Nunca voy con tristeza al geriátrico. Tras conducir algunos minutos por una carretera sinuosa, aparco, y llego a la pequeña puerta negra de hierro. La abro, la atravieso, con paso ligero, y ahí está el jardín. Bordeo un pino de copa piramidal, que ya me es muy familiar, y entro?

Conozco los nombres de todos: Jesús, Benito, Aladino, Dora, Palmira, Aida, Consuelo? y ella, la que siempre me espera. Pero hoy quiero hablar de Francisca, la que todos los días estaba sentada junto a Isabel, según se entra a la izquierda, siempre con una manta gris sobre las piernas, con el pelo blanco y muy peinado hacia atrás, con la frente muy despejada, con los ojos redondos y negros, con su genio, su enfado y sus bromas, a pesar de su avanzada edad.

Hoy llego y no te encuentro, Francisca. Pregunto por ti, me dicen que te han trasladado a otro lugar para estar más cerca de tu familia y que tú no querías irte ni dejar a Isabel, que ahora me mira con los ojos más abiertos y caudalosos que nunca. Tú hablabas mucho, mientras Isabel callaba y te escuchaba, y ahora Isabel con casi ninguna palabra me corrobora lo que acabo de saber: Francisca ya no está. Tranquilizo a Isabel y le digo: no te preocupes, Francisca está bien. Intentaré averiguar dónde está y qué tal le va. Y pienso que es una lástima que ya no podamos intuir ni imaginar los arbustos, los alcornocales, la dureza, la sobriedad de Extremadura, la maravillosa tierra de tu juventud, que tanto recordabas por su sol, por sus lagunas brillantes y sus cigüeñas negras, por las charcas irisadas, las montañas, las riberas, las dehesas; por los mirtos, los jazmines, los madroños, las corolas con forma de mariposa de las retamas oscuras?

Francisca, intentaré encontrarte, pediré permiso para poder visitarte, para decirte que Isabel también te echa de menos y recuerda los cangrejos de río, los ciervos y hasta las águilas, que oteabas volando en tus sueños despierta al caer la tarde antes de la cena. Y mientras tanto, Francisca, quizás alguien pueda leerte estas líneas.

Tras conducir algunos minutos por una carretera sinuosa, aparco, y llego a la pequeña puerta negra de hierro. La abro, la atravieso, con paso ligero, y ahí está el jardín. Bordeo un pino de copa piramidal, que ya me es muy familiar, y entro. Nunca voy con tristeza al geriátrico, pero debo reconocer, Francisca, que te echo mucho de menos.