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Scarlet Rivera, violinista de Dylan en los setenta: "Después de cincuenta años en la música ya no soy tan antisocial y disfruto más comunicándome con la gente”.

La artista, que participó en obra maestra de 1976, se presentará en el festival "Ciudad Dylanita" de Avilés este fin de semana

Scarlet Rivera, en una imagen promocional.

Scarlet Rivera, en una imagen promocional. / Cedida a LNE

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Saúl Fernández

Saúl Fernández

Avilés

Scarlet Rivera, en realidad, no se llama así. Dicen los apuntes digitales que esta violinista norteamericana —de Chicago— responde en realidad al nombre de Donna Shea. Pero eso es lo de menos. Rivera o Shea participó como música en “Desire”, en 1976, una de las obras maestras de la música popular del siglo XX, un verdadero clásico en la carrera de Bob Dylan. “Después de cincuenta años encontré mi voz como vocalista principal con mis propios álbumes en solitario: ya no soy tan antisocial y disfruto más comunicándome con la gente”.

Precisamente en esta encarnadura es como Rivera tiene pensado pasar la próxima semana —los próximos 22 y 23— en Avilés: en el festival “Ciudad Dylanita”, el que hace diecinueve años se inventó Béznar Arias empujado por el fallecido Álvaro Lozano Sol: un concejo de las afueras de las afueras que, cuando llega la primavera, se vuelca a ful con el Nobel autor de “Like a Rolling Stone”, por un poner. O con “Desire”, por otro poner.

“Siento un afecto renovado y una apreciación cada vez mayor por el atractivo intergeneracional y cultural de las canciones de "Desire", que han resistido el paso del tiempo”, le explicó a LA NUEVA ESPAÑA la concertista de Chicago, que responde por escrito a las preguntas de este periódico. Como la que se refiere al día en que Dylan la fichó. Ella paseaba por Greenwich Village, un barrio que está en Nueva York, él la vio. “Hablamos brevemente sobre la música gitana, que ambos apreciábamos... pero él se dio cuenta de que yo era antisocial, una loba solitaria, algo parecido a él mismo”, señaló.

“No me sentía muy cómoda hablando de nada en ese momento... así que gran parte de nuestra comunicación fue no verbal e intuitiva, tanto dentro como fuera del escenario. Me observó muy de cerca y escuchó todo lo que tocaba y cómo actuaba... quería descubrir quién era yo por dentro y por fuera antes de abrirme la puerta... y después de una cuidadosa deliberación, me invitó a formar parte de su mundo, de su próximo álbum y de su gira mundial”.

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