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Opinión

Una casa llamada Teatro Palacio Valdés

Las primeras experiencias de un desarrollo artístico personal en paralelo a la evolución cultural de una ciudad con un magnífico espacio escénico

Interior del Teatro Palacio Valdés, durante una reciente actuación.

Interior del Teatro Palacio Valdés, durante una reciente actuación.

En 1991, el año en que echó a andar la edición avilesina de LA NUEVA ESPAÑA, me encontraba en plena adolescencia tomando decisiones que, sin saberlo, iban a definir mi identidad y la hoja de ruta que seguiría en la vida. Empezaban a aflorar formas propias de pensar y despuntaban también gustos y preferencias por actividades que tenían que ver con la introspección y la creación principalmente. Aún no era consciente de que el arte acabaría siendo mi verdadero interés y el sentido profundo de mi vida, pero aquellas interminables horas tocando la guitarra a puerta cerrada, versionando canciones a mi manera, o los relatos que escribía con la primera Olivetti que hubo en casa ya anunciaban cuál sería mi pasión.

Después llegaron las primeras experiencias sobre un escenario, en Valliniello: actuar, cantar, inventar historias, diseñar vestuarios y escenografías… Allí descubrí que el teatro solo podía entenderse desde el concepto de equipo, de comunidad, de cooperación y cercanía. Esa sería, para siempre, mi manera de concebir las artes escénicas.

A partir de ahí vino todo lo demás. Treinta y cinco años de desarrollo artístico personal que han discurrido en paralelo a la extraordinaria evolución cultural de la ciudad de Avilés.

En aquel 1991 ya estaban en marcha las obras de rehabilitación del Teatro Palacio Valdés. El futuro de la villa estaba a punto de cambiar para siempre. La reinauguración en noviembre de 1992 fue mucho más que la recuperación de la gran joya arquitectónica de la ciudad: supuso la devolución de un espacio profundamente nuestro y largamente anhelado por la ciudadanía. Avilés se estaba reinventando. Maduraba hacia nuevas formas de estar presente en el mundo, de participar de su propio progreso. Estaba convirtiéndose en una ciudad cultural extraordinaria.

La primera vez que entré en el Teatro Palacio Valdés, durante una de las visitas organizadas con motivo de aquella reapertura, me quedé maravillada. Me pareció el lugar más hermoso del mundo. Magnífico. Me emocionó profundamente que un espacio tan elegante y lujoso, pero al mismo tiempo tan artesano y auténtico, cargado de una historia que hablaba de sueños compartidos, de prosperidad y también de momentos difíciles, fuera realmente nuestro y estuviera aquí, en Avilés. Recuerdo haber pensado: "Yo quiero vivir en este edificio". Y, aunque suene romántico o incluso fantasioso, siento que, de alguna manera, lo conseguí.

Enriquecido por el resto de espacios culturales que también fueron poniéndose a punto y consolidándose durante estas tres décadas y media –incluida la sublime llegada del Centro Niemeyer en 2011–, el Teatro Palacio Valdés nos ha permitido disfrutar de grandes proyectos nacionales e internacionales. He tenido la suerte de ser espectadora de experiencias escénicas increíbles. El paso del Bridge Project, con King Richard III y The Tempest, fue un auténtico acontecimiento para una ciudad pequeña como la nuestra, de una provincia discreta. También he disfrutado enormemente de los grandes intérpretes del panorama nacional que han estrenado aquí, consolidando para Avilés esa denominación de "estrenódromo" que, afortunadamente, parece que nadie nos va a arrebatar. He saboreado teatro musical, conciertos, y hasta de ópera… Al principio desde el gallinero; con el paso de los años, ya pude permitirme ir bajando de planta.

Pero hay mucho más.

Si entendemos de verdad el teatro como un servicio público y asumimos que en el ADN del nuestro está el pueblo y su gente, resulta imprescindible hablar también del teatro hecho en Asturias y en Avilés. Porque este escenario ha sido igualmente testigo del talento de aquí. Hablo de José Lobato, Laura Iglesia, Etelvino Vázquez, Roberto Corte, Jorge Moreno, Cris Puertas, Pilar Murillo o José Rico, entre muchísimos otros.

Con algunos de ellos, yo misma –una actriz modesta y de perfil discreto dentro del panorama asturiano– he tenido la inmensa suerte de vivir momentos inolvidables sobre las tablas del Teatro Palacio Valdés: Faustina, madre de Alejandro Casona; La Celestina; o las Visitas Teatralizadas con motivo del centenario del teatro, encarnando el personaje de María, de la novela Marta y María, de Armando Palacio Valdés.

Otro capítulo imprescindible es el protagonismo del teatro escolar en el odeón avilesino. Desde 1996, sin faltar a la cita, se celebran las Jornadas de Teatro Escolar de Avilés. Una decisión muy inteligente para acercar las artes escénicas a los más jóvenes. No ha sido la única acción, se ha trabajado también en una programación para público infantil y juvenil. Y es muy necesario porque, además de despertar vocaciones artísticas, genera algo todavía más importante: sentimiento de pertenencia. Y eso sin entrar en todos los beneficios que el hecho teatral aporta al desarrollo humano y a la salud mental, aunque ese sea otro tema.

Fue precisamente ahí, de la mano de proyectos del IES Carreño Miranda y del IES Menéndez Pidal, donde di mis primeros pasos como directora.

Por último, el Teatro Palacio Valdés también ha sabido concebirse como un espacio al servicio de nuestra identidad, de nuestras raíces y de aquello que nos pertenece y merece ser preservado. Hemos podido disfrutar de espectáculos en lengua asturiana, si bien es cierto que no tantos como me hubiera gustado. Pero uno de los acontecimientos más relevantes de la historia reciente de la música asturiana y en asturiano tuvo lugar precisamente aquí, el 14 de diciembre de 2019. Fue La Banda Sonora de la Oficialidá, un concierto conmemorativo de los treinta años de los Conciertos pola oficialidá organizados por la Xunta pola Defensa de la Llingua Asturiana. Sobre el escenario se reunieron grandes artistas, desde Rodrigo Cuevas hasta Xune Elipe, pasando por Mariluz Cristóbal Caunedo, Pablo Martínez, Leticia Baselgas, Lluci Palomares y muchos más. Y allí mismo, como presentadora de tan magno evento, vi cómo se cantó y se bailó alrededor de las butacas centrales del patio. Y "nun esbarrumbó" como apuntó Xune con humor. Una celebración colectiva e identitaria difícil de olvidar.

Sí. El Teatro Palacio Valdés es casa. La de todos y todas. También la mía.

Una casa habitada por distintas generaciones, miradas diversas y múltiples formas culturales.

El reto sigue siendo no perder de vista esta perspectiva. Sostener este teatro, cuidarlo y mantenerlo vivo significa seguir teniendo la oportunidad de recibir y aprender de lo mejor que llega de fuera, sin dejar nunca de aplaudir, proteger y mostrar con orgullo todo lo bueno que somos capaces de crear desde dentro.

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