Sin ese cambio, el cine habría seguido siendo "una rareza de feria".

Mientras tanto, el propio espectáculo también fue cambiando. De las barracas provisionales pasó a espacios más estables, de números sueltos a historias cada vez más elaboradas. Además, lo que se veía en pantalla llegaba casi siempre del otro lado de las fronteras: primero desde Francia, luego desde Italia y, tras la Primera Guerra Mundial, sobre todo del otro lado del charco, desde Estados Unidos. Estos últimos, además, se afianzaron: “Los americanos coparon todos los mercados”, resumió.

A ese proceso se sumó otro golpe de efecto como fue el sonido, "un cambio importantísimo” no solo porque las películas "empezaron a hablar" sino porque obligó a rehacerlo todo: los rodajes, las salas y la tecnología inició un nuevo proceso de modernización. Aun así, De la Madrid desveló que, durante un tiempo, convivieron el cine mudo y el sonoro, en un país que, curiosamente, contaba con una gran cantidad de salas.

Aun así, el cine tardó en ser lo que hoy se entiende como un fenómeno de masas. Durante años fue barato, mezclado con otros espectáculos y "poco atractivo" para las clases altas, que seguían decantándose por el teatro o la ópera. El salto llegó cuando consiguió atraer público independientemente de su situación social. “Hasta que no llegaron los modestos y los poderosos no fue un espectáculo de masas”, explicó De la Madrid, que señaló que "llenar salas solo con público popular no era suficiente" para sostener el negocio.

Por otro lado, el historiador señaló que, en aquel entonces, aún no había grandes estudios tras la industria, sino gente que "iban probando". Fotógrafos, emprendedores, técnicos que aprendían sobre la marcha y que no tenían demasiado que ver con la industria que, finalmente, acabó imponiéndose desde fuera. En comparación, la producción española de aquellos años apenas tenía peso. “Fue una industria de juguete prácticamente hasta los años 30”, resumió.

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