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Vita brevis

Nuevo Muñiste

Sobre la adaptación de los topónimos de países extranjeros a la lengua propia

Un buen número de locutores, comentaristas y tertulianos lo han pasado fatal en estos últimos días. Vaya problemón que han tenido con las palabrejas, ésas que tenían que mencionar con cierta frecuencia y que no había manera, porque al intentarlo la lengua se engordaba que no les cabía en la boca y allí quedaba atascada. Es que, a ver, a quién se le ocurriría detener a Puigdemont en ese territorio llamado Schleswig-Holstein, con lo fácil que hubiera sido hacerlo en Baviera, que todo el mundo sabe pronunciar correctamente. Y, para más inri, le enchironaron en la cárcel de un pueblo que dicen Neumünster, cuando podría haber estado mucho mejor en una de Munich, por ejemplo y que, aunque tenga su cosa, es bastante más fácil de leer.

Antiguamente estas complicaciones se solucionaban con facilidad. Se adaptaban los nombres extranjeros a la fonética propia, y santas pascuas. Por ejemplo, nos es más fácil y comúnmente decimos Baviera porque es un exónimo, esto es, una palabra adaptada al español desde antiguo, porque en alemán ese territorio se llama Bayern, que por eso éste es el nombre que lleva el famoso equipo de fútbol de su capital, que es Munich, que también la hemos arreglado, porque en teutón es München, aunque sus habitantes en el bable que hablan por allí dicen Minga.

Adaptar los topónimos de países extranjeros a la lengua propia es una tendencia natural en todos los idiomas. Por supuesto que existen algunos que no lo precisan porque encajan bien y no ofrece dificultad alguna pronunciarlos, como Roma. Otros sólo exigen una levísima modificación en su escritura, insertándoles una tilde, como París o Berlín. Los hay que se arreglan con alguna modificación menor, tal que Hamburgo. Por último, habrá palabras que necesiten mayores cambios y así decimos Colonia, cuando esa ciudad, en cuya catedral se guardan las reliquias de los Reyes Magos, en alemán se escribe Köln y su pronunciación es un quebradero de cabeza para los hispanohablantes por culpa de la dichosa diéresis sobre la "o", pues hay que poner la boca como para decir esa vocal y, en cambio, soltar una "e", que tiene sus perendengues. Inténtelo y verá.

Una de las muchísimas tonterías que ha parido la ONU fue una Conferencia sobre la Normalización de Nombres Geográficos, en cuyas reuniones se propuso una nomenclatura geográfica única en el mundo, mediante la utilización de los topónimos oficiales de cada lugar. Si siguiéramos esas majaderas recomendaciones ya no se podría escribir ni decir Londres, sino London, ni Moscú, sino Moskvá. Afortunadamente en los letreros de los aeropuertos no se siguen estas tontunas y, gracias a ello, conocemos la puerta de embarque y la hora en que sale nuestro vuelo. Pero no siempre se comportan tan razonablemente nuestros gestores de infraestructuras, que ahí tenemos el ejemplo lacerante en las autopistas cuando nos indican la dirección "A Coruña". Uno diría que esa "a" es la que nos señala por dónde debemos dirigirnos, esperando que también nos encontremos con letreros que pongan "A Ribadeo" o "A Lugo". Ya saben que no es así, que la cosa es más absurda, ya que se debe a que el nombre oficial de esa ciudad gallega es A Coruña, desde que una ley autonómica decidió cambiarle el nombre castellano de La Coruña, a pesar de la opinión contraria de su famoso alcalde Paco Vázquez, que bien sabía, por ser natural de esa ciudad, que los gallegos siempre la llamaron Coruña, sin ningún artículo, ni en castellano ni en gallego. Cosas de lo políticamente correcto.

Hay exónimos que, por diversas circunstancias, han caído en desuso. Así ocurre con Eslésvico-Holsatia, que es la traducción española del impronunciable territorio de Schleswig-Holstein, o con Nuevo Muñiste, que es como debería llamarse en castellano a Neumünster. Los medios de comunicación los escribieron siempre en alemán. Si hubieran utilizado sus tradicionales traducciones, seguramente los jueces de Eslésvico-Holsatia hubieran soltado igualmente a Puigdemont de las mazmorras de Nuevo Muñiste, pero nos habrían evitado el sofoco del trabalenguas al escribirlo, al leerlo y al comentarlo.

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