Opinión
Pablo Cortina
Taka
Despedida al profesor del Conservatorio de Avilés Takashi Aiko

Taka
Me llega por WhatsApp la esquela de Takashi Aiko, pero yo leo "escuela", es un lapsus; mi mente, que no entiende algo tan abstracto como esa muerte.
La mayoría no sabrá que aquel profesor japonés que anduvo por el Conservatorio de Avilés hace 20 años influyó en una generación entera. Enseñaba música de cámara. Hacía equipos. Nos enseñó muchas cosas más allá del pentagrama. Y siempre tenía un minuto, después de las clases, para hablar con nosotros, aunque el minuto durase una hora, o tres. El tiempo era musical, artístico.
Yo alucino con que alguien que llegó a Madrid con 20 años y que se comió una morcilla cruda delante de un charcutero pensando que sería umeboshi, llegase a ser un paisano asturiano que nos llevaba a pescar y echaba sidra en un prao de Luanco.
Taka preparando wasabi en un mortero y dejándolo para escanciar un vino inglés de su suegro en mi copa. Ganando al billar, o al ajedrez, y riéndose de nosotros; tocando el violín, conduciendo a fuego un Peugeot por la Plata. Poniendo música de cámara desconocida o cantando "Abba" a gritos en el coche.
Me duele recordar a Taka porque todos sus recuerdos están vivos.
Yo ya sabía que no volvería a vivir un momento como aquel en la barcaza que remontaba el Rin cuando Taka, como un duende, cantó un flamenco sui generis acompañado por un tal Chema a la guitarra. Los alemanes atónitos, la orquesta atónita. Tocamos ante el cardenal de Timor Oriental y de Colonia en una habitación. En el teatro, de mármol de Carrara, hicimos un buen Haendel, y bebimos grappa en Pontrémoli. Y tantos conciertos más con su correspondiente vida alrededor.
No te despido. No puedo despedirte. Te llevo dentro como el árbol entero lleva a la semilla. Si enseñando –o viviendo– logro parecerme a ti, seguiremos juntos, en otras gentes. Y si no, hay todo un bosque, una escuela de músicos que te recuerdan. Descansa en paz, Taka, maestro, amigo.
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