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Juan Mayorga: "El animal en escena tiene un doble valor: poético y político"

"Somos, en alguna medida, el relato que nos contamos a nosotros mismos", dice el premio "Princesa de Asturias"

Juan Mayorga, en el teatro Palacio Valdés, de Avilés, durante su representación de "La gran cacería"

Juan Mayorga, en el teatro Palacio Valdés, de Avilés, durante su representación de "La gran cacería" / Miki López

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Saúl Fernández

Saúl Fernández

Avilés

El dramaturgo Juan Mayorga (Madrid, 1965) es el autor de “Palabra de perro”, el drama que este viernes (20.00 horas) se representa en el teatro Palacio Valdés de Avilés. Se trata de un espectáculo incluido en el ciclo Barroco a escena que bebe del “El coloquio de los perros”, una de las novelas ejemplares de Miguel de Cervantes. El premio “Princesa de Asturias” de las Letras de 2022 conversa con LA NUEVA ESPAÑA por teléfono.

Lo suyo con los animales empezó muy pronto, ¿no?

Sí, bueno, de hecho, fue “Palabra de perro” mi primer intento con animales, al que luego siguieron, no recuerdo ahora exactamente en qué orden, “Últimas palabras de ‘Copito de Nieve’”. “La tortuga de Darwin”, “La paz perpetua” y “La gran cacería”, que es una obra en la que, como sabe, aparece en cierto momento un oso y un tigre y los animales tienen también mucha importancia. Yo ya hace años me releí... “El coloquio de los perros”. En mi adolescencia y en mi primera juventud había leído de forma desordenada las “Novelas ejemplares” y releí, como digo, esto del “Coloquio de los perros” y desde entonces puedo decir que tengo una relación íntima con Cipión y Berganza. Se trata de un texto en el que, como en otros casos míos, no he dejado de pelear y que comenzó siendo quizá una versión bastante ortodoxa de la novela cervantina y de la que modestamente me he ido apropiando y que espero que no deje de ser cervantina, creo que no lo es, pero al mismo tiempo creo que es un texto donde algunos espectadores me reconocerán.

En “Palabra de perro” ya hay avances de su manera de contar historias: un perro que habla le dice a otro que necesita hacerlo para limar las asperezas de su vida.

Sí, claro. Es una obra en la que aparecen temas míos fundamentales que, por supuesto, todos, de algún modo, ya en Cervantes, cómo no. Para empezar: el poder de la palabra, la esperanza en ella y la desconfianza en ella.

En eso guarda cierta semejanza con “El Gólem”.

Este es el primer asunto de la obra. Unas criaturas, unos seres, que sabiendo que tenían palabra no podían ejercerla porque un perro que habla está en peligro ante los seres humanos y ante los otros perros, -unos y otros lo considerarán un monstruo- y, por tanto, han tenido que ocultar su palabra, pero esta noche se encuentran con la ocasión de darle vida, de hablar y lo que hacen es, fundamentalmente, contarse la vida. Y claro, contarse la vida es construirse, construirla. Usted ya ha hecho ya algunas reflexiones en torno a esto en mi obra: somos, en alguna medida, el relato que nos contamos a nosotros mismos. Sucede que en mi obra, a diferencia del original cervantino, que está construido sobre el modelo de la novela picaresca, es decir, en que un perro habla de los amos por los que ha pasado y bajo los que ha padecido, dando cuenta, presentando de algún modo una panorámica crítica de la sociedad del momento, en mi versión lo que ocurre es que cuando Cipión desafía a Berganza a que le cuente su vida, Berganza no es capaz de recordar el principio, es decir, no es capaz de recordar a su madre ni el rostro de su padre y desde luego no es capaz de recordar cuándo empezó a hablar. Entonces Cipión le hace una propuesta que constituye el armazón de mi obra y es que en lugar de contarme tu vida de la A a la Z, cuéntamela de la Z a la A y así, iremos llegando, de algún modo, a tu origen y al origen de tu propio hablar. Y lo que ocurre es que Berganza por primera vez está contando su vida y se está encontrando también con la herida de la memoria.

Eso lo saca en “El jardín quemado”.

Efectivamente. Si hablando de “El jardín quemado” decía aquello de que nadie sabe el pasado que le espera, que no sabemos qué nos deparará el pasado. Esto le ocurre a Berganza que va descubriendo un pasado que tiene algunos raros momentos de dulzura y muchos momentos de opresión hasta el punto de que va sintiendo la tentación de olvidar y de dejar de renunciar a esa operación de recuerdo y ha de ser alentado una y otra vez, empujado por Cipión, que le exige coraje, le pide de algún modo que dé palabra a su recuerdo y se constituye de algún modo una suerte de psicoanalista. Y lo que ocurre finalmente es que en mi obra lo que descubre finalmente Berganza sobre su pasado y con él Cipión sobre el suyo es algo que conecta con otras piezas mías como “La paz perpetua” o como “Animales nocturnos”.

Cuando escribía esta serie de obras, ¿las planteaba como dramas burgueses?

Cuando trabajé por primera vez, y no he dejado de hacerlo en “Palabra de Perro”, y luego con estos otros personajes animales, descubrí y lo he dicho alguna vez, o lo he escrito alguna vez, o debería escribirlo, que el animal en escena tiene un doble valor poético y político. Por un lado tiene un valor poético porque si el espectador acepta que hay un actor representando a un animal, sea una tortuga que cumple 200 años y que se ha transformado en mujer sea unos perros que combaten como “La paz perpetua”, por un puesto de élite en un grupo antiterrorista; si el espectador acepta eso, de algún modo acepta un marco extraordinariamente amplio. Es decir, el animal en escena rompe el marco y ofrece muchas posibilidades de juego al escritor, al director, al actor y finalmente a los espectadores.

O sea, estruja más el fundamento del teatro.

Efectivamente. El actor representando al animal es radicalmente teatral y el valor de ese juego depende efectivamente de ese pacto, de esa complicidad extrema en este caso que se establece pero precisamente si el espectador acepta ese juego pues acepta muchas posibilidades también en lo que se refiere a la palabra de los personajes a la relación de los personajes a su fisicidad, etc. Esto es lo que se refiere al valor poético pero luego además, y esto está en todas esas piezas que he mencionado, el animal en escena tiene un valor político porque de algún modo el actor que representa al animal, implícitamente, implícita y paradójicamente está representando de algún modo al ser humano animalizado y no hace falta insistir mucho en el hecho de que hoy hay seres humanos que están siendo tratados como animales creo que todos tenemos si estamos observando con horror lo que está ocurriendo ahora mismo en Ceuta.

¿Cómo revive “Palabra de perro”?

Rakel Camacho, a quien yo admiro y por la que siento un gran afecto personal al final del año pasado -estamos hablando quizás de diciembre del año pasado me llama y me dice que le gustaría plantearse poner en escena alguna obra mía-. Yo por supuesto me siento honrado de que una directora con una mirada tan personal quiera prestar atención a mi trabajo entonces nos reunimos, hablo con ella sobre algunos textos y le llamo la atención sobre “Palabra de perro” y ella se interesa por ella y yo la reescribo una vez más y me ha dado la alegría de que se ha puesto en escena en muy poco tiempo, yo creo que en un montaje brillante en el que el primer acierto de Raquel ha sido la elección de tres actores magníficos como son Jimmy Castro, en el papel de Berganza, Cecilia Solaguren, en el papel de Cipión y Jorge Kent que hace todos los amos todos de Berganza. Y la verdad es que estoy muy contento de que de algún modo mi mundo poético se haya encontrado con el mundo poético muy fuerte de Raquel

Se ha visto en Almagro y ahora empieza el tirón.

Sí, se ha visto en Almagro y se ha visto en Santander y ha sido muy bien recibida y me da mucha rabia no acompañar la función de Avilés por el placer de ver la función y por el placer que siempre me da encontrarme con mis amigos avilesinos.

Hizo “El jardín quemado”. ¿Qué viene después?

Sí, mire, el próximo año, con Natalia Hernández y Juan Paños, voy a poner en escena una obra que se llama “La intérprete”, que algo tiene que ver con todo esto porque es una obra en la que una mujer que interprete simultáneamente no puede dormir porque la tercera conferencia que ha traducido esa mañana no la deja: de algún modo esas palabras no se las quita de la cabeza y entonces sale a buscar ayuda para olvidar esas palabras, para olvidar ese texto que de algún modo está transformando su modo de ver el mundo, su modo de relacionarse con los demás y su modo de verse a sí misma. “La intérprete” es la aventura de esa mujer durante esa noche

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