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La ciudad que sigue poniendo la mesa

Razones para recordar Avilés y querer regresar: la visión de las grandes transformaciones locales a través de la experiencia gastronómica

Hay ciudades que cambian por sus edificios, por sus infraestructuras o por sus cifras. Avilés también lo ha hecho. Pero quienes llevamos muchos años mirando la ciudad desde una sala de restaurante sabemos que existe otra transformación, mucho más silenciosa y, quizá, más importante: la de las personas.

Hace más de tres décadas, Avilés iniciaba una nueva etapa. Una ciudad con un enorme peso industrial comenzaba a reinventarse sin renunciar a su identidad. Poco a poco fueron recuperándose espacios, llegaron nuevos proyectos culturales, creció la actividad turística y la gastronomía fue consolidándose como uno de los grandes motores de nuestra imagen exterior.

Yo he tenido el privilegio de vivir esa evolución desde un lugar muy especial: una sala. Desde allí se aprende que una ciudad se entiende escuchando conversaciones, observando reencuentros familiares, celebraciones, comidas de negocios o viajeros que llegan por primera vez y se marchan sorprendidos por lo que han descubierto.

La sala es un pequeño reflejo de la sociedad. Y en estos años también ha cambiado profundamente.

Hoy el cliente viaja mucho más, conoce productos, pregunta, compara y busca experiencias completas. Ya no basta con servir una buena comida. Se espera emoción, cercanía, profesionalidad y autenticidad. Y eso ha supuesto un crecimiento enorme para quienes trabajamos en la hospitalidad.

Afortunadamente, Avilés ha sabido entender que la gastronomía no es únicamente cocina. Es también servicio, productores, comercio, cultura, paisaje y personas. Cada uno forma parte de una misma experiencia que habla de quiénes somos.

He visto cómo muchos visitantes llegaban pensando que Avilés era una parada más y terminaban marchándose con ganas de volver. Eso no sucede por casualidad. Ocurre porque detrás existe una ciudad que ha aprendido a cuidar los detalles.

Sin embargo, el futuro también nos plantea importantes desafíos.

Necesitamos seguir dignificando las profesiones de la hostelería. La sala debe ocupar el lugar que merece, porque representar a una ciudad empieza muchas veces con una bienvenida, una recomendación acertada o una conversación al finalizar una comida. La excelencia nunca es fruto de la improvisación; nace de la formación, del compromiso y del orgullo por un oficio.

También debemos seguir apostando por un turismo de calidad, sostenible y respetuoso con la identidad de Avilés. No se trata de recibir más visitantes, sino de ofrecerles razones para recordar nuestra ciudad y querer regresar.

Y, sobre todo, debemos cuidar aquello que no aparece en las estadísticas: la hospitalidad. Esa capacidad tan nuestra de hacer sentir a alguien como en casa sin perder la profesionalidad. Porque una ciudad acogedora deja huella mucho después de terminar una comida.

Treinta y cinco años después, Avilés es una ciudad más abierta, más dinámica y más conocida. Pero conserva algo que considero esencial: sigue teniendo alma.

Estoy convencida de que los próximos años traerán nuevos cambios, nuevas oportunidades y también nuevos retos. Ojalá sepamos afrontarlos sin olvidar que el verdadero progreso no consiste únicamente en crecer, sino en seguir cuidando a las personas.

Porque, al final, una ciudad se parece mucho a una buena mesa: importa lo que se sirve, pero sobre todo importa cómo se hace sentir a quien se sienta en ella.

Después de tantos años en la sala sigo creyendo lo mismo que el primer día: las ciudades, igual que los restaurantes, serán recordadas por cómo hicieron sentir a las personas. Ese es el mayor patrimonio de Avilés y también su mejor oportunidad de futuro.

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