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Francisco Sánchez

Vita brevis

Francisco Sánchez

La segunda expansión del muercielaguillo

El cuestionado cierre de la hostelería y el comercio ante el avance de la segunda ola de la pandemia

Hace ahora un año, aproximadamente, un chino se hizo para cenar una sopa de murciélago, y así comenzó todo, según dicen. Ya saben que el murciélago es ese bicho asqueroso, de ojos grandes pero ciego, de hábitos nocturnos, que tiene las alas desplumadas y se duerme durante el día colgado

Gracias a aquella sopa se esparcieron por el mundo miles de millones de murciélagos diminutos que, como demonios, atacaron al personal, mayormente el de más edad, sin hacer ascos el de menos, pero en este caso siempre que estuviera ya algo macerado por dentro, que es más digestivo. De la primera gran emigración del bicho chino nos fuimos librando al final, pero se ve que hubo más gente en el verano que aderezó su comida con murciélagos, que tal vez fuera un a modo de paella, de manera que surgió una segunda gran emigración, que ahora sufridamente soportamos.

Todo indica que esa es la idea que tienen nuestras autoridades del bicho que pulula por ahí, que es un murciélago diminuto, con su mismo aspecto y sus mismos hábitos. Por eso nos obligan a andar con bozal, para que no tengamos la tentación de comérnoslo como los chinos, ni crudo, ni encurtido, ni cocinado. Por eso nos mandan para casa un rato antes de la media noche, para que no lo encontremos por ahí en sus escapadas nocherniegas. Por eso, en fin, nos cierran todos los chigres y los comercios pequeños, porque igual en ellos anida colgado de sus techos, pensando él que son como cuevecillas en las que pasar los rigores de la luz del día...

Por lo que hemos visto hasta ahora, no parece que estas medidas sean muy efectivas. El murciégalo diminuto sigue tan panchamente, por mucho que hayan clausurado chigres y comercios. A pesar de lo que piensen nuestras autoridades, no parece que el bicho tenga mucha querencia por tomar cafés o chocolate con churros, ni culinos de sidra, chatos de vino o cañas de cerveza, ni chupitos de orujo, de güisqui o una ginebra con tónica. Menos parece que le guste andar por ahí comprando zapatos, camisas, faldas, pantalones, calcetines, calzoncillos, bragas o sostenes. Es que, según los datos oficiales, sólo el 3 por 100 de los infectados se han contagiado en tabernas y demás establecimientos de hostelería. Oiga, ¿y el 97 por 100 restante?

Esos contagiados en lugares tan malignos, según los estudios que hay, contagian, cada uno de ellos y a su vez, un promedio de 2,5 personas, de lo que resultan 7 personas y media. El resto, que es la inmensa mayoría, ¿dónde lo pillaron? ¿Comiendo sopa de murciégalo, que en los restaurantes de aquí no tienen en el menú?

Ya ven que esta medida, de cerrar a cal y canto, con siete llaves, como el sepulcro del Cid, los bares y el pequeño comercio, es bastante absurda y, por eso, en poco ayuda a reducir la expansión del bichejo que, como Satanás, pulula por el mundo para la perdición de las almas. Pero esa es la primera medida que se les ocurre a los sapientísimos que nos mandan, que no les tiembla el pulso en ello. ¡Venga, todos pa casa!

Dice Adrián Barbón, que es el nuevo Pelayo, que lo primero es la salud y luego la economía. Así nos cerró a todos y luego ya veremos. Es posible que acabemos todos sanísimos del bicho chino, salvo los que hayan fallecido, pero muertos de hambre, como están ya muchos de esos que tuvieron la mala idea de poner una tasca o una tienda de lencería fina. Que se joroben, que hubieran abierto una gasolinera o unos grandes almacenes, que por ahí el murcielaguillo ni se asoma.

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