El año más dulce de Avilés: un siglo de helados y mantecados "gourmet"
Hace una centuria cambió la gastronomía avilesina: Los Valencianos inicia su historia con helados de avellana y mantecado, Galé universaliza el imperial y la ciudad vive un año de efervescencia cultural

Banquete en honor a José Francés en el teatro Palacio Valdés en 1926.

El año que cumple un siglo entero ahora -1926- fue el más dulce de Avilés. La empresa Los Valencianos comenzó su aventura comercial vendiendo helados de «avellana y de mantecado», cuenta Román Guillem, el bisnieto de los fundadores de la empresa. Y luego aclara: “Lo de ‘mantecado’, al final, venía por añadir huevo al postre”.

Antonio Guillem detrás del carrito de Helados Los Valencianos. / Cedida a LNE
Aquel es el año en que el escritor norteamericano Scott Fitzgerald acababa de publicar «El gran Gatsby», o sea, su mejor libro todavía era una novedad en librerías y no un clásico en las aulas. Algo así le pasó al cineasta Buster Keaton, que presentó como sin darse importancia «El maquinista de la General».
Así que, a la vez que los valencianos Guillem -el primero de todos se llamaba Antonio Guillem y era bisabuelo de Román, el actual administrador de la empresa- empezaron a endulzar la vida de los avilesinos, la confitería Galé -había abierto por primera vez en 1876, pero en 1926 sus propietarios se habían traído de la capital del Sena toda la modernidad parisina, o sea, toda la disponible en aquellos días-, comenzó a vender el «mantecado imperial» que se ve en los anuncios de la prensa de entonces.
Por entonces, en Avilés, todos cocinaban el mantecado señero. Lo recuerda Josefa Sanz, la cronista oficial de la villa: “En casa todo el año había leche, había harina y había manteca…”. O sea, endulzar los días era un desempeño que no requería mucho gasto. De todo esto se va a hablar en uno de los seminarios que la asociación de los Cursos de La Granda ha organizado este verano: el día 6, José Manuel Velasco lanza una pregunta al aire: “¿Puede un producto convertirse en bandera de la ciudad?”.
Parece que la respuesta es afirmativa: los mantecados forman parte de la dieta avilesina -como la longaniza de Avilés o la merluza de La Parra- y están documentados desde el siglo XVII. No siempre, aclara Sanz, con azúcar. “El azúcar era muy caro”. Pero en 1926, el mundo estaba cambiando: los años buenos que vivió la economía española a cuenta de la neutralidad en la Primera Guerra Mundial se notaban de una cierta manera en un país que, sin embargo, gobernaba un dictador -Miguel Primo de Rivera- con el beneplácito de un rey -Alfonso XIII, el abuelo del Emérito, el bisabuelo del presente monarca-. Miguel de Unamuno llamó a aquella época como una «tiranía cuartelera».
El pasado dulce
Existe un consenso casi universal sobre Avilés: antes de que Galé empezara a vender su mantecado avilesino, lo había hecho la confitería Gil -con sede en la Fruta y en el Parche-. Estos madrileños lo llamaron «pumaceno», que es, probablemente, una deformación popular de «Nepomuceno».
Cuando fue que llegaron las fiestas de Pascua -las del doctor Claudio Luanco-, el molde empezó a tomar forma de cruz de San Andrés. Cruces y fe en Semana Santa; cruces y hambre saciada después de la pasión.
Y toda esta dulzura se completó con el nombramiento como Hijo Adoptivo de Avilés a José Francés, que era el secretario perpetuo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y el crítico de arte más importante de España en aquellos entonces. Eso fue en las fiestas de San Agustín de aquel 1926 de hace un siglo.
Ramón del Valle-Inclán, que ya había escrito «Luces de bohemia» y todas las «Sonatas», se paseó por Avilés en septiembre, unos días después del fiestón de Francés, y dio una charla de esas que daba en aquellos tiempos populares: «Autocrítica literaria». Un día le preguntaron que por qué no escribía más en la prensa: “Avillana la prosa”, recalcó todo fino.

Ramón del Valle-Inclán. / Cedida a LNE
El año en que el avión «Plus Ultra» unió este lado del Atlántico con el otro, Avilés se abría hueco en la actualidad pictórica -y sin Centro Niemeyer, ni Bienal Climática, ni nada-. José Francés y su prestigio -y también Luis Menéndez «Lumen», el poeta, el fundador de la Biblioteca Circulante- habían montado ese mismo verano de 1926 la III Exposición de Pintores Asturianos -antes sólo habían sido avilesinos, lo recuerda bien Ramón Rodríguez-.
El teatro Palacio Valdés se convirtió en un salón de recepciones de lujo para agasajar al crítico forastero con ganas de hacer sobresalir a los hermanos Espolita, a los Soria… Hay una foto de la fiesta de celebración que salió la primera vez en la revista -a todo color, se decía hace un siglo- «La Esfera», que era la revista principal para levantar la mano y elevar el alma.
La confitería Galé en aquellos días abrió «el primer salón de té de Avilés», apunta la cronista oficial. La tienda La Avilesina se considera ahora como su heredera universal. Un siglo después, Los Valencianos han engordado su oferta de helados: el mantecado y la avellana se han quedado como exquisiteces. La mandarina y la frambuesa alegran la cara. Y la lista de dulces de todo el país es como un desplegable.
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