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El fuego que despide el curso: la gran fiesta del rakú vuelve a encender la Factoría Cultural de Avilés

Cerca de un centenar de alumnos de la Escuela Municipal de Cerámica participaron en la tradicional cocción de 180 piezas con la técnica japonesa, una jornada marcada por el calor, la convivencia y una tradición que se mantiene viva desde hace más de cuatro décadas

Así fue la espectacular fiesta del Rakú para cerrar el curso de la Escuela de Cerámica de Avilés

Mario Canteli

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Avilés

"Rakú significa fiesta". Y esa idea presidió este martes el fin de curso de la Escuela Municipal de Cerámica de Avilés, que volvió a celebrar en el exterior de la Factoría Cultural su tradicional cocción colectiva de rakú. Fue una jornada de fuego, humo, cerámica, diplomas y convivencia, marcada también por el calor, que los alumnos combatieron entre charlas a la sombra y algún refresco mientras esperaban la salida de las piezas del horno.

Desde las nueve de la mañana, el patio de la Factoría se convirtió en un gran taller al aire libre. Los hornos comenzaron a trabajar temprano y, hacia el mediodía, salieron las primeras piezas de las cerca de 180 obras previstas para la jornada. La escena mezclaba profesores manejando las tenazas, alumnos pendientes del resultado y recipientes metálicos preparados con serrín, hojas y papel para completar una técnica en la que el azar, el humo y el choque térmico tienen tanto protagonismo como la mano del ceramista.

"Es, sobre todo, la fiesta de los alumnos y una forma de que la gente conozca lo que se hace en la Factoría Cultural y en la Escuela de Cerámica", explicó Pablo Hugo Rozada, profesor y encargado de coordinar la cocción. Rozada recordó que el rakú forma parte de la historia del centro desde hace décadas: "Lo hacemos desde siempre, desde que tengo uso de razón. Igual llevamos cuarenta años. Ya en la antigua escuela se hacía rakú".

Un proceso con historia

El proceso requiere arcilla chamotada o gres, materiales capaces de soportar fuertes contrastes de temperatura. Una vez seca, la pieza se somete a una primera cocción, el bizcochado, a unos 900 o 1.000 grados, para endurecerla y dejarla porosa. Después se aplican esmaltes especiales y vuelve al horno hasta que el esmalte funde y la cerámica alcanza el rojo vivo. Entonces llega el momento más espectacular: la extracción de la pieza incandescente con tenazas y su entrada inmediata en un recipiente metálico con materiales combustibles.

Al taparse el recipiente, se consume el oxígeno y se genera una atmósfera reductora. El humo ennegrece las zonas sin esmalte y se introduce en las grietas, creando el característico craquelado. Después, la pieza se sumerge en agua para detener el choque térmico, fijar los colores y retirar los restos de hollín. Cada obra sale distinta, esa incertidumbre forma parte del atractivo de la técnica.

Jornada de emociones

Para Cristina Calvo, alumna de la escuela, la jornada tiene también un profundo sentido simbólico. "El rakú es una técnica japonesa vinculada a las ceremonias del té y nos sirve para cerrar el curso con un homenaje a la cerámica y al propio ciclo que termina", señaló. "Nos juntamos alumnos de todos los cursos, niveles y horarios. Es una manera de compartir lo aprendido y celebrar todo lo que se ha vivido durante el año". También Adrián Lobeiras reconocía la emoción del día: "Da un poco de nostalgia. Ves los talleres vacíos y piensas que hace nada estábamos allí todos los días". Aun así, la ilusión ya mira al próximo curso: "Ahora la mayor incertidumbre es conseguir plaza para volver".

La concejala delegada de Cultura, Yolanda Alonso, reivindicó el valor de contar con una escuela pública de cerámica "muy consolidada" y con un alumnado "muy fiel". "Hay que poner en valor que podamos tener una escuela como esta, en la que se desarrolla muchísimo la creatividad y se abren procesos de investigación con nuevas técnicas", destacó. Alonso subrayó además la implicación del profesorado y el carácter festivo de una jornada que continuó con la entrega de diplomas y una comida de convivencia.

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