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Charles de Abreu

Charles de Abreu

CEO de Arcelor Global R&D de España y Brasil

La innovación ya no trabaja sola

El ejemplo de Avilés, donde compartir conocimiento y asumir retos conjuntamente hacen posible que el territorio avance

Vista general del polígono de la ría.

Vista general del polígono de la ría.

Durante años, asociamos la innovación a la capacidad de desarrollar una buena idea. Bastaba con reunir talento, invertir en investigación y crear las condiciones para que ese conocimiento generase nuevas soluciones. Aquella forma de entender el progreso tecnológico respondió a los retos de su tiempo y permitió avances extraordinarios.

Hoy, sin embargo, los desafíos a los que se enfrenta la industria son de otra naturaleza. La transición energética, la competitividad global, la resiliencia de las cadenas de suministro o la irrupción de la inteligencia artificial evolucionan con una rapidez que obliga a revisar constantemente las respuestas. Requieren capacidades diferentes, tiempos distintos y conocimientos que rara vez conviven bajo un mismo techo.

Eso ha cambiado profundamente la manera de innovar.

Hace no tanto tiempo, un laboratorio podía recorrer buena parte del camino por sí solo. Hoy resulta mucho más difícil imaginar un avance relevante que no nazca del trabajo conjunto entre empresas, universidades, centros tecnológicos y administraciones públicas. No porque colaborar se haya convertido en una tendencia, sino porque la complejidad del contexto hace imposible avanzar de otra manera.

Quizá por eso una de las palabras que más ha cambiado de significado sea ecosistema. Durante mucho tiempo sirvió para describir un conjunto de actores que compartían un territorio o un sector. Hoy representa algo mucho más valioso: un entorno donde el conocimiento puede circular, enriquecerse y evolucionar gracias a la interacción entre organizaciones con capacidades complementarias.

Los grandes avances ya no nacen donde se concentra más conocimiento. Nacen donde ese conocimiento circula mejor. Y, probablemente, esa sea la mayor transformación que ha experimentado la innovación en los últimos años. Más que cambiar las tecnologías, ha cambiado la manera en que somos capaces de desarrollarlas.

Pero esa evolución no depende únicamente del talento o de los recursos disponibles. También necesita algo mucho más difícil de construir: confianza. Los entornos innovadores no surgen porque diferentes organizaciones compartan un territorio. Surgen cuando existe una relación lo suficientemente madura como para compartir conocimiento, asumir retos conjuntamente y trabajar con una visión común.

Asturias constituye un buen ejemplo de esa evolución.

Cuando llegué encontré una región con una sólida tradición industrial, universidades de gran prestigio y un tejido empresarial con un profundo conocimiento técnico. Todo eso ya existía. Lo verdaderamente interesante ha sido comprobar cómo esas capacidades han ido estrechando sus relaciones hasta configurar un entorno mucho más conectado. Hoy resulta habitual encontrar proyectos compartidos entre universidad e industria, iniciativas que reúnen a administraciones públicas, empresas y centros tecnológicos o espacios donde investigadores y profesionales trabajan sobre desafíos comunes. Esa evolución ha fortalecido un modelo en el que el conocimiento encuentra con mayor facilidad el camino hacia la aplicación industrial.

Nuestra experiencia en el centro de I+D de ArcelorMittal en Avilés refleja bien esa realidad. Formamos parte de una red internacional de 14 centros de investigación y colaboramos de manera continuada con universidades, empresas, organismos públicos y startups. Esa red no existe únicamente para compartir conocimiento. Existe para que el conocimiento pueda avanzar. La universidad aporta investigación y nuevas perspectivas; la industria plantea los retos reales y ofrece el entorno donde validar las soluciones; el centro conecta ambos mundos para que las ideas puedan desarrollarse, contrastarse e implantarse allí donde generan un impacto tangible. Solo cuando ese recorrido se completa la innovación alcanza todo su valor.

Los territorios que mejor están respondiendo a esta nueva realidad no son necesariamente los que concentran más recursos, sino aquellos que han sabido construir entornos abiertos, conectados y capaces de convertir el conocimiento en valor para la sociedad. Creo que esa es una de las grandes fortalezas que Asturias ha ido consolidando durante los últimos años y una magnífica base para afrontar los desafíos que vendrán.

Esos desafíos seguirán cambiando. Llegarán nuevas tecnologías, surgirán nuevas exigencias regulatorias y aparecerán problemas que hoy todavía no somos capaces de anticipar. Lo que difícilmente cambiará será la necesidad de seguir construyendo entornos donde el conocimiento circule, se enriquezca y encuentre el camino hacia quienes pueden convertirlo en soluciones útiles. La mayor transformación de los últimos años no ha sido tecnológica. Ha sido comprender que la innovación ya no trabaja sola.

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