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Juan García

Falsas mayorías

Juan García

La desestructura de España

La ambición desmedida en la esfera política

He leído estos días “España invertebrada”, de José Ortega y Gasset. De entre las muchas notas y conclusiones que quien escribe saca de tan magistral ensayo, hay una idea del filósofo español de la cual irradian multitud de conclusiones al respecto de la hoy pretendida por algunos, desestructuración de España. Esa idea principal que radica en la crisis histórica que como proyecto de vida en común España ha pretendido y a día de hoy pretende, dice Ortega que “era la propia España el problema primero de cualquier política …, el proceso de desintegración que avanza en riguroso orden -dice el filósofo-, desde la periferia al centro, de forma que el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de una dispersión interpeninsular”. Un poco de historia de España, no les vendría mal a nuestros políticos de hoy en día, para saber de donde vienen y donde pretenden llegar, si la historia, en todo caso, se lo permite.

Aparte de recomendarles vivamente la lectura de este ensayo, permítanme que a continuación hoy les haga, una transcripción literal que Ortega hace en el prólogo de la segunda edición de la obra, allá por 1922 para que ustedes mismos comprueben la vigencia de la visión a día de hoy, del ensayo del pensador español.

Dice Ortega: “Se trata en lo que sigue de definir la grave enfermedad que España sufre. Dado este tema, era inevitable que sobre la obra pesase una desapacible atmósfera de hospital. ¿Quiere esto decir que mis pensamientos sobre España sean pesimistas? He oído que algunas personas los califican así y creen al hacerlo dirigirme una censura; pero yo no veo muy claro que el pesimismo sea, sin más ni más, censurable. Son las cosas a veces de tal condición, que juzgarlas con sesgo optimista equivale a no haberse enterado de ellas. Dicho sin ambages, yo creo que en este caso se encuentran casi todos nuestros compatriotas. No es la menor desventura de España la escasez de hombres y mujeres dotados con talento sinóptico suficiente para formarse una visión íntegra de la situación nacional donde aparezcan los hechos en su verdadera perspectiva, puesto cada cual en el plano de importancia que les es propio. Y hasta tal punto es así, que no puede esperarse ninguna mejora apreciable en nuestros destinos mientras no se corrija previamente ese defecto ocular que impide al español medio la percepción acertada de las realidades colectivas”…, –dice Ortega más adelante– …”el repertorio de pasiones, deseos, afectos nos suele ser común; pero en cada uno de nosotros las mismas cosas están situadas de distinta manera. Todos somos ambiciosos, más en tanto que la ambición del uno se halla instalada en el centro y eje de su personalidad, en el otro ocupa una zona secundaria, cuando no periférica”.

Unas líneas más adelante, Ortega sigue comentando en su prólogo: “el sentido para lo social, lo político, lo histórico, es del mismo linaje. Poco más o menos, lo que pasa en una nación pasa en las demás. Cuando se subraya un hecho como especifico de la condición española, no falta nunca algún discreto que cite otro hecho igual acontecido en Francia, en Inglaterra, en Alemania, sin advertir que lo que se subraya no es el hecho mismo, sino su peso y rango dentro de la anatomía nacional. Aun siendo, pues, aparentemente el mismo, su diferente colocación en el mecanismo colectivo lo modifica por completo. Eadem sed aliter: las mismas cosas, sólo que de otra manera; tal es el principio que debe regir las meditaciones sobre sociedad, política, e historia.

La aberración visual que solemos padecer en las apreciaciones del presente español queda multiplicada por las erróneas ideas que del pretérito tenemos. Es tan desmesurada nuestra evaluación del pasado peninsular, que por fuerza ha de deformar nuestros juicios sobre el presente. Por una curiosa inversión de las potencias imaginativas, suele el español hacerse ilusiones sobre su pasado en vez de hacérselas sobre el porvenir, que sería más fecundo. Hay quien se consuela de las derrotas que hoy nos inflingen”.

Amable lector, reiterando la recomendación de lectura de este ensayo de Ortega y Gasset, que un servidor en principio recelaba de su lectura y confieso mi equivocación, me gustaría terminar comentando con ustedes una experiencia que vivimos en tiempos actuales y pueda ser parte concluyente del pensamiento del filósofo, en este libro.

Creo ciertamente que las minorías son las que priorizan los deberes a los derechos; las que tienen un mayor nivel de imposiciones y obligaciones que el resto, pero tratan de encontrar la solución a los problemas, por sí mismas. Tratan en todo momento de alcanzar, lo que hoy en día todo el mundo trata de aplicar a toda su actividad de diario: la excelencia.

Entretanto, la falsa mayoría va devorando a las minorías. Los ciudadanos van cayendo en ella, evitando así ser objeto de sus críticas. La falsa mayoría establece y crea entonces, su propia sociedad, es decir, sus propias leyes y normas hechas a medida. La democracia, por consiguiente, no puede aplicarse por igual en todos los órdenes de la sociedad. El sistema comienza a fallar. Se atisba una nueva debacle en la historia de España, si no atendemos a nuestra historia; a la verdadera y única historia de España; a la que realmente se vivió y muchos vivieron, como fue el caso sin ir más lejos, de nuestro filósofo-pensador objeto de este escrito.

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