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Vita brevis

Doctor Sánchez

Una explicación sobre los títulos a raíz de la polémica por la tesis del presidente del Gobierno

Con el revuelo informativo que se ha formado últimamente nos hemos enterado de que el presidente del Gobierno, don Pedro Sánchez Pérez-Castejón, es doctor. Para muchos habrá sido una enorme sorpresa, porque se nos había dicho que el personaje era economista. Pensarán que ahora resulta que también es médico.

No fueron muy abundantes, pero hubo presidentes del Gobierno de España que eran médicos. Un ejemplo bien conocido es el doctor Negrín, que fue el último que ocupó ese cargo en la II República y que como político fue bastante controvertido, pero que como médico fue una eminencia indiscutible en su faceta de investigador, profesor y reformador de los estudios de Medicina. Con decir que fue maestro de Grande Covián, García Valdecasas y Severo Ochoa, pues está todo dicho.

Casi todo el mundo llama a los médicos doctores: "Mire, doctor, es que me duele esto o aquello". Esta costumbre generalizada hace pensar que, cuando se habla de que alguien es doctor, inmediatamente se supone que es médico. Pues, no, y ahí está lo curioso del asunto. Ni todos los doctores son médicos, ni la inmensa mayoría de los médicos son doctores. Doctores sólo son los que hayan hecho el doctorado. Los demás antes eran licenciados y, tras la entrada en vigor del "plan Bolonia", supongo que habrá que llamarles graduados.

Esto del doctorado viene de lejos, de cuando se fundaron las universidades, allá por la Edad Media. Su organización se asemejaba a la de los gremios y, así, los estudiantes eran como los aprendices, hasta que se les consideraba capacitados para ejercer la profesión según iban obteniendo los títulos, primero de bachiller y luego de licenciado, como el bachiller Sansón Carrasco, que es un personaje de "El Quijote", o "El licenciado Vidriera", que es una de las "Novelas ejemplares", también de Cervantes. El grado superior que podía obtenerse era el de doctor, con el que se equiparaba al que lo conseguía con sus profesores.

Eran pocos los que procuraban el grado de doctor porque, además de ser intelectualmente esforzado, era muy caro, no tanto el estudiarlo como el obtenerlo. Para ello había que pasar un examen público ante un tribunal, en el que podían participar todos los doctores que quisieran asistir haciendo preguntas comprometidas para el examinando. Una vez demostrada la firmeza de sus conocimientos, el tribunal decidía su aprobación y el nuevo doctor tenía la obligación de convidar a todo el claustro de profesores a un banquete como si de una boda se tratara, que ya saben ustedes lo carísimas que siempre han sido esas celebraciones.

También se acostumbraba en Salamanca que el recién declarado doctor patrocinara una corrida de toros a la que pudieran concurrir todas las fuerzas vivas de la ciudad. En esta ciudad, se cometía la gamberrada de pintar con sangre de toro en alguna pared un vítor con el nombre del agraciado con el doctorado, que aún se pueden ver muchos por sus viejas piedras. A Franco le gustó ese anagrama y lo usaba como símbolo para representar su caudillaje, aunque el "comandantín", como lo llamaban en Oviedo, nunca fue doctor ni debió pisar una universidad en su vida antes de ser Jefe del Estado.

El doctorado siempre se ha tenido por una cosa seria, porque exige hacer una tesis novedosa con abundantes citas y referencias de los estudios previos realizados. A Pedro Sánchez se le acusa de plagios en su tesis, que es apropiarse de ideas de otros sin citarlos. Mientras se resuelve el asunto, si tiene la oportunidad de encontrarse con él, puede llamarle doctor pero no se le ocurra pedirle que le recete un antibiótico.

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