De un almacén "como el de Amazon" a residencia universitaria del siglo XXI: la singular historia de las naves de Balsera de Avilés
Las naves de Balsera, que acaba de comprar la Nebrija, funcionaron como un centro intermodal para el almacenamiento y distribución de productos llegados de América

A.D.

Las tres naves de Balsera -cuya compra por la Universidad Antonio de Nebrija desveló LA NUEVA ESPAÑA- en realidad eran cuatro. El empresario Victoriano Fernández Balsera (Avilés, 1859-1942) encargó al arquitecto municipal Antonio Alonso Jorge levantar los pabellones que tenían que alojar su empresa -al principio, Almacenes Fernández y Suárez- en el paseo de la ría de Avilés. El importador -sabuguero de pro: primero fue zapatero remendón, luego empezó a vender ultramarinos en el Colón- había adquirido suelo que habían recuperado a la ría. Allí fue donde decidió centralizar sus negocios internacionales, porque para entonces, en la segunda década del siglo XX, Fernández Balsera controlaba la distribución de materias primas entre las Antillas y Europa: también era naviero.

Una barricada en la revolución de octubre de 1934 frente a las naves / LNE
Las obras de las naves de Balsera comenzaron en la segunda década del siglo XX. Unos años después, estalló la Gran Guerra -con el tiempo se convertiría en la Primera Guerra Mundial- y España se inclinó por la neutralidad. “Eso es lo que dio dinero a Fernández Balsera: poder vender a todos los países”, señala el periodista Koldo San Sebastián, sobrino-biznieto del empresario pionero.
Antonio Alonso Jorge es el arquitecto “Art Déco” de edificios tan singulares como la Antigua Pescadería de la plaza de Santiago López, como los primeros tres portales de la calle de San Francisco -el cuarto es de Manuel del Busto-. Balsera puso a su disposición alrededor de 3.000 metros cuadrados de antiguas marismas. Allí montó su centro de operaciones -un distribuidor como el de Amazon de Siero, pero hace un siglo-. Había construido justo enfrente unos muelles que recibían los barcos que llegaban de América. Vaciaban sus bodegas y los productos se almacenaban en las naves a la espera de fletar un convoy de ferrocarril en dirección a Madrid. O sea, las naves de Balsera funcionaron en su época mejor como un centro intermodal.

Victoriano Fernández Balsera y su nieta Carmina / LNE
Victoriano Fernández Balsera tuvo dos hijos: Álvaro y Josefina. El primero fue el que heredó la gerencia que el sabuguero había ejercido con mano firme. “Pero murió joven”, apunta San Sebastián. Su hermana, Josefina Balsera, profesó con la avilesina Luz Rodríguez Casanova, fundadora de la Congregación Damas Apostólicas del Sagrado Corazón de Jesús. Cuando murió dejó todo para la creación de escuelas de niños de Sabugo “y si no había suficientes, de todo Avilés”. Nombró al párroco de Santo Tomás, Mateo Valdueza, albacea de su testamento. Según sostiene San Sebastián, la gestión posterior del legado no se ajustó al espíritu que Josefina Balsera quería imprimir a sus disposiciones testamentarias. El sobrino-biznieto del empresario asegura que Valdueza se instaló en una dependencia del palacio familiar, donde disponía incluso de un oratorio. También afirma que utilizó el Mercedes que había pertenecido a Josefina Balsera, con chófer incluido; un vehículo que, según su relato, había sido adquirido al cónsul de Alemania en León. “Vivía mejor que un obispo”, resume.

Los piragüistas usaron las naves como almacén / LNE
Valdueza terminó vendiendo las naves a la familia de los Toldao. Alquilaron el espacio para diferentes actividades -actuó, por ejemplo, Antonio El Bailarín-, los piragüistas del Virgen de las Mareas y del Club del Mar lo utilizaron como gimnasio, como amarradero de piraguas… “Eso fue en el tendejón que había al lado del conjunto de las tres naves”, cuenta Gonzalo García, que allá por 1964 ya entrenaba en aquellas aguas ensidesas. “Había un vigilante de la fábrica”, se acuerda. Y una clase para guajes. En la cuarta nave que ahora promete la Universidad Nebrija revivir.
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