“No es que no hablara: es que no me miraba”: el diagnóstico de autismo que trajo alivio a una madre, que además es abogada y política en Asturias
La presidenta del PP de Avilés, Estefanía Rodríguez, comparte su experiencia con su hija Fabiola, de 5 años, para visibilizar la importancia de la detección temprana y la necesidad de más recursos sobre todo de 3 a 6 años

La abogada y presidenta del PP de Avilés, Estefanía Rodríguez, que es también la madre de Fabiola. / Mara Villamuza

Fabiola Gelaz Rodríguez acaba de cumplir cinco años. Es la pequeña de dos hermanos y, según cuenta su madre, hoy vive “un momento muy dulce”. Habla, se comunica y ha ganado autonomía. Pero llegar hasta aquí no ha sido fácil.
Las primeras señales aparecieron pronto, aunque no eran fáciles de interpretar. Fabiola nació dos meses antes de tiempo, y eso introducía una duda constante: ¿era un retraso propio de la prematuridad o algo más? Relata su historia su madre, Estefanía Rodríguez, que es, además, abogada y presidenta del Partido Popular en Avilés, agrupación que este lunes 27 ofrece la charla “Entender el autismo”. Será a las 18.30 horas, en el Valdecarzana.
“Veía cosas que me llamaban la atención, pero pensaba que con el tiempo se resolverían”, recuerda Rodríguez. Sin embargo, había signos que no encajaban: no respondía a su nombre, no sonreía, no señalaba. “No es que no hablara, es que no me miraba”, sentencia.
Durante meses, la inquietud convivió con la esperanza. La niña acudía a atención temprana, donde trabajaban sobre todo la psicomotricidad. Aun así, los avances no llegaban al ritmo esperado. “Yo necesitaba saber a qué me enfrentaba”, dice.
Hitos del desarrollo
El punto de inflexión llegó en una revisión médica cerca de los dos años. Una profesional, distinta a la habitual, empezó a hacer preguntas más concretas. La madre respondía con negativas a muchos de los hitos del desarrollo. “Ahí me dijo claramente que la niña debería haber alcanzado ciertas cosas que no tenía”, relata.
Poco después, decidió promover una valoración completa. El diagnóstico llegó a los dos años y medio: Trastorno del Espectro Autista (TEA).
Lejos de ser solo un golpe, también supuso un alivio. “Yo ya sabía que había algo. Necesitaba ponerle nombre”, explica. Hasta ese momento, en su entorno había quien restaba importancia a las señales. “Te dicen: ya hablará, cada niño tiene su ritmo. Pero yo veía que no era eso”, precisa.
El diagnóstico no cambió radicalmente la intervención, pero sí permitió enfocarla mejor. Fabiola pasó a trabajar con logopeda y psicóloga, además de continuar con estimulación. También facilitó el acceso a recursos y ayudó a su entorno a entender la situación.
Carrera de fondo
Hoy, la niña está escolarizada en un centro ordinario en Avilés con apoyos específicos: pedagogía terapéutica, audición y lenguaje, y asistencia educativa. Además, acude a terapias externas varias horas a la semana. “Esto es una carrera de fondo”, resume su madre, que agrega: “Aquí no hay descanso”. Hace otro apunte: “Ha estado desde los seis meses de vida asistiendo a terapia ininterrumpida hasta la fecha, con cuatro o cinco sesiones semanales desde entonces”.
Fabiola no ha aprendido nada espontáneamente: “Ni a sonreír, ni a señalar, ni a gatear, caminar y mucho menos a hablar”, dice Estefanía Rodríguez, en comparación con la crianza de un niño neurotípico.
Aun así, insiste en que la evolución ha sido muy positiva. Fabiola empezó a hablar con cuatro años y ha dado avances importantes en poco tiempo. Pero el camino no ha estado exento de dificultades. Recuerda episodios en el parque, donde la niña no toleraba el contacto con otros niños, o momentos de frustración intensa. “He visto a mi hija tirarse al suelo, autolesionarse, rechazar incluso a su hermano”, cuenta.
Por eso rechaza dos ideas que considera peligrosas: minimizar el autismo o romantizarlo. “No es algo que nadie desee para su hijo. No tiene nada que ver con una crianza típica”, afirma. Y añade: “Ser madre en este caso es ser también cuidadora”.
Recursos de los 3 a los 6 años
Más allá de la experiencia personal, señala carencias estructurales. La principal, la falta de información tras el diagnóstico. “Te enfrentas a eso y no sabes a dónde ir”, explica. También critica la escasez de recursos, inexistentes en la etapa de 3 a 6 años, considerada clave para el desarrollo. “La atención temprana se acaba a los tres años, y los apoyos educativos no son suficientes”, recalca.
En muchos casos, las familias se ven obligadas a buscar soluciones por su cuenta. Terapias privadas, reorganización de horarios, adaptación constante. “Al final lo que queremos es sencillo: que nuestros hijos tengan los mismos recursos que los demás”, dice.
El autismo no es una enfermedad, subraya, sino un trastorno del neurodesarrollo. Y el espectro es amplio: hay niños con gran autonomía y otros que necesitarán apoyo permanente. Esa incertidumbre forma parte del proceso. “Cuando te dan el diagnóstico, tu mayor miedo es si tu hijo será independiente algún día”, reconoce.
Mirar de frente a la realidad
A pesar de todo, la popular insiste en la importancia de mirar de frente la realidad. “Cuanto antes se detecte, mejor. No es fácil, pero es necesario”, afirma.
Hoy, cuando alguien le dice que a su hija “no se le nota nada”, la respuesta ya no le afecta como antes. Pero no olvida el camino recorrido. Ni la sensación de tener que justificar lo evidente.
Porque, como repite, todo empezó con algo muy simple: “Yo la llamaba… y no me miraba”.
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