Elaine Vilar Madruga: "Aunque una escriba de terror, de lo macabro y de lo insólito, también hay un aspecto de juego con el lenguaje"
"Sí, somos una generación de mujeres que escribimos sobre la realidad que es sangrienta, que es polémica, una realidad que se desmorona entre nuestros dedos"

Elaine Vilar Madruga delante del palacio de Camposagrado. / Miki López

Elaine Vilar Madruga (La Habana, Cuba, 1989) es narradora, es dramaturga y también poeta. Está en Avilés, en el Celsius 232 de este año, para hablar tanto de sus propias creaciones -escribió “El cielo de la selva”, “La tiranía de las moscas”-, como también de los trabajos de otras escritoras -se ha encargado de la antología “Moiras”, una colección de relatos de mujeres hilados por el género de horror-. Antes de todo eso, conversa con LA NUEVA ESPAÑA ante un café con leche y después de haber posado delante del palacio de Camposagrado.
Leo que usted forma parte de un nuevo “Boom” de la literatura hispanoamericana: el de las nietas sangrientas del “Boom” de García Márquez o Vargas Llosa. ¿Le parece a usted bien?
Yo creo que somos una generación más que un “Boom”. Y somos una generación que reúne obsesiones comunes que están vinculadas a la historia de nuestros cuerpos, a nuestras historias sociales y políticas, a los territorios donde vivimos, donde hemos nacido, donde hemos emigrado. Historias que le digo que tienen que ver con el territorio, pero cuando le hablo de territorio, no solo me refiero al territorio geográfico, sino la geografía emocional también de cada una de nosotras. Me gusta más hablar de generación. Me gusta más hablar de... No sé si la palabra movimiento será la adecuada, pero generación sí. Generación de mujeres que escribimos sobre la realidad, que como usted dice es sangrienta, que es polémica, que es una realidad que se desmorona entre nuestros dedos. Y sobre todo eso, que aunque utilicemos los recursos de los fantástico, los recursos de lo mágico incluso, aunque sigamos trabajando desde las columnas del realismo mágico, el terror, la fantasía, hay un papel semejante al del periodismo: el mapeo crítico de la realidad que estamos viviendo.
A diferencia del “Boom” clásico, el de los sesenta, en su generación sobresalen las mujeres.
Existían mujeres autoras en los sesenta. Por ahí estaba Elena Garro…
Elena Poniatowska, sí, pero los nombres que se escucharon más fueron los de los hombres.
No es la misma la realidad la de los años 60 que la que estamos ahora. Ha variado mucho el lugar desde donde las mujeres escribimos y desde donde también hacemos denuncias a través de la escritura. O sea, que este tiempo ha generado un cambio importante en los tejidos de la humanidad. No significa que hayan desaparecido las opresiones, no significa que todas las autoras con una valía escritural estén siendo visibilizadas, pero sí que hay mucha mayor presencia de mujeres escribiendo, de mujeres interesadas también en dar a conocer a otras mujeres escritoras, mujeres interesadas en que las lectoras y los lectores puedan encontrar a nuestras hermanas de escritura que comparten tiempo generacional con nosotros, pero también a otras autoras que forman parte de generaciones anteriores que ahora mismo están siendo redescubiertas u otra vez miradas por la crítica y por la lectura.
Me llama la atención también que esta generación “no es de país”. Usted es cubana; Mariana Enríquez es mexicana; Samanta Schweblin, argentina… ¿Es porque todas escriben en castellano?
Es por eso, pero también porque existe una unidad de opresiones también. Eso hace que tengamos historias comunes: casi todas compartimos un rango de edad de entre unos 10 años de máximo entre unas y otras, o sea, que hemos vivido épocas semejantes en el mundo, diferentes décadas quizás, pero con un trazo muy común.
Se lo decía porque yo estudié Literatura Hispanoamericana como la suma de una colección de países.
Pero eso no tiene nada que ver con la escritura, o sea, eso tiene que ver con la academia y tiene que ver con la manera en que se estudia, en que se analizan las obras. Yo entiendo que para agrupar un conjunto de autoras o de autores a veces sea más útil, vamos a decir, en propósitos académicos, estudiarlo por país o por década, en vez de una misión casi que generacional, que incluye otros aspectos diferentes de los estudios filológicos, de los estudios académicos, de los estudios vinculados a la escritura creativa, que ya no es atravesado por un país o por una década, sino es un territorio completo, en este caso un continente, o incluso más, diríamos, Literatura Latinoamericana en sentido general.
¿Qué ha sucedido para que haya vuelto a reverdecer el género de los cuentos?
Las lectoras y los lectores están interesados no solo en el género de la novela, la cuentística. La cuentística latinoamericana, la canónica tiene una fortaleza increíble. O sea, si te pones a mapear por región, por país, por generación, hay un montón de cuentistas: yo me atrevería a decir incluso más que novelistas. O sea, el cuento está en las raíces en Latinoamérica, nosotros somos un territorio muy cuentero, somos un territorio también anecdótico, un territorio que bebe las raíces del realismo, de la política, del realismo mágico, de lo mágico dentro de nuestras propias culturas. Y el cuento ha sido una estructura muy funcional dentro de la narrativa para contar historias breves, historias autoconclusivas muchas veces y que también mapeen una realidad. Yo creo que el cuento nunca ha desaparecido, lo que sucede ahora vamos a decir a nivel comercial es que también el cuento está vendiendo muy bien. Y creo que es debido a que también hay editoriales que están apostando por el cuento. Y si tú apuestas, publicas más. Y si publicas, los lectores tienen un acceso mucho más fácil, mucho más gentil a la cuentística, no solo a la novelística de determinadas autoras y autores. El cuento está muy vivo, nunca ha dejado de estar vivo. Algunas de las historias que yo tengo más grabadas en mi acervo cultural, en mi memoria emotiva como lectora y como escritora, son cuentos.
¿Qué busca con su trabajo como antóloga?
Algo tan simple como los cuentos que a mí me hubiera encantado leer juntos. Ahí están elementos o lugares tan disímiles como Rusia, con Anna Starobinets, o Sudcorea, con Bora Chung. O María Fernanda Ampuero del Ecuador o Mercedes Duque de Espiau, que es de Sevilla. Es como ver desde diferentes geografías cómo las mujeres vemos y mapeamos este mundo. Y también, le dije, diferentes geografías pero podríamos hablar también de diferentes géneros. Porque si bien los cuentos de esta antología que se llama “Moiras” tienen en común que abordan diferentes aristas del horror o del terror, son muy diversos entre sí.
¿Cómo mantuvo los nervios los meses en que escribía “El cielo de la selva”? Da mucho miedo.
Sí, la escribí de forma tensa. Yo creo que no se puede escribir de otra manera. Un texto como “El cielo de la selva” es una novela sobre mucha oscuridad que yo sentí que era como una especie de carrera precisamente a través de un territorio boscoso, montuno, donde la oscuridad se cernía por encima de las cabezas, no solo de las lectoras del futuro, sino de mi propia cabeza mientras escribía. Es una novela sobre la violencia institucionalizada en los hogares, sobre la violencia por encima de los cuerpos, la violencia animal, la violencia contra los niños. Es una novela sobre violencia en el sentido general. Es una novela que además intenta dentro de esos lenguajes de la violencia también aspirar a una construcción de personajes, que es lo que a mí me interesa más. Lo que busco es que tú puedas reconocer al monstruo, un monstruo Jano que te muestra diferentes caras, que también te pregunta los por qué y por qué me he terminado convirtiendo en un monstruo.
¿Cómo estalla la idea de “El cielo de la selva”?
Yo creo que la literatura tiene mucha intuición de imagen también.La historia que descubro que quiero contar me llega siempre a través de una imagen. La imagen que tenía era la del primer capítulo.
La de la abuela.
La mujer desnuda corriendo en la hacienda. Y cuando tú encuentras una imagen que tú dices, quiero explorarla, quiero ir más a fondo, quiero saber qué hay detrás de esa capa aparente, quiero descubrir las costras de esta historia, tú sabes que ya hay algo que quieres contar y un poco es como dejarte conducir por la rienda. Fue un proceso angustioso porque la literatura siempre tiene esa parte angustiosa, pero también para mí es un poco juego. Aunque una escriba de terror, de lo macabro y de lo insólito, también hay un aspecto de juego con el lenguaje que hay que reivindicar. No es solamente un proceso angustioso, es un proceso muy mixto, muy misturado. Y tú te dejas arrastrar por esos personajes, por ese lenguaje, por esa arcilla, la construcción de las palabras y puedes llegar a territorios también como inéditos o no explorados por ti anteriormente.
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