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Francisco Sánchez

Vita brevis

Francisco Sánchez

El noviembre que se nos va

Las tradiciones asociadas al decimoprimer mes del año

Se va acabando el mes de noviembre. Es este un mes deshojado y contradictorio y, ni que decir tiene, lo está siendo también en este año pandémico que se acerca a su fin. Se ubica a la mitad del otoño, por lo que los árboles caducifolios van perdiendo su verdor y se tornan rojizos o marrones, para acabar desprendiendo su hojarasca y quedar pelados y mondos.

Su propio nombre produce perplejidad, porque indica que debería ser el noveno mes del año pero, en cambio es el undécimo. Ello se debe a que se mantiene al anacronismo de denominar a los meses como lo hacían los romanos, de cuyo calendario se deriva el nuestro actual. En el primitivo calendario romano el año tenía diez meses hasta que, copiando de los griegos, se dividió en doce, pero conservando sus antiguos nombres.

Es coherente que este mes comience con la conmemoración de los difuntos, porque en él declina la vida de la naturaleza, ya que es cuando se produce la merma de la luz solar, la caída de las hojas y también acontece que durante el mismo se produce una mayor mortandad de personas que en otras épocas del año. Bien está, pues, que se recuerde a quienes se han ido y que se haga, en aparente contradicción, llevando a sus tumbas coloridas flores, como símbolo de la viveza del recuerdo que mantenemos de nuestros finados.

Más tonto es como anticipan el principio de este mes los americanos con el dichoso Halloween, que es una especie de representación de la estantigua o santa compaña, pero infantiloide, con sus disfraces, su “truco o trato”, sus calabazas luminosas, sus manzanas dulces y sus panqueques. Claro, el imperio yanqui tira mucho y esta fiesta tan majadera se ha extendido a medio mundo, España incluida, aunque este año el bicho chino la haya mermado, porque los gerifaltes de las taifas han impedido esos jolgorios y, especialmente y aquí, don Adrián Barbón, al que no le tiembla el pulso.

Pero, a la mitad del mes de noviembre, los rigores del clima otoñal suelen atemperarse con un veranillo, más o menos coincidente con el día de San Martín, en que se festejaba el final de las cosechas y, con ello, del año agrícola y se comenzaba a darle matarile al gocho de casa, ahíto de bellotas y castañas, y que debidamente salado o embutido proveería de carne a toda la familia durante el siguiente año.

Ahora queda esta bárbara costumbre familiar de la matanza en cuatro caserías que aún quedan habitadas, porque el resto del personal se nutre de jamones, chorizos, salchichones, lomos, morcillas, tocinos, costillas de cerdo y otras guarras delicadezas en las carnicerías y los supermercados, donde los expenden en porciones sin necesidad de acuchillar y desangrar a los gorrinos, que ya lo hacen en mataderos industriales, como quien fabrica un coche.

Los americanos tienen en este mes una celebración bien distinta y más tardía, pero que festeja también el fin de la cosecha. Se trata del Thanksgiving Day que, traducido, viene a ser el Día de Acción de Gracias y que se celebra el cuarto jueves de noviembre. Viene la cosa de cuando los puritanos llegaron a Nueva Inglaterra, que eran aquellos señores tan tristes y adustos que se vestían con levitas negras y se cubrían con sombreros de copa alta y ala ancha, y aquellas señoras con faldamentos amplios, con toquillas rancias y cofia.

Celebraron una cena para agradecer a su Dios tremebundo por la primera cosecha en la tierra de promisión, aunque algún historiador sostiene que, antes de ellos, ya celebraron una fiesta similar en San Agustín, en la Florida, que fundara nuestro Pedro Menéndez de Avilés, donde dio sopas con honda a los hugonotes, que eran semejantes a los puritanos, pero franceses.

Acostumbran ese día a reunirse las familias para cenar gallina de Indias, que así la llamaban los españoles, y que ahora llamamos pavo, aunque los ingleses lo llaman “turkey”, porque creían erróneamente que era un pajarraco gigante procedente de Turquía, cuando son tan americanos como el maíz o las patatas. Esa costumbre aún no nos ha llegado, aunque este año tampoco podríamos haberla celebrado.

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