Opinión

Directora del Centro de Servicios Universitarios de Avilés
Memoria de destello
Las formas de procesar los recuerdos reales y los falsos en la memoria y el significado del fin de una era para Avilés en las demoliciones de Baterías

La silueta de la iglesia de los Padres y las torres de Santo Tomás de Cantorbery, a la derecha.
Si digo Avilés, digo casa. Digo identidad, historia. Si digo Avilés, digo memoria.
Crecí en un Avilés de tonos grises. Había contaminación. Esto afectaba a la salud pública y también incidía en la degradación progresiva del entorno. Por aquel entonces los discursos sobre medioambiente no estaban tan articulados como ahora, así que para muchos niños, niñas y adolescentes de mi generación el gris era simplemente un color, uno más en la paleta cromática de nuestra normalidad. Las baterías de cok sugerían una línea divisoria: su verticalidad era una suerte de frontera más allá de la cual se encontraban tonalidades diferentes a las nuestras. Sentíamos el anhelo de transgredir—sobrepasar los límites arbitrarios del espacio siempre resulta seductor en la juventud—pero también estaban el calor de lo conocido y el deseo de permanencia.
Mi padre trabajó en ENSIDESA durante toda su vida laboral. Se levantaba temprano y yo oía desde mi cama el sonido de la ducha y el zumbido tenue de su máquina de afeitar, todo ello amortiguado por el tabique que separaba mi habitación del cuarto de baño. Mi padre leía mucho al volver del trabajo. Era un hombre de vida sencilla y de cultura sólida. Junto a Ana Karenina o al Doctor Zhivago –a papá le gustaban los clásicos rusos– me hablaba del cok, del sínter y de la térmica. Todo formaba parte de nuestra semántica habitual. Hace unos meses, haciendo limpieza, mi madre y yo encontramos una toalla blanca, ya áspera por el paso del tiempo, de aquellas que la fábrica daba a sus trabajadores, con la palabra ENSIDESA a modo de guirnalda o límite. Y me sentí otra vez en aquellas pequeñas horas de la mañana mientras mi padre se preparaba para desempeñar su labor de maestro industrial. Así que cuando digo Avilés, digo casa y digo amor. Digo también historia personal y colectiva: gris, blanca y llena de matices. Supongo que así es lo que llamamos realidad: un amasijo complejo y poliédrico, no exento de contradicciones.
Entre septiembre y octubre de 2023 tuvieron lugar las demoliciones programadas de las baterías de cok de Ensidesa. Algunos colegas de la universidad y algunas amigas estuvieron presentes. Yo no quise estar. Se tomaron fotografías y se grabaron vídeos que circularon a gran velocidad. Para algunos las imágenes no provocaban emoción: solo reflejaban una etapa más hacia el futuro, un gesto necesario para dejar atrás, y definitivamente, la gama de los grises; para otros muchos, como para mí, la demolición significaba el fin de una era. A la muerte de mi padre se superponía ahora la desaparición de un paisaje industrial que siempre me había parecido hermoso.
La memoria de destello –o efecto flashbulb– hace referencia al impacto que un evento traumático nos deja en el cerebro. Recordamos al detalle lo que hacíamos, dónde y con quién nos encontrábamos cuando recibimos noticias tan perturbadoras como las del 11-S. También recordamos nítidamente –aunque los recuerdos siempre están alterados por nuestra memoria– el preciso instante en que nos informaron de la muerte de un ser querido. Revivimos olores y la sensación de frío o de calor que nos atravesó cuando nos rompieron el corazón.
Yo estaba tumbada en el sofá cuando llegaron a mi móvil los vídeos de las demoliciones. Llevaba una camiseta blanca y un pantalón corto de cuadros vichy. Sentí calor, luego un sudor frío. Después tristeza. También sentí dolor. Quizás experimenté solastalgia, ese estado de melancolía que la prestigiosa revista médica "The Lancet" atribuye a la desaparición de hábitats que han sido importantes para nuestra identidad. Cuando pienso aquel momento, escucho el sonido de algo que se rompe, algo cóncavo. Y una pequeña tormenta se descarga en mi zona cervical. Resulta curioso cómo nuestro cuerpo somatiza aquello que en un momento dado excede la capacidad de nuestras emociones. También veo el polvo tras la caída. Y después el silencio. La intensidad hace que incluso piense que yo estuve allí, que vencí mis pocas ganas de ser testigo y acompañé a las baterías en su abandono del límite vertical de mi adolescencia. Escribe Oliver Sacks, eminente neurocientífico norteamericano, que nuestro cerebro procesa de igual manera los recuerdos reales (la memoria de lo que hemos vivido) que los falsos (los episodios que no tienen un referente en la realidad consensuada pero que creemos verídicos por la potencia emocional que supusieron). Hay muchas maneras de estar, no cabe duda, y no todas son físicas.
Entonces pestañeo y así, sin más, estamos en 2026, sumando años a nuestra historia personal y colectiva. Como profesora de la Universidad de Oviedo y actual directora del Centro de Servicios Universitarios (CSU), en esta celebración de LA NUEVA ESPAÑA pido un deseo, como quien sopla las velas de una tarta. Y es que se realicen investigaciones e intervenciones artísticas sobre nuestro pasado reciente, para que nuestra historia quede preservada material e inmaterialmente, en toda su compleja y contradictoria belleza. En mis clases de literatura en la facultad suelo decir que la poesía es la capacidad que tienen las palabras para traducir el mundo y para convertir el dolor en otra cosa. Así que deseo, con tozudez innegociable, que el Avilés del futuro contenga, en un gesto poético invencible, todos los colores del pasado y del presente. Los blancos puros, los verdes impactantes, los rojos brillantes, los azules infinitos. Pero también toda la diversa gama de los grises. n
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