El Hospitalillo de Ensidesa cumple 70 años: un repaso a la historia del centro por el que pasaron miles de trabajadores
El centro sanitario abrió en 1956 para atender a los obreros de la construcción de la siderúrgica y llegó a contar con un centenar de trabajadores

Antes de que el primer horno alto de la fábrica avilesina de la antigua Ensidesa —se llamaba “Carmen”— produjera su primera tonelada de arrabio —eso fue en 1957—, ya estaba funcionando el Hospitalillo de Llaranes. Abrió sus puertas en junio de 1956; lo recuerda bien el doctor Manuel Vigil, el segundo director de la institución sanitaria que servía para atender “a todo aquel” que llamaba a la puerta “con una enfermedad”, en palabras en la prensa del primer jefe de los Servicios Médicos de la gran siderúrgica, otro doctor: Bernardo Mauro Aguado.
Hace setenta años, pues, abrió el sanatorio de la empresa. “Y luego tiramos la llave a la ría”, para que nadie pudiera cerrarlo después, escenificó el doctor Mauro, que siempre fue incombustible.
El Hospitalillo antes que el primer arrabio
Hubo un momento en que en el Hospitalillo de Ensidesa trabajó un centenar de personas. Ahora no: ahora hay cuatro médicos y cuatro ATS; exactamente los mismos que en Veriña. Lo que ha cambiado de un momento a otro sirvió también para cambiar España y el sistema económico: la siderúrgica pública lleva tres décadas —más o menos— siendo privada; los médicos con plaza en el centro médico de la avenida de Gijón ahora son externos. Sobremanera, los fines de semana.
Antes no había Hospital San Agustín —abrió hace medio siglo, este año de ahora mismo es el suyo número cincuenta—. La gente que se ponía mala en Avilés se curaba en el Hospital de Cruz Roja —estaba en la calle de Jovellanos, justo donde la sede de la ONG— o en el Hospital de Caridad, el que levantaron a pachas Manuel del Busto y Tomás Acha y que el año que viene cumple un siglo. “El Hospitalillo nació para atender el alto número de trabajadores accidentados en las obras de construcción de la fábrica”, cuenta Vigil. De ahí que su realidad fuera previa a la productiva.
La dársena de San Agustín —ahora es más conocida como la del Niemeyer— fue una de las primeras obras anexas a Ensidesa en ser una realidad. Y fue de las primeras concluidas porque para la fábrica era imprescindible poder descargar carbón, mineral de hierro y otras materias primas. Después vinieron las Baterías de coque —las que desaparecieron en 2023: ahora solo aguanta un gasómetro y el Puerto de Avilés quiere invertir en ellas su ampliación—. Tras ellas, la Térmica —está en los libros de Historia desde los noventa—.
De 1957 es el primer arrabio.
Un sanatorio a pie de fábrica
Francisco Goicoechea Agustí es el nombre del arquitecto que se encargó de planear el Hospitalillo: entre las Baterías y el barrio de Llaranes, a pie de carretera —entonces no había autopista—. Rubén Domínguez escribe: “Con las más avanzadas tecnologías del momento, con personal proveniente de toda España y con las Hermanas de la Caridad como personal auxiliar, entró en funcionamiento el centro de servicios sanitarios a comienzos de 1956”.
El primer director
El primero que vino “de toda España” fue el doctor Mauro Aguado. “Trabajaba en aquellos años en Madrid, junto al doctor José Estella, en el Hospital Clínico San Carlos”, cuenta Manuel Vigil. “Le pidieron un cirujano ‘brillante y joven’ y no se lo pensó dos veces: dio el nombre del doctor Mauro, de su discípulo”, añade Vigil.
Juan Antonio Suanzes, el primer presidente del Instituto Nacional de Industria (INI), “necesitaba un botiquín” para atender a los heridos laborales. La atención sanitaria en aquellos años de la autarquía brillaba por su ausencia. “Si la cosa era grave, teníamos que trasladarnos con ambulancia, pero cuando llegábamos a Infiesto muchas veces nos parábamos porque pasaba un tren: y perdíamos cuatro o cinco minutos vitales”, cuenta Vigil ahora que LA NUEVA ESPAÑA le pide que haga memoria de su vida laboral y de la del doctor Mauro. “Era mi tío, estaba casado con la hermana de mi madre. Cuando le dijeron que tenía que llamar a un médico dijo: ‘Tengo un sobrino estudiando Medicina en Barcelona’”, reconoce.
Mauro Aguado, un cirujano global
Cuenta Vigil que cuando se dice que su antecesor en el cargo también era fundador del servicio —cuando Ensidesa despidió al doctor Mauro, a comienzos de los ochenta, le sustituyó Vigil— es porque se encargó de organizarlo. “El doctor Mauro podía operar un pulmón y el cráneo, era un cirujano global, algo increíble en estos momentos de superespecialidades”, aplaude Vigil.
Con Mauro trabajaban en los primeros días del Hospitalillo media docena de médicos más —alguno había venido a Avilés desde Madrid—. “Consiguieron convertir el sanatorio en el único centro con guardia antes de llegar a Oviedo”, concluye. O sea, el botiquín para los obreros heridos muy pronto fue para todo el mundo —no hubo, sin embargo, servicio de ginecología—. “En un momento dado, entró a trabajar hasta un pediatra”, señala el doctor. “No hacía falta trabajar en Ensidesa; el doctor Mauro decía que se atendía a todo el que llamaba a la puerta”. Así que el Hospitalillo empezó a atender problemas en ojos, huesos, corazón y pulmón. “Y todos, además, éramos especialistas en Medicina del Trabajo”.
Los servicios auxiliares —cocina, lavandería, mantenimiento…— se sumaban a las monjas enfermeras y el resultado de todo aquello fue ese centenar de trabajadores encargados de la atención sanitaria en los años previos a la universalización del Insalud. Viudas de trabajadores muertos en accidente completaban sus pensiones ridículas trabajando en el Hospitalillo.
Del esplendor a la reconversión
Al doctor Mauro le obligaron a jubilarse en 1983 —había que aligerar las cargas a la empresa, denunció el médico en la prensa de aquellos días—. Manuel Vigil tomó las riendas del Hospitalillo y creció todavía más: un edificio de fisioterapia, dos UVI móviles; el sanatorio se convirtió en un servicio de Prevención Global. “Compramos un autoanalizador, que no lo tenía el Hospital”, cuenta Vigil. “Y entonces llegaban las dudas: en la Seguridad Social me dicen una cosa y aquí, ustedes otra. ¿De quién me fío?”, recuerda Vigil. “El autoanalizador era casi perfecto, pero los análisis del Hospital se hacían a mano”, explica el segundo director del sanatorio.
“Lo de las UVI tuvo su cosa. Me planté en el despacho del presidente de la empresa. Le dije que necesitábamos una ambulancia potente. ‘¿Cuánto cuesta?’, me preguntó. ‘Quince millones’, le dije. ‘Compra dos y no me molestes’”. Eran los años buenos de Ensidesa. Que también los hubo.
La reconversión industrial también se dejó notar en el Hospitalillo. “A partir de 1988 comenzaron las externalizaciones, es decir, no se cubrían las bajas… Decían que había más médicos que encamados”, cuenta Vigil, que dejó la dirección del servicio. “Se siguió operando, sin embargo, hasta mediados de los noventa. La atención fue reduciéndose poco a poco. Dijeron: ‘Hay que hacer como con el economato’”. Así que cuando Ensidesa cambió a CSI se puso a la venta “a precio de inventario”. Nadie lo compró. Ahí sigue. Setenta años después.
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