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Un avilesino de buena ley

In memóriam de Claudio López Arias, fundador de la Sociedad Numismática

Hubo una vez un Avilés sencillo, una villa pequeña que nunca conocí. En la memoria de quienes me la contaron está dibujada como un lugar tranquilo, lleno de personas generalmente bien avenidas, donde las estrecheces de la gente modesta se sorteaban compartiendo tortilla en las romerías y cantarinos en los chigres.

Ya les digo que yo no viví allí y, aunque ahora se tiende a confundir la Historia con la memoria, esta segunda suele traicionar a la realidad, metiendo toda la vida en el cedazo de los recuerdos para quedarse sólo con los buenos. Pero tengo por cierto que aquel Avilés mítico era de verdad en personas como Claudio López Arias.

Pasó su niñez en el kiosco de Luisa y, tal vez por eso, cargó siempre, orgulloso y alegre, con esa parte de la historia del Avilés popular. Aquel kiosco, que años después regentaron Monchi el de Margen y Pedro el del Lord Byron, era una especie de fielato que custodiaba la entrada a la calle de Rivero: frente al cine Marta y María y debajo de la casa que fue de Armando Palacio Valdés. Mucha solera.

Y la supo administrar y regalar, porque Claudio fue generoso con todo el que a él se acercó. Se lo puedo asegurar yo, que estaré endeudado de por vida con su recuerdo por todos los documentos y las fotografías que me prestó. En su casa tenía un caótico archivo, lleno de "depósitos pirata" que sólo su memoria localizaba. De allí salían valiosos libros de viejo y colecciones de postales únicas y completas que él compartía sin reservas.

Claudio, ya se sabe, era un numismático respetado en toda España. Su papel como difusor de esa disciplina y propagandista de Avilés en décadas de jornadas y convenciones, jamás será bastante reconocido. Pero era más que eso. Un coleccionista de todo lo que tenía valor histórico, un bibliófilo y cliente habitual de las mejores librerías del sector y un melómano que tenía a gala haber recorrido los mejores teatros de Europa detrás del brindis de una Traviata o de algún nibelungo anillo.

También era un adorador del pescado al horno y un avezado montañero, no un "pisapraos" cualquiera. Mientras pudo, salió todos los lunes con sus compañeros de andanzas a despeñar por los riscos la tristeza que, en la última parte de su vida, le dejó la irreparable pérdida de su mujer, Berta.

Ya les digo que Claudio fue muy generoso, tanto que regaló dinero hasta a la mismísima Seguridad Social. Le tocó vivir, como ATS, la época del pluriempleo y, compatibilizando varios trabajos (sobre todo en el Hospital de Caridad y el aeropuerto), al final de su vida tenía más de cien años cotizados. Un siglo. Le dijeron en la Seguridad Social que podía reclamar una indemnización por el dinero que no iba a percibir en su jubilación, pero no quiso. Así que, con lo que Claudio trabajó y cotizó por triplicado, se habrán podido pagar otras pensiones.

Fue una persona buena, que supo llevar siempre consigo el recuerdo de aquella villa pequeña y lejana, sabiendo casar con astucia lo local y lo universal, porque él era igualmente apreciado en un chigre de Avilés o en una vieja librería de Lisboa.

Claudio entendía mucho de Reales de a Ocho, la moneda de plata más acreditada y demandada de su tiempo, la divisa internacional indiscutible durante más de tres siglos. Así fue él, un avilesino de tan buena ley que tenía valor en lo antiguo y en lo nuevo, con la generosidad, la prudencia y el cariño que regalaba al hablar.

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