Opinión

Arqueólogo y escritor
Las marcas del agua
Un proyecto periodístico fraguado en una ciudad del norte de España y fabricado en pasta de papel procedente de los bosques escandinavos
En la luna de cuarto menguante, durante la primera jornada del turno de corta en los bosques de Hallstavik, los leñadores de la población escogían uno de los abetos plantados treinta o cuarenta años antes en la colina y un leñador de la misma edad, nacido entonces, nacido en los días del árbol, procedía a hachar el tronco a mano. Era un acuerdo pactado entre la población y la empresa Holmen, cuando esta se mecanizó y grandes taladoras eléctricas comenzaron a tronzar el silencio empantanado en la falda de la colina, sobre la bahía, y los leñadores, con el ánimo de respetar un último aliento de las formas tradicionales de clarear los bosques profundos, solicitaron permiso para talar sin maquinaria, a la vieja usanza, el primero de los abetos sacrificados en el año de corta.
El leñador había cumplido treinta anillos. Y si el orden previsto por la naturaleza dictaba la mayor longevidad del árbol y la muerte anticipada del hombre, en los terrenos de la papelera Holmen, poblados por miles de hectáreas de hombres y abetos, esta dinámica se había invertido. Un leñador experimentado requería de cuatro o cinco golpes de hacha para derribar un tronco de porte mediano. El leñador elegido lo hizo en tres, empuñando el hacha herencia de su padre que reposaba al concluir la faena sobre la visera de la chimenea de su casa familiar. Crujió el tronco del abeto al partirse las últimas astillas que anudaban el tronco al tocón. Luego hubo silencio. Varios hachazos cortos. Algún resoplido. El leñador pudo distinguir en el tocón el veteado rojo que señalaba en el corazón de los árboles las temporadas de lluvia que empapan la montaña y lavan las rocas dándoles el aspecto de los metales lisos. Los viejos leñadores llamaban a esas manchas rojizas "las marcas del agua" y como las caprichosas formas que algunos lunares dibujaban en la piel de los niños al nacer y que recordaban en sus diseños la silueta de constelaciones, runas o bestias sagradas, las marcas de los abetos se consideraban indicios de buenaventura.
El abeto fue apilado en un camión de la empresa y transportado a la serrería, descortezado y despiezado, destinándose los rollos grandes a los talleres de carpintería y las ramas de distinto grosor y la lluvia de virutas que habían saltado de las enormes sierras de disco, acarreadas en camiones de gran tonelaje hasta la planta de la papelera Hallsta Pappersbruk. El ramaje, las astillas y las virutas fueron trituradas, humedecidas y prensadas hasta formar una pasta pulposa alisada en hojas por los rodillos. Una remesa de esta simiente carnosa de los abetos se reservó para abastecer a los periódicos que demandaban un papel fino, de un gramaje ligero como el humo y una textura porosa que permitía succionar rápidamente la tinta fresca y negra de las palabras escritas por los periodistas que fumaban y redactaban sus artículos en las máquinas de escribir con un nervioso tableteo, pendientes del reloj, pendientes de la hora de cierre.
Grandes guillotinas en la nave de procesamiento recortaron los rollos de papel con las medidas estándar exigidas por los rotativos para dar cabida en amplias páginas a la rutina comprimida del mundo y antes de embarcar los cargamentos sobre palés de madera en los cargueros de la empresa y emprender rumbo hacia los puertos europeos y amarrar en su itinerario en los muelles del puerto de Bilbao, descargarlos a continuación y subirlos a los camiones de los transportistas, los empleados los envolvían cuidadosamente en papel kraft para ponerlos a salvo del mar y del viento costero y de los baches de asfalto de las carreteras que surcaban muy cerca de los acantilados la ruta del norte. El conductor del camión, un Iveco de color azul, se llamaba Ignacio Oyarzábal y ese día, que transcurrió en la primera semana de abril del año 91, otros camioneros le advirtieron por radio de una retención de tráfico a la altura del kilómetro 198 provocada por un grave accidente. Una larga frenada de color carbón... Pedazos de intermitente naranja... Una defensa desprendida... El Guardia Civil le ordenó continuar.
Toda esta dinámica de hombres y máquinas y barcos y camiones y accidentales golpes del destino que había comenzado con el primer hachado en los bosques oscuros tenía su razón de ser en una escueta carta depositada en un escritorio de la sede que la empresa Holmen había inaugurado en Madrid un año atrás, aprovechando la recesión en el mercado del papel que había llevado a la bancarrota a otras competidoras, y en esta coyuntura, diarios que habían comprado sus remesas durante décadas en las papeleras del país corrigieron la dirección de sus misivas enviándolas al nº 54 de la calle Cristóbal Bordiú. La carta, escrita en letra de máquina, solicitaba una cantidad determinada de papel a nombre de un periódico con su sede social asentada en una capital del norte del país, una parte de la cual, tan pronto como se recibiese el envío, se trasladaría a una población de la costa junto a una ría navegable donde el diario había establecido una segunda redacción en fechas recientes.
Descargaron a su llegada el camión. La remesa de papel penetró por el portón del almacén del periódico. Páginas impolutas, con minúsculas partículas de astillas despuntando del gris y el polvo blanco de los lirios de Roslagen que quedaban prendidos a las ramas de los abetos durante la tala y se trituraban y maceraban mezclados con la madera, dando a las páginas de los diarios un matiz nacarado. Unos días después, muy temprano, en el amanecer del 23 de julio, el repartidor de prensa embarcó en su camioneta la tirada de periódicos elaborados con la pulpa del abeto de treinta años, dirigiéndose con el flete por la carretera de la costa hasta una población situada a unos kilómetros de distancia donde se desperezaban a esas horas los trabajadores de las empresas, borbotaba el café en las cocinas de los pisos y mujeres sin horario pero con mucho trabajo a deshora se recogían el cabello con sus prendedores y aconsejaban las primeras decisiones del día bostezando abiertamente.
La carretera estaba despejada y por la ola de calor de esos días del verano hervía la tierra suelta del arrabal. El repartidor aparcó su furgoneta en la parada del autobús para descargar a mano los periódicos enfardados con flejes en el primero de los kioscos de venta. El tendero del puesto madrugaba. Le gustaba comprobar en persona los envíos para tenerlos listos a la hora en que los trabajadores de la planta de zinc del turno de noche volvían con el sueño reprimido y compraban el periódico, y el pan, y se iban a dormir. Saludó el repartidor al tendero y el tendero le devolvió el saludo. "Va a llover", le dijo el repartidor. "No dan agua2, replicó el tendero. Y cerciorándose en el cielo de su pronóstico, el repartidor repitió sus palabras: "pues va a llover". Después se despidió y se cruzó de regreso a su camioneta con un chico que caminaba de doblete con su walkman enganchado al cinturón y una camisa de cuadros atada a la cintura, los cascos del walkman inundando sus oídos de una canción cuya letra el chico repetía:
"A gentle whisper in the trees..."
(Un suave susurro en los árboles...)
Arrancó la furgoneta del repartidor despidiendo una humareda blanca. El tendero se dispuso a cortar los flejes del empaque para colocar los ejemplares del diario en el expositor delantero del kiosco. Observó que caían las primeras gotas de lluvia, gotas gruesas de un chaparrón de verano que repicaban en el tejado de chapa. Varias de ellas impactaron en tres letras de la portada: una L, una N y una E. Era el 23 de julio. Era martes. Y recontaban en la mano su calderilla los obreros haciendo cola frente al kiosco. Y el cielo, en esos momentos, dejaba caer sus gruesas gotas de lluvia sobre el titular. Eran las marcas del agua.
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