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La historia de Samba Guene: de ser marinero en el norte de Senegal a regentar uno de los bares con más historia de Luanco

Llegó a España "sin nada" en 2005, se abrió camino trabajando en la hostelería y heredó el negocio de Cayetano Pelayo tras una promesa que empezó como una broma entre amigos

Samba Guene con su bandeja en la entrada del mítico Misuri.

Samba Guene con su bandeja en la entrada del mítico Misuri. / P. M.

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Luanco

"Samba, cuando yo me retire te dejo el bar a ti". Durante años aquella frase sonó a chascarrillo en las conversaciones de barra en el Brisas del Misuri, uno de los establecimientos con más historia de Luanco. Cayetano Pelayo, "Tano", la repetía con naturalidad cada vez que coincidía con Samba Guene, un vecino al que conocía de vista y del trato cotidiano. Lo que empezó como una broma terminó convirtiéndose en una promesa cumplida. Tras la jubilación del hostelero, después de 47 años detrás del mostrador, las llaves del negocio cambiaron de manos. Hoy quien abre cada mañana el histórico local es un inmigrante senegalés que llegó a España con la única intención de buscar un futuro mejor.

La historia de Samba Guene comienza a miles de kilómetros de Asturias, en Saint Louis, al norte de Senegal. Allí trabajaba como marinero, una profesión que, asegura, sigue sintiendo muy dentro. "Siempre fui marinero y el mar es mi vida. Pero desde que llegué aquí todo cambió", recuerda. A finales de 2005 tomó la decisión de emigrar. Lo hizo sin apenas equipaje y con muchas incertidumbres. "Vine por una vida mejor, llegué aquí sin nada", resume. Sus primeros meses estuvieron marcados por la precariedad. Vendía ropa y discos por la calle mientras buscaba una oportunidad que le permitiera empezar de nuevo.

Aquella oportunidad apareció en la hostelería. Sin haber imaginado que acabaría dedicando su vida a este sector, fue aprendiendo el oficio poco a poco hasta descubrir que era un trabajo con el que se identificaba. "Me gustó mucho desde el primer día, me interesé en aprender y fui evolucionando", explica.

Desde su llegada a Asturias siempre estuvo vinculado a Luanco. "La primera vez que vine me sorprendió mucho y me enamoró. Después de tantos años, me siento como en casa", afirma convencido. Desde el primer día intentó integrarse, nunca necesitó cursos para aprender el castellano. Lo hizo escuchando a los clientes y conversando con los vecinos.

Una amistad especial

El vínculo con Cayetano Pelayo nació de forma espontánea. Ni siquiera trabajaban juntos. Simplemente coincidían con frecuencia porque ambos desarrollaban su actividad en el centro de la villa. Entre bromas comenzó a fraguarse una relación que con los años se transformó en una amistad. "Llevábamos cuatro o cinco años diciéndolo. Él siempre me decía: 'Cuando me jubile el bar va a ser tuyo'. Y así fue", relata Samba. Mientras tanto continuó acumulando experiencia en otros establecimientos de la zona, convencido de que el secreto del oficio estaba en el trato con la gente. "Intento ser amable, recibir siempre con una sonrisa. Gracias a Dios, el resultado está ahí".

Cuando llegó el momento de asumir las riendas del Misuri, el reto fue muy diferente al de servir cafés. De la noche a la mañana pasó de trabajador a empresario. "Es distinto. Puedes ser muy buen trabajador y no saber gestionar nada. O ser un buen gestor y no trabajar. Yo creo que cogí un poco de todo", explica. Reconoce que los primeros días estuvieron llenos de nervios, pero poco a poco fue encontrando el equilibrio. Vive justo encima del establecimiento, lo que convierte el negocio prácticamente en una extensión de su propia casa.

El relevo ha sido también un motivo de satisfacción para Cayetano Pelayo, que no oculta su orgullo cuando observa el rumbo que ha tomado el establecimiento al que dedicó casi medio siglo de su vida. "Estoy muy contento con él. Está gestionándolo bien, está trabajando mucho. Yo siempre vengo como cliente", comenta entre risas. Cada mañana sigue acercándose al local, pero ahora lo hace desde el otro lado de la barra, disfrutando de una jubilación que llegó acompañada del reconocimiento del Bonito de Oro, un homenaje de la hostelería luanquina a toda una trayectoria profesional.

Una decisión popular

En los últimos años fueron muchos los clientes que animaron a Samba a dar el salto y hacerse cargo de un establecimiento propio, aunque el miedo le frenaba. "La gente me decía que cogiera un bar, pero tenía miedo porque no soy de aquí y tampoco tenía mucho fondo para hacerlo", reconoce. Ahora anima a otros inmigrantes a dar un paso adelante. "El miedo no te va a llevar a ningún lado. Hay muchos trabajadores muy buenos, pero el miedo les impide asumir ese riesgo".

Veintiún años después de aterrizar en España, Samba Guene asegura sentirse completamente integrado en Luanco. Tanto que, desde que salió de Senegal, nunca ha regresado a su país. Su prioridad inmediata es consolidar, aún más, el Brisas del Misuri, el negocio que heredó de la confianza de Cayetano Pelayo, porque sabe que un establecimiento exige la presencia constante de su dueño. "Mi sueño es que esto sea un éxito", resume.

Pero detrás de ese deseo profesional permanece otro más íntimo: volver algún día a Saint Louis, reencontrarse con su tierra. No piensa aún en un regreso definitivo, sino en un viaje de ida y vuelta, quizá unas vacaciones de quince días antes de ponerse de nuevo tras la barra.

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