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Los hermanos Torres, un jugador invidente y una gijonesa que anima a las mujeres a jugar: las historias del torneo de ajedrez en la calle de Avilés

"La idea del torneo es dar visibilidad a este deporte", afirman los organizadores de Callejedrez, uno de los clásicos de las fiestas de San Agustín

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Claudia Serantes

Avilés

Los lunes, los avilesinos se dirigen a la plaza de abastos a por carne, verduras, ropa, encurtidos... pero este domingo, el espacio que habitualmente ocupan las zabarceras en sus puestos fue tomado por tableros de ajedrez. Los alfiles, caballos, peones torres y reyes de los 126 participantes en la décimo octava edición del Calledrez San Agustín se "enrocaron" en Hermanos Orbón para disfrutar del este milenario deporte.

"Surgió la idea de sacar el ajedrez a la calle para hacerlo más visible y salir un poquitín de los lugares habituales donde nos conoce y nos ve poca gente", explica Jordi Fernández, presidente del Club de Ajedrez Ensidesa, sobre el origen de esta veterana actividad de las fiestas de San Agustín, en la que los participantes disputan "partidas rápidas, de solo 8 minutos y 3 segundos". "Son muy dinámicas, y en seguida se producen situaciones atractivas, tanto para el público como para los propios jugadores", agrega Fernández, mientras observa fascinado la partida de los hermanos Torres desde la esquina de la mesa.

Marcos y Álvaro Torres juegan en la esquina de la segunda fila de largueros. El sorteo, hecho por ordenador, les ha hecho enfrentarse. Cara a cara, Álvaro, el pequeño de los dos, comienza con un movimiento de peón, que hace que su hermano se tome su tiempo para mover su primera pieza negra. Poco a poco los minutos van pasando y las piezas van cayendo: un caballo blanco, un alfil negro, una torre negra, otro alfil negro, un peón blanco... La partida avanza con ataques y contrataques de los hermanos, hasta que el pequeño consigue poner tan contra las cuerdas a su hermano, que cae en el último segundo del reloj.

La partida acaba con un apretón de manos entre los hermanos y una explicación de los movimientos entre ellos. "Nos enseñó nuestro padre, que no juega ajedrez a demasiado nivel, pero sabía jugar; nos enseñó y nos empezó a llevar a torneos", explica Marcos Torres mientras recoloca las piezas para la siguiente partida y alaba a su hermano pequeño: "Álvaro tiene un nivel mucho más alto; yo tengo un nivel medio". El pequeño de los dos sale en este torneo en el puesto número dos, mientras que su hermano ronda el puesto veinticinco de la clasificación. "Llevamos viniendo ya varios años porque veraneamos por aquí y buscando por internet se encuentran torneos", agrega Álvaro, quien añade que "intentará ganar", pero ve mucho nivel en Hermanos Orbón.

Encarando los largueros se ven barbas, pelos cortos y camisas; no hay rastro de casi ninguna mujer, ya que, como bien señala Jordi Fernández, la presencia femenina es uno de los "cuellos de botella" de este deporte. A pesar de esto, participan cinco mujeres, entre las que se encuentra la gijonesa Sofía Campo, quien lleva dos años practicando este deporte y considera este un "torneo bastante duro, ya que viene gente de todos lados". Asimismo, destaca incide en la escasa participación femenina y anima a más mujeres a mover las fichas del tablero: "Hay que actuar y engancharnos desde que somos pequeñas, porque es verdad que, a medida que se va haciendo la gente mayor, cada vez hay menos".

En la esquina de la ele en la que están distribuidos los jugadores, se encuentra un hombre que mueve ambos lados, tanto las fichas negras como las blancas. Es Raúl Fernández, y lleva jugando desde los siete años. En la pandemia perdió la visión, pero eso no impide que pueda seguir disfrutando de su pasión. "Fue muy duro, estuve a punto de dejar el ajedrez porque me dejaba todas las piezas y no me centraba. Ahora juego todo de cabeza", relata Fernández mientras explica los cambios que hay con el otro tablero: "Las casillas negras están un poco más elevadas que las blancas; las piezas van imantadas para que yo pueda tocarlas y que no se desplacen; y las piezas negras tienen una cabeza de clavo. Para la posición, mi rival me canta el movimiento en alto, yo lo hago en el tablero y luego le dan al reloj; después yo hago la misma secuencia". Fernández ve el torneo con un alto nivel y, a pesar de eso, este no pierde el humor entre las partidas: "Si somos cerca de 80, yo estaré el 97 o así. Yo vengo a esto porque me divierto mucho jugando al ajedrez y me gusta aprender".

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