El trazo de un avilesino
Fernández Cueto dejó un importante legado arquitectónico en el concejo

Edificio del antiguo «Gran Hotel», en la calle Emile Robín. | MAIA ROZADA
Gonzalo Barrena
Si se introducen en la máquina de los deseos tres componentes: pensar la ciudad para visitantes nobles, capital indiano y una arquitectura atrápalo-todo, brotan edificios residenciales. Es algo propio de toda la España cantábrica y también de la comarca, con varias quintas en la periferia de la villa que comparten autor con el Gran Hotel, inaugurado en 1917. Ese sarpullido arquitectónico del norte coincide con la tendencia aristo-turista de la capital ibérica: el Hotel Ritz (1910) y el Palace (1912) de Madrid son contemporáneos suyos en una Corte que alfombraba las llegadas ilustres al reino español.
Pero el Avilés del noveccento no estrenaba estilo ni maestro de obras con el siglo, pues su autor, Armando Fernández Cueto (Avilés, 1857-1933), ya lo había sido a finales del XIX en los chalets de Villalegre y en otros dos edificios notables del centro: la Escuela de Artes y Oficios, en Álvarez Acebal, y la sede de la Banca Maribona, en plena calle de La Cámara.
Armando Fernández Cueto fue un hacedor de esa "Arquitectura sin arquitectos en Asturias" (2013) de la que da cuenta Héctor Blanco en la obra con la que se alzó como vencedor de la XV edición del Premio "Rosario Acuña". De nombre en nombre, como de puente en puente, se podría trazar también la historia sin historiadores de Las Asturias contemporáneas, porque la redactada por quienes llevan título suele estar sesgada hacia reyes o políticos, los grandes parásitos del relato oficial.
Si la crónica de esa villa de entresiglos lleva el sello de Fernández Cueto se debe a que el avilesino nunca perdió la brújula local ni se ensimismó en ella: sus construcciones estaban impregnadas de modernidad y de sentido, una pulsión genuina de aquel tiempo en que se dibujaba bien. De hecho, Armando Fernández Cueto se formó como tracista en la carpintería familiar, buena muestra de que la creación se materializaba en la única patria que existe, la chica, sin que ello impida abrirse al mundo cuando hay talento y voluntad.
Algo parecido a lo que está haciendo ahora Pedro Luis Domínguez Quevedo (2001), el joven que se crió en Canarias y proyecta su Baifo global sin necesidad de salir del archipiélago.
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