Opinión
La bola de cristal
Los lodos han desaparecido del cauce alto de la ría, pero la incertidumbre afecta hoy a toda la zona ribereña: desde la vieja coquería hasta la parte más lúdica del paseo, que comparten tierra, agua y esperanza de que fructifiquen proyectos

La bola de cristal
Hace casi treinta años jugué a ser adivino. Fue aquí, en LA NUEVA ESPAÑA. El periódico aún estaba en su infancia avilesina y el experimento en cuestión usó como laboratorio la última entrega de la serie "Paralelo 38". Cien artículos que le conté un día a Ángeles Rivero delante de una lasagne al forno. Una centena de textos para relatar la historia del siglo XX cuando el siglo XXI llamaba a la puerta. Esa última entrega no era un artículo, era una osadía. Un salto mortal sin red, sin colchoneta y sin ambulancia. Un intento más propio de Íker Jiménez y otros adoradores del chupacabras para, partiendo del pasado que se había contado durante un año, imaginar el porvenir inmediato consultando una imposible bola de cristal. La locura del entonces llamado "Efecto 2000" me llenó de valor para avanzar lo que podía ser Avilés llegado el primer tercio del siglo XXI. Es decir, hoy.
Hasta aquí el contexto. Han pasado tres décadas y soy el decano de los colaboradores de este periódico en Avilés. Me sobra, por suerte y por desgracia, perspectiva. Con tal prólogo me he propuesto redactar un artículo para soplar las primeras 35 velas de esta edición, el arraigo de más de tres décadas de un diario en una ciudad. Se trata de comprobar los aciertos sorprendentes y los fallos clamorosos de aquel ensayo de nigromante en el que eché al matraz de la imaginación todos mis poderes de precognición, mezclados con los de adivinación. Trataba de responder a la pregunta de Santiago Auserón: ¿qué tiene esa bola que a todo el mundo le mola? Vamos a ello.
Decía allí que el puerto saldría de la incertidumbre. Acierto. El fondeadero comercial aclararía su gestión para no hacerse competencia con Gijón. Se decidiría también la pertinencia de los puertos secos castellanos a retaguardia. Fue que no. Pero se dejaba en el aire la posibilidad de que el puerto pesquero recuperase años de bonanza. Tardó una década. El tiempo que duraron las hostilidades por la gestión de la nueva rula. Casi un tsunami doméstico que destapó muchos intereses y muchas debilidades en torno a la pesquería avilesina. La economía, la costumbre y la política, a la espalda y al horno. Un camino de espinas, combustible y patatas panadera. Una panadera histórica.
Desaparecerían los lodos del cauce alto de la ría. Acierto. La herencia de los tiempos más perversos de la industrialización desatinada se había colado en el siglo XXI, apestando las mejores perspectivas del futuro de Avilés. Hasta 2003 seguía siendo una ciudad sucia y peligrosa para la salud. Aún hoy los ecologistas se quejan por los altos niveles de materiales ponzoñosos y de partículas volátiles que pesan en nuestro aire, además de por la ocultación de datos y de estaciones de medida que se ocultan en aquellos lugares donde los resultados siempre son menores. Pero los lodos eran todo esto y mucho más. El abandono a la vista y al olfato en el patio de manzana de toda una ciudad. Felizmente se enterraron y, con ellos, se enterraron también las últimas chabolas; lo peor del pasado siderúrgico, pues lo mejor hacía tiempo que se había enterrado con prisa y sin nostalgia.
En este paquete medioambiental habría que meter las eternas obras del saneamiento integral de la ría y sus afluentes. De las que, me atreví a aventurar, ya se habrían completado sus fases más cruciales. Acierto. Pero, visto desde hoy, acierto parcial. La depuradora de Maqua, el corazón donde se bombeaba todo el líquido del sistema, se quemó en un amén cual bengala futbolera. Las obras, diseñadas en 1992, no garantizaron una puesta en marcha de todo el sistema hasta que, en 2018, entró en servicio una parte del colector industrial.
Un fabuloso escándalo político-técnico estalló simultáneamente ese mismo año: en la depuradora había que realizar obras de reforma por un valor de 39 millones de euros. El doble del valor de construcción. El proyecto de redacción de esas obras se adjudicó en agosto de 2020. Al año siguiente (más escándalo) trascendió que la depuradora se había edificado en su día, sin ajustarse a la ley, en terrenos de Dominio Público Marítimo-Terrestre. Una cenagosa metedura de pata que no se propagó todo lo que cabría esperar porque, para entonces, la gente estaba más preocupada de que el covid- 19 no le tocase en suerte y este periódico, después de que Covadonga Jiménez relevase a Eloy Méndez, confinado, sin papel y sin medios para capturar las pocas noticias que nacieron en aquellos tiempos funestos.
Por fortuna, en medio de tanta turbación, la naturaleza se abría camino, ayudaba a sanear y clareaba las aguas de una ría antaño calafateada que, desde entonces, veía como se reflejaban en sus riberas las caras de las decenas de pescadores que mataban su ocio y su jubilación caña en mano viendo brillar las piezas que, cada vez en mayor abundancia y variedad, volvían a las aguas que un día le pertenecieron a los aceites pesados y al galipote. Una muestra más de que lo mejor de Avilés había dormido el sueño del abandono durante décadas, pero seguía ahí, esperando a que alguien le sacudiera el polvo para mostrar las virtudes de una ciudad acogedora y bella. Nadie pensaba eso fuera de aquí, y pocos aquí dentro. Cada vez menos, porque la población desciende y las antaño vigorosas cohortes siderúrgicas, con la parsimonia del jubilado, compran "tacatacas" para sus padres. También sobre esto se advertía en el artículo de "Paralelo". Desgraciado acierto.
El fin de siglo había reforzado los servicios en dos actividades nuevas y de importancia estratégica: las culturales y la recuperación del patrimonio histórico. Escribí entonces que eso podría atraer estudios superiores y visitantes. Acierto. Enorme acierto. Las utilidades de la rehabilitación del patrimonio son un caudal que no deja de dar alegrías y dinero a la ciudad. Hay que seguir defendiéndolo porque se pierde todos los días y se rehabilita sin cuidado. Además, el patrimonio industrial ha sido laminado sin contemplaciones, como si fuera un producto más de la antigua Corporación Siderúrgica Integral, pero sigue valiendo la pena. Avilés es una ciudad distinta a otras de su porte porque tiene ese patrimonio. Años de lucha y de divulgación dan ahora sus frutos con visitantes asombrados que han llegado, quién lo iba a pensar, buscando refugio tras la pandemia y encontrando aquí un lugar amable y sorprendente. Como sorprendente ha sido que los edificios históricos puedan ser interesantes para la instalación de una universidad privada. Eso era imprevisible hace treinta años. Nebrija acababa de nacer y Avilés no había nacido aún como opción para casi nada.
Menos aún para hacer deporte y cuidar la salud. Se aventuraba en el tan mentado artículo que la terminación, con piscina y pistas de atletismo, del hoy Complejo deportivo Avilés habría de llegar. Lo mismo que la ampliación del hospital San Agustín. Acierto. Corto, además. La realidad fue más halagüeña que mis previsiones, con la rentabilidad que Avilés saca ahora de la organización de importantes citas deportivas nacionales (duatlones de esto y de lo otro) y con la renovación del Hospital San Agustín y su catalogación como universitario desde 2016. Un coloso que garantiza la calidad de vida de la comarca y que acaba de festejar sus cincuenta primaveras.
Tampoco pude yo imaginar, creo que nadie lo hubiera hecho, que un centro cultural internacional, nominado como el diseñador de su edificio, el afamado arquitecto brasileño Óscar Niemeyer, llegara a inaugurarse en 2011 al pie de la misma ría que tanto nos preocupaba. Fue la ilusión de toda la ciudad. Y el batacazo de la ciudad entera cuando su esplendor fulgurante fue sucedido por su caída inmediata. Ahora navega en tierra de nadie, sin conectar con la ciudad como debiera y sacándole partido al prestigio teatral del Palacio Valdés. El odeón recuperado por la ciudadanía, a pesar de sus políticos, que hoy da fama, cultura y recursos a una ciudad que se conoce en toda España por ese teatro que casi todos quisieron derribar.
La mayor incertidumbre de hoy se asienta en lo que, para aquel artículo de ayer, era la tierra de promisión. Una esperanza a la que llamaron PEPA. Otro acierto. Ha cumplido bien en general, tal vez indefinida en algunos procesos y demasiado esperanzada en otros (centros tecnológicos y semilleros de talentos varios), con empresas que llenan un puerto pequeño de grandes torres eólicas y basamentos offshore con destino a los cinco continentes o a la conquista del espacio exterior y con un corazón puesto en los terrenos de las antiguas baterías de coque. Tan disputadas hoy como olvidadas entonces.
Se decía en el viejo artículo que eran fundamentales, se presumía incluso que en el año 2010 la producción de coque ya estaría parada (un error de cálculo de una década). Se pensaba que su desaparición coincidiría con la apertura de un gran museo siderúrgico que el ayuntamiento anunció para la magnífica térmica de Ensidesa. Esa misma que, por escrito, llamó "la joya de la corona del patrimonio industrial avilesino", y en 2008 entregó, beso de judas mediante, a la piqueta. Pues bien, en aquellas tierras las cosas siguen en ese presente continuo tan municipal y tan avilesino. No han cambiado ni siquiera algunas caras. Más incertidumbre y, sobre todo, mucha más confusión. Fallo clamoroso en mi vaticinio.
Cerca de esos terrenos actuó, hace más de siete décadas, la más gigante máquina del fango conocida por estos pagos. Se llamaba "Draga Pax", y desalojaba, precisamente, los fangos marismeños para que se construyera la prosperidad. Hoy día estas cosas están de moda. A la máquina del fango me refiero. Lo está en los escándalos que pueblan la política española que, por esa célebre mala suerte avilesina, han llegado a salpicar hasta aquí. A un lugar muy cercano a aquel en que operara la draga de succión. Y en vez de absorber, vomita. Lanza fango de escándalos sobre el proceso de derribo de la vieja coquería. Que sí, que al fin llegó la demolición como se apuntaba en aquel artículo, mucho más tarde de lo esperado, haciendo desaparecer lo que había, pero sin poder decir, aún hoy, lo que vendrá. Ya me gustaría poder anticipar esa predicción sobre la que medio Avilés cruza apuestas.
La solución definitiva está aún presa de la incertidumbre que afecta a toda la zona ribereña. Desde Baterías al paseo de la ría. En ese trecho se enclavan el solar de la vieja coquería, el Niemeyer, y la parte más lúdica y deportiva del puerto. Comparten tierra, agua y esperanza con los proyectos electorales que aparecen desde el siglo pasado en esa zona, como el soterramiento ferroviario, la Ronda Norte o una Isla de la innovación que, desde hace dieciséis años, no pasa de ser la isla de las tentaciones.
Todo incerteza. Si, para redactar aquel añoso artículo, hubiese tenido de verdad una bola de cristal como esas que venden en las tiendas de recuerdos, vería, con gran satisfacción, los aciertos en muchas de las predicciones. Y hoy, al ponerla boca abajo, más que la falsa nevada de los suvenires navideños, se agitarían dentro del globo transparente cientos de noticias y el fuego cruzado de mil acusaciones. Comprobaría que, en vez de nieve de mentira, lo que de verdad sube es el nivel del agua de algunas desvergüenzas. Y sigue subiendo a golpe de malas nuevas. No me arriesgaré en este caso a decir hasta cuándo ni hasta dónde. Asciende entre la parcela de Baterías y el paseo de la ría, al que van a hacer crecer, en ese lugar, sesenta centímetros. Por si desbordara.
He aquí lo único seguro. El nivel del agua sigue subiendo. Dicen unos que es cosa del cambio climático, y otros que no es ese el cambio que se acerca. Cualquiera se aventura a acertar. n
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