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Carlos Cuadros Soto

Carlos Cuadros Soto

Director del centro Oscar Niemeyer

Oscar Niemeyer nos regaló una curva

Un proyecto convertido en patrimonio emocional de una ciudad que ha aprendido a mirarse con una serenidad distinta

Atardecer en el entorno del Oscar Niemeyer.

Atardecer en el entorno del Oscar Niemeyer.

Decía Antoni Gaudí que la línea recta pertenece al hombre mientras que la curva pertenece a la naturaleza. Oscar Niemeyer debió de pensar algo parecido. Toda su arquitectura parece escrita para demostrar que las curvas no son una excepción del paisaje. Son su lenguaje. El regalo del maestro brasileño que hoy disfrutamos en Avilés nació de un trazo curvo en un papel. Quizá por eso la mayor lección del Centro Niemeyer trascienda la belleza de sus curvas y habite en la metáfora que encierran. Las ciudades tampoco avanzan en línea recta. Las ciudades viven haciendo curvas. Como las personas.

Las curvas parecen alejarnos del destino. Sólo con el tiempo comprendemos que eran el único camino posible para alcanzarlo. Durante décadas, Avilés creció entre líneas rectas. Las chimeneas, los muelles, las vías férreas y las grandes naves industriales dibujaban el paisaje de una ciudad que avanzaba con la velocidad de un tiempo en el que el progreso parecía consistir en llegar cuanto antes. Aquella energía transformó Asturias y escribió una de las páginas más importantes de su historia. También dejó una huella profunda en la forma de mirar la ciudad. Años después aparecieron las curvas de Niemeyer y propusieron otra manera de avanzar. Como esos caminos que permiten descubrir el paisaje mientras se recorren. Caminos donde el futuro se construye en meandros de tiempo, de belleza y de esperanza.

Cuando Oscar Niemeyer regaló su proyecto a Asturias estaba invitando a que Avilés dibujase una curva sobre el mapa de su historia. No para olvidar todo lo que había sido, sino para descubrir que la industria y la cultura podían compartir un mismo paisaje junto a la ría, del mismo modo que memoria y futuro pueden convivir sin excluirse.

Pocas veces un proyecto despertó una esperanza semejante. Por primera vez en mucho tiempo los avilesinos sintieron que, por fin, se miraba a su ciudad con una ambición distinta. Aquellas formas blancas junto a la ría parecían anunciar que Avilés podía empezar a contarse desde la arquitectura, el arte, el conocimiento y la creación.

Pero las primeras curvas del camino fueron también las más difíciles. Los años iniciales estuvieron marcados por una dolorosa incertidumbre. La ilusión dejó paso a las dudas. Hubo momentos en los que pareció que aquella oportunidad extraordinaria podía desvanecerse. La decepción resultó especialmente profunda porque nacía de una esperanza igualmente intensa.

Las curvas tienen, sin embargo, una virtud que las líneas rectas desconocen. Al seguir avanzando se descubre qué hay al otro lado. Con el paso de los años, el Centro Niemeyer dejó de ser noticia de titular fácil para convertirse en costumbre. Y pocas cosas hablan mejor de una institución cultural que el día en que llega a ser costumbre. La vida comenzó a llenar la Plaza de escolares, de familias, de visitantes de más cerca y de muy lejos, de artistas y de ciudadanos para los que el edificio había pasado a formar parte de su vida cotidiana. Las exposiciones sucedían a otras exposiciones; el teatro, el cine, la música y la literatura iban ocupando su lugar con la discreción con la que las instituciones maduras terminan integrándose en una comunidad.

Pienso que ahí ha residido el éxito de este proyecto cultural. Hay curvas que entusiasman porque permiten descubrir un horizonte inesperado. Otras obligan a reducir la velocidad y a confiar en que el camino continúa más allá de lo que alcanzan los ojos. El Centro Niemeyer ha conocido ambas. Quince años después, el proyecto con aquellas curvas ha dejado de pertenecer exclusivamente a quienes lo imaginaron para convertirse en patrimonio emocional de quienes lo viven cada día. Porque las ciudades necesitan lugares donde encontrarse. Como las personas.

Y, también como a las personas, les gusta mirarse en el espejo. La ría lleva siglos ejerciendo ese oficio silencioso. Hoy, cuando ha recuperado la limpieza y la calma, el agua devuelve una imagen que había permanecido oculta. Allí siguen los históricos astilleros, las grúas, las fábricas, los barcos y la memoria de generaciones enteras. Allí aparecen también las curvas blancas imaginadas por Niemeyer. El espejo no establece diferencias. Las abraza. Todas forman parte de la misma ciudad que ha aprendido a mirarse con una serenidad distinta.

Durante treinta y cinco años, LA NUEVA ESPAÑA también ha sido un espejo que ha acompañado la vida de Avilés narrando sus transformaciones, sus alegrías, sus incertidumbres y sus debates. Esa es una de las funciones más nobles del periodismo: ofrecer a una comunidad su reflejo mientras cambia.

Hoy, cuando uno se detiene junto a la ría y contempla el reflejo del Centro Niemeyer sobre el agua, comprende que aquellas curvas de hormigón blanco nunca dibujaron únicamente un edificio. Dibujaban también una manera de avanzar. Un camino que invitaba a creer que una ciudad puede escribir nuevos capítulos sin arrancar las páginas anteriores de su historia. Que la cultura puede convivir con la industria. Que la memoria y la innovación pueden caminar juntas. Como las personas… Y que el mejor camino para llegar a un lugar rara vez es una línea recta.

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