José Juan Uriarte, psiquiatra y referente en rehabilitación psicosocial: "Se ha reducido el estigma con la ansiedad o la depresión, pero no con enfermedades graves como la esquizofrenia"
"La alarma social se centra en los suicidios de adolescentes o mujeres, pero quizá olvidamos focalizar recursos en quienes estadísticamente presentan un riesgo más elevado: hombres mayores, personas que viven en zonas rurales o aisladas y que además pueden encontrarse en situaciones de soledad"

José Juan Uriarte en el Hospital San Agustín. / Miki López
José Juan Uriarte (Bilbao, 1960) acaba de retirarse tras 42 años dedicado a la psiquiatría y estuvo este viernes en Avilés en la jornada de clausura del XXII Congreso Internacional sobre Tratamiento Asertivo Comunitario en Salud Mental, celebrado en el Hospital Universitario San Agustín (HUSA). Referente en psiquiatría comunitaria, rehabilitación psicosocial y atención a personas con trastorno mental grave, Uriarte analiza los retos pendientes de la salud mental: el suicidio, la soledad no deseada, el envejecimiento, el estigma, el malestar juvenil y la necesidad de avanzar hacia una atención más cercana.
Asturias está entre las comunidades con mayor tasa de suicidios. ¿Por qué ocurre esto? ¿Hay factores sociales que ayudan a explicarlo?
Es cierto que comunidades como Asturias o Galicia, e incluso determinadas zonas dentro de ellas, presentan tasas más elevadas que otros territorios. Eso ocurre especialmente entre varones de edad relativamente avanzada. Las razones probablemente sean múltiples. Es posible que el aislamiento tenga alguna influencia, pero no podría señalar una causa concreta. Lo que sí sabemos es que esa realidad existe y merece ser analizada con detenimiento.
¿Qué soluciones se pueden poner en marcha?
Las estrategias de prevención del suicidio no pueden ser únicamente generales. Aunque exista un plan global, después hay que dirigir actuaciones específicas hacia los colectivos donde se identifica un mayor riesgo. Muchas veces la alarma social se centra en los suicidios de adolescentes o mujeres, pero quizá olvidamos focalizar recursos en quienes estadísticamente presentan un riesgo más elevado: hombres mayores, personas que viven en zonas rurales o aisladas y que además pueden encontrarse en situaciones de soledad. Ahí es donde probablemente habría que reforzar las intervenciones.
Se habla más que nunca de salud mental. ¿Eso se traduce ya en una mejor atención?
La atención a la salud mental ha mejorado de manera espectacular durante las últimas décadas. De hecho, han evolucionado más los sistemas de atención, la organización y los servicios que la propia ciencia que los sustenta. Ahora bien, la enorme popularidad que ha adquirido la salud mental, especialmente después de la pandemia, y el hecho de que haya entrado en la agenda política y mediática, no siempre ha sido positivo. Por un lado ha contribuido a desestigmatizar problemas como la ansiedad o la depresión, pero por otro ha ampliado tanto el concepto de salud mental que muchas veces se transforman problemas sociales, laborales o económicos en responsabilidades individuales que aparentemente deben resolver psiquiatras o psicólogos.
¿Hemos avanzado realmente en la lucha contra el estigma o sigue habiendo muchas personas que sufren en silencio?
Se ha reducido el estigma en determinados trastornos, pero no en todos. Hoy prácticamente nadie siente vergüenza por acudir al psicólogo o al psiquiatra por ansiedad, depresión o problemas familiares. Sin embargo, eso no ocurre con las personas que padecen una esquizofrenia u otros trastornos mentales graves. La imagen que la sociedad tiene de estas enfermedades sigue estando muy distorsionada y continúa asociándolas a conceptos como la imprevisibilidad o la peligrosidad, algo que no responde a la realidad. En ese sentido, el estigma de la enfermedad mental grave sigue siendo muy importante.
Entre los jóvenes cada vez se detectan más casos de ansiedad, depresión y autolesiones. ¿Qué está fallando?
Durante la pandemia y la etapa inmediatamente posterior hubo un incremento muy importante de las hospitalizaciones, de las urgencias psiquiátricas y de la demanda asistencial, especialmente entre mujeres adolescentes. No sé si realmente han aumentado estos trastornos o si ahora simplemente se detectan más, se visibilizan más y reciben una mayor atención, cuando antes permanecían ocultos. Esa es una cuestión que todavía debemos seguir analizando.
¿Son las redes sociales un enemigo para la salud mental de la gente joven?
No lo creo. No pienso que las redes sociales tengan ninguna cualidad especial que las convierta en un enemigo mayor que cualquier otra herramienta creada por las personas. Como ocurre con casi todo, tienen aspectos positivos, otros discutibles y otros negativos. Además, intentar impedir el acceso a ellas sería como poner puertas al campo. Lo importante es educar a nuestros hijos y nietos para que aprendan a utilizarlas con responsabilidad, igual que les enseñamos a desenvolverse con seguridad en otros ámbitos de la vida.
Asturias envejece y muchas personas viven solas. ¿La soledad no deseada es ya un factor de riesgo clínico?
La soledad no elegida es un factor de riesgo para muchas cosas, no solo para la salud mental. Cuando además se asocia a pobreza, enfermedad crónica o problemas de movilidad, se convierte en una muy mala compañera de vida y aumenta la vulnerabilidad de las personas.
Ha defendido durante años un modelo de recuperación centrado en la persona. ¿Qué significa eso en la práctica y qué debería cambiar en la atención que reciben los pacientes?
El modelo de recuperación puede interpretarse de diferentes maneras, pero su idea principal es que las personas con enfermedades mentales graves pueden llevar una vida satisfactoria, tanto para ellas mismas como para la sociedad, aunque tengan que convivir con su enfermedad. No están condenadas a la cronicidad, la incapacidad o el aislamiento. Para conseguirlo hacen falta tratamientos adecuados, buenos servicios sanitarios y también una sociedad que las reciba, las apoye y favorezca su inclusión.
Después de toda una trayectoria dedicada a la psiquiatría comunitaria y la rehabilitación psicosocial, ¿es optimista respecto al futuro de la salud mental en España?
Si hablamos de la atención psiquiátrica como parte del sistema sanitario, creo que a corto plazo tenemos un periodo complicado por delante. Hay escasez de profesionales y existe cierta confusión sobre qué necesidades debe atender realmente el sistema de salud mental y cuáles responden a problemas de otra naturaleza. A medio y largo plazo, sin embargo, soy optimista. Después de cuatro décadas trabajando en este ámbito puedo decir que hoy estamos muchísimo mejor que cuando empezamos. No tengo motivos para pensar que dentro de unos años no vayamos a estar todavía mejor.
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